Sed alegres en la esperanza

Carta de san Pablo a los Romanos, 12:12.

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Campamento Gredos 1987
Campamento Gredos 1987

Por José Alfredo Elía Marcos

Si el alma se expresa a través del rostro, el de Abelardo de Armas siempre fue reflejo de su encuentro con Cristo. Resumir cómo era su alma alegre no es fácil, pero lo intentaremos destacando cuatro aspectos.

En Abelardo, la alegría y el buen humor fueron su estilo de vida. Con él expresaba su personalidad bondadosa, amable, simpática, cercana, optimista… Su sonrisa y el brillo de su mirada, era algo que atraía a los jóvenes especialmente. Tenía un don especial para el humor y los chistes. Ya, antes de su conversión, era famoso en la oficina por venir cada día con un chiste nuevo… aunque no fuesen todos demasiado decentes. Dios nunca anula nuestras cualidades y Abe supo poner esa capacidad al servicio de Dios.

En la adversidad o la enfermedad, el humor ayuda a poner las cosas en su sitio. Y para Abelardo ese sitio son las manos de Dios. Así lo manifestó cuando estuvo convaleciente, en los momentos de dificultad, o en la última etapa de su vida.

Como buen educador que era, sabía corregir con una sonrisa. Este estilo de vida alegre es algo que ha dejado como legado en la Cruzada-Milicia, y que forma parte del aire de familia que se respira entre nosotros.

Para Abelardo el humor es la antesala de la amistad. Quien ha compartido mesa con él, sabe que la comida se hacía más apetitosa en su compañía, pues él la animaba con multitud de chistes y anécdotas de buen gusto. En los fuegos de campamento, combinaba su capacidad para la recitación, con una retahíla de chistes encadenados. ¡Cómo no recordar «El embargo» o «Un gitano ante el portal de Belén»! Al contemplarle en «Guadalcanal», solo nos faltaban las palomitas para recrear una auténtica película de cine. O las divertidas andanzas con Leonardo, fragmentos de su vida llenos de color y emoción.

Abelardo supo emplear la anécdota contada con gracia como medio eficaz de evangelización. En charlas, retiros o en animada conversación, él sabía poner ejemplos con «chispa» para explicar las cosas de Dios. Los que hemos tenido el privilegio de haber hecho ejercicios espirituales con él, disfrutábamos cuando nos insistía en la importancia de confiar en Dios, mientras nos narraba las aventuras y desventuras del padre Llorente en Alaska.

La mayor alegría solo la podemos encontrar en la amistad con Jesús. Abelardo siempre nos animó a serlo, como forma de santificación en el cumplimiento del deber. Mi alegría es cumplir tus mandamientos. Pero en este gozo también incluía a la Virgen María, causa de nuestra alegría.

Para un cristiano no hay lugar para la tristeza. Contaba cómo, en las dificultades de los inicios de la Cruzada, un compañero le escribió en una carta: «La tristeza es el pecado no registrado por los teólogos. No te dejes llevar por ella. Aunque no veas nada en la soledad, Dios está contigo».

Seguro que hoy está feliz en el seno del Padre, pues como dice el salmo 16: «Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha».

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