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Vuelve a tener un lugar

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Dos jóvenes con guitarras al atardecer, símbolo del resurgir espiritual y católico entre las nuevas generaciones
Dos jóvenes comparten música al atardecer, reflejo de una generación que vuelve a buscar sentido, comunidad y trascendencia.

Por Juanma Sánchez, colaborador de prensa

¿Vuelve lo católico? Es la pregunta recurrente al sorprendente resurgir de lo espiritual entre los jóvenes y —quizás— entre la sociedad en general.

Durante años se repitió como un mantra que la religión —y en particular el catolicismo— estaba condenada a desaparecer del paisaje social europeo. Las estadísticas hablaban de secularización, los templos se vaciaban y lo religioso parecía quedar relegado a lo privado o a generaciones mayores. Sin embargo, en los últimos tiempos comienza a percibirse un fenómeno que llama la atención: un cierto resurgir de lo católico, o al menos de los valores espirituales que tradicionalmente ha encarnado, especial, pero no únicamente, entre los jóvenes.

No se trata de una vuelta masiva, uniforme ni instantánea, ni mucho menos de un regreso nostálgico de un ayer mejor. Lo que se percibe es más sutil y profundo: una búsqueda de sentido, de trascendencia y de comunidad en una sociedad marcada por la prisa, la fragmentación y la incertidumbre.

Parece como que se estuviese gestando una especie de cansancio del vacío producido en una generación joven que ha crecido en un entorno tecnológicamente hiperconectado, pero emocionalmente frágil. Redes sociales, consumo constante de estímulos, presión por la imagen, por el éxito y por la felicidad inmediata. Paradójicamente, nunca ha habido tantos recursos para «distraerse» y nunca tantos jóvenes han confesado sentirse tan solos, ansiosos o desorientados.

En este contexto, muchos empiezan a experimentar un cierto cansancio del vacío. El relativismo absoluto —donde todo vale y nada importa demasiado— acaba dejando una sensación de superficialidad. Frente a ello, lo religioso aparece como una propuesta contracultural: silencio en medio del ruido, profundidad frente a la inmediatez, compromiso frente a lo efímero.

Signos visibles en la cultura

Este resurgir no se manifiesta solo en términos clásicos de práctica religiosa, sino en múltiples signos culturales: música, películas, series, literatura…, incorporan cada vez más referencias espirituales y cristianas. Así, producciones como The Chosen o el interés por figuras como Teresa de Calcuta, Charles de Foucauld o Carlo Acutis, o la presencia de símbolos religiosos en artistas contemporáneos, muestran que lo cristiano vuelve a ser un lenguaje comprensible y sugerente para el hombre de hoy, que parecía que vivía de espaldas a estas realidades.

Llama también la atención el auge de actividades, más o menos masivas, con marchamo de espiritualidad o valores transcendentes, como peregrinaciones, retiros espirituales y experiencias de interioridad. El camino de Santiago, encuentros juveniles, retiros de silencio o propuestas como Emaús, Effetá, Hakuna o LLAMADOS-Unidos hacia el 2033, convocan a miles de jóvenes que no buscan evasiones, sino experiencias auténticas. Muchos llegan sin un bagaje religioso previo y descubren que la fe no es una imposición que coarta libertades, sino una invitación a vivir por encima de las limitaciones materiales.

Otro factor clave es la necesidad de pertenencia. En una sociedad muy individualista, donde cada uno «se construye a sí mismo», la comunidad cristiana ofrece algo que escasea: vínculos estables, acogida, acompañamiento y un «nosotros» que no depende del rendimiento ni del éxito.

Las parroquias vivas, los grupos juveniles, los movimientos y asociaciones católicas se convierten en espacios donde se puede preguntar, dudar, caer y volver a empezar. Para muchos jóvenes, la Iglesia deja de ser una institución lejana para convertirse en un hogar donde ser escuchados.

Valores que vuelven a interpelar

Más allá de la fe explícita, muchas personas se sienten atraídas por los valores que el cristianismo propone: la dignidad de toda persona, la solidaridad con los más vulnerables, el perdón, la gratuidad, el cuidado del otro, el respeto a la vida desde el nacimiento hasta su muerte natural… Y —sorprendentemente— van descubriendo que, en un mundo marcado por la competitividad y la polarización, estos valores resultan fascinantemente actuales.

El compromiso social, el voluntariado y la defensa de la vida y de los descartados encuentran en la tradición cristiana un fundamento sólido. No pocos jóvenes descubren que la fe no es evasión, sino compromiso, motor de transformación personal y social.

Eso sí, esta vuelta a lo católico tiene sus propias características, no se parece a la de otras épocas. Es una fe más libre, menos heredada y más elegida. Los jóvenes que se acercan hoy a la Iglesia lo hacen, en muchos casos, tras un proceso personal, después de haber probado otras propuestas y de haberse hecho preguntas de fondo.

Es una fe que no teme dialogar con la ciencia, con la cultura contemporánea o con las dudas. Quizás menos rutinaria y más experiencial; menos basada en la costumbre y más vivencial, apoyada en el encuentro personal con Dios.

Desafíos para la Iglesia

Este momento, lógicamente, también plantea retos a los creyentes. La Iglesia está llamada a acoger sin prejuicios, a escuchar más que a imponer, a proponer con claridad, pero con misericordia. Los jóvenes no buscan discursos vacíos ni respuestas prefabricadas, sino testigos creíbles, coherentes, cercanos y, para ello, es clave la autenticidad. Las personas contemporáneas cuando encuentran cristianos que viven lo que anuncian, comunidades que aman de verdad y una fe que humaniza, se sienten interpeladas.

Lógicamente algunos se preguntan si este resurgir es solo una moda o un fenómeno puntual. Es pronto para saberlo. Pero lo que parece claro es que la sed de espiritualidad no es pasajera, porque mientras el ser humano siga haciéndose preguntas sobre el sentido de la vida, el sufrimiento, el amor y la muerte, la propuesta cristiana seguirá teniendo algo que decir.

Quizá no asistamos a una «vuelta» masiva y en términos numéricos espectaculares, pero sí a algo más profundo: una fe minoritaria, pero más consciente; menos socialmente obligatoria, pero más auténtica.

Un signo de esperanza

Se deberán tener todas las precauciones del mundo, pero en medio de tantas noticias negativas, este despertar espiritual puede leerse como un signo de esperanza. Los jóvenes, a menudo acusados de indiferencia o superficialidad, están demostrando una sorprendente capacidad de búsqueda y profundidad.

Tal vez no estemos ante un retorno al pasado —ni es eso lo deseable— sino ante el inicio de una nueva etapa, donde lo católico vuelve a ofrecer lo que siempre ha tenido: una respuesta de sentido, una propuesta de vida plena y una esperanza que no defrauda.

En un mundo que cambia vertiginosamente, muchas personas de todas las edades, pero quizás especialmente jóvenes, parecen decir, quizá sin palabras, que no les basta con sobrevivir, que quieren vivir con sentido.

Y en esa búsqueda, lo espiritual —y lo católico en particular— vuelve a tener un lugar.

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