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title: "La alegría del corazón"
description: "Por Rogelio Cabado Murillo Desde muy pequeño, los punteos y acordes de una guitarra flamenca se pegaron a mi sensibilidad. La forma en que mi padre abrazaba su guitarra dejó grabada en mí la forma..."
url: https://revistaestar.es/rogelio-cabado-musica-catolica/
date: 2026-04-01
modified: 2026-03-24
author: "y otros autores"
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categories: ["Primera plana"]
tags: ["Revista n.º 357"]
type: post
lang: es
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# La alegría del corazón

Por **Rogelio Cabado Murillo**

Desde muy pequeño, los punteos y acordes de una guitarra flamenca se pegaron a mi sensibilidad. La forma en que mi padre abrazaba su guitarra dejó grabada en mí la forma de amar la música. Su primera armónica de cambio, que «babeé» con dos años, no la pudo volver a tocar. Así quedó la pobre. Recuerdo todavía su voz argentina llevándome al cole, cogido de su mano, paseando por las calles de Lugo, cantando a Antonio Molina o Rafael Farina, mientras yo lo miraba a la altura de sus rodillas. Dice san Agustín que «El canto es signo de la alegría del corazón». Y en ese ambiente de calor creció mi vida. Mi madre solía también cantar con una bella voz que, desde pequeño, me tocó la fibra del alma y que heredaron también mis hermanas. Así crecí en un ambiente familiar cargado de música, en un sencillo hogar de padre gallego y madre extremeña. Buena mezcla.

No fue hasta los 15 años cuando me solté en un campamento de la Milicia de Santa María, a la que estoy enormemente agradecido por potenciar mis valores artísticos y mi carácter. No recuerdo la primera vez que cogí una flauta, pero descubrí el mundo musical visto desde otro ángulo. Recuerdo, siendo adolescente, cantar en un coro de quince voces jóvenes. Sonaba tan descompasado que me armé de coraje, me puse delante de ellos y me dio por dirigirlos con la sola intuición. Disfrutaba enormemente con vibraciones vocales, todo creatividad, haciendo voces y armonías extrañas. Nos juntábamos un grupo de amigos y aprendíamos canciones de Palestrina, Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero o Tomás Luis de Victoria… Inventé un sistema gráfico de puntitos dibujados sobre una línea que me ayudaba a memorizar el canto. Al paso de los años llegué a entender aquello mismo en una partitura a voces mixtas. Se me hacía necesario conocer un instrumento polifónico, porque encontraba en él lo que intuía mi sensibilidad musical. Y así comencé a tocar la guitarra de forma autodidacta. Luego, el piano era un derroche de frecuencias que revolucionaban mi creatividad.

En el grupo de jóvenes, alguno comenzó a crear canciones religiosas y me atraía enormemente ese campo. Fue un día de Navidad, haciendo la mili en Valladolid, cuando me brotó la letra de un villancico. Esa fue la chispa necesaria para llegar hasta hoy, una chispa que ha producido un incendio. El sentido de todo ello era transmitir a los demás el amor de Dios desde mi sensibilidad y gritar desde la música que somos inmensamente amados por él. Algo que descubrí en Ejercicios Espirituales ignacianos. Y así nacieron propuestas para la creación de muchos discos solidarios. Con el primero, *Cabado y David o Vagabundo sin lugar*, con mi querido David Santafé, costeamos una granja de aves en San José de Tiabaya-Perú. El tercero, *Rozando el Viento*, costeó un comedor para mil niños… Y fueron brotando propuestas y proyectos que incentivaban mi inquietud. Así nacieron 26 discos, de corte religioso o social, de entre ellos 5 musicales, 400 canciones, cientos de escenarios, entrevistas, artículos y un sinfín de aventuras en torno a la música que me han permitido evangelizar y llevar la Buena Nueva con la frescura que el Señor me regalaba. «La Iglesia necesita músicos que evangelicen con belleza», decía Benedicto XVI. La vida interior, la vida de oración, era la llama que impulsaba. La fuente era la unión con Cristo, besando la herida de mis hermanos y unido a un grupo o movimiento, en una estrecha relación con mi familia, hoy, mi mujer y mis tres hijas.

Tuve el gran regalo de relacionarme con grandes músicos dentro y fuera de España, desde mi paso por varios conservatorios profesionales, cursos de dirección coral, hasta esa relación directa con artistas en varias disciplinas de las muchas artes, y la amistad fraterna con músicos católicos, hermanos que persiguen lo mismo. Fue el trampolín para impartir cursos muy variados en ese campo a alumnos y profes, desde la pastoral educativa. Todos, medios formidables para entusiasmar a nuestros alumnos con la Vida, el amor, la paz y la trascendencia.

¿No les parece bonito? La canción y la música, religiosa o profana, es en muchos momentos un primer anuncio para quienes no pisan una iglesia. Mi vida no tendría sentido sin ese marco esencial de la música. Me llena, me plenifica y me une más intensamente al Señor, del que me siento amado. Muchos emplean sus armas para llevar la razón, otros sus argumentos dialécticos para erradicar el mal, no pocos diseñan estrategias salvadoras. Yo prefiero mi guitarra, mi piano y la voz. «Donde las palabras fallan, la música habla» (Christian Andersen). Cada día es un nuevo descubrimiento musical. Todo invita a ser vestido de música, desde los momentos más oscuros a los momentos de luz, a través de la creatividad y los medios que la sabiduría humana nos proporciona, desde la clásica partitura a mano hasta la IA de Suno, Udio, Moisés o Kits. Se trata de expresar la belleza de Dios en su creación. Estoy convencido de que «la música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas» (Paul D. Hewson-Bono).

Es todo un reto y una responsabilidad. Con frecuencia suelo decir que cada uno debe expresar la belleza que el cielo le ha regalado, para que todos vean las señales de su amor. Todo lo bueno es música, y hay que hacer música con los dones recibidos, desde la Sagrada Familia de Gaudí, la pintura expresiva de Kandinsky, la cocina sabrosa de una madre, hasta las armonías rompedoras de Jacob Collier, la guitarra de Tommy Emmanuel, el piano de Keith Jarrett o las composiciones conmovedoras de John Rutter: una invitación a la sencillez con la convicción de que nada es propio, sino recibido, una chispa de generosidad por parte de Dios. Que nuestro paso por la vida sea eso, dejarnos hacer por su providencia, dóciles a su inspiración, que es todo música. Una vida así es un regalo del cielo.

(https://rogeliocabado.com/)

(https://masallaelmusical.es/)
