Restaurar la dignidad de la política. Santo Tomás Moro

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Restaurar la dignidad de la política. Foto: Robert Tjalondo
Restaurar la dignidad de la política. Foto: Robert Tjalondo

En nuestros tiempos, cada vez está más generalizado el desprestigio de la política como servicio público. Nicolás Maquiavelo (1469-1527) —considerado padre de la ciencia política moderna— inauguró la modernidad identificando el ejercicio de la política como el arte de mantenerse en el poder.

Hoy, la política ha caído muy bajo en su consideración social, y otro tanto ha ocurrido con los políticos. La profesionalización de la política crea la percepción generalizada de que el político, salvo honrosas excepciones, es un hombre que antepone sus intereses personales —para mantenerse en el poder— a cualquier otra idea o proyecto. En el mejor de los casos, los políticos representan intereses de sectores sociales más o menos amplios, articulados en partidos, enfrentados en función de objetivos que todo el mundo juzga ajenos al interés público.

Llegados a este punto en el que reina el más puro maquiavelismo, ¿es posible restaurar la dignidad de la política, devolviéndole su naturaleza de acción al servicio del bien público? Por supuesto que sí y para eso, desde postulados católicos, urge proponer y difundir opciones políticas claras en favor de la vida, de la familia, de la juventud, de los ancianos y de los marginados; y los creyentes tienen mucho que aportar.

La Iglesia venera entre sus santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, santo Tomás Moro, proclamado patrón de los gobernantes y políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia».

El 31 de octubre de 2000, san Juan Pablo II, en la carta encíclica en forma de motu propio dada para la proclamación de santo Tomás Moro patrón de los gobernantes y políticos, dice en el nº 4: «En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona […] Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo».

Es un reto apremiante y generoso el implicarnos en la política como servicio. A lo Tomás Moro.