Ser educadora, una vocación

«Ser educadora me da la posibilidad de salir de mí misma y mirar los ojos de quien conduce mi vida»

15
Ser educadora
Ser educadora

Por Ángela Ledesma Carranza

Las cosas importantes se empiezan a observar cuando eres pequeña aunque, en ese momento, no eres consciente de la trascendencia de lo que estás viviendo, lo aprehendes y casi sin darte cuenta ya forma parte de ti.

Cuando era pequeña recuerdo ver a mis educadoras de Altas Cumbres y pensar: «¡Buah! ¡Estoy deseando llegar a ser educadora!». Se lo decía a mi familia, a mi padrino, a mi tío y a mi guía espiritual. Imagino que ellos pensaban: «¿Qué querrá el Señor de ella?», o al menos eso es lo que pensaba yo. Pues, desde pequeñita tuve un ímpetu por entregarme al otro. Sin embargo, mi deseo poco tenía que ver con el amor al otro, estaba más bien motivada por mi ingenuo juicio y estaba segura de que las educadoras en los campamentos tenían mayores comodidades y privilegios: podían hablar por las noches, tener el móvil o saber qué actividad se realizaría a lo largo del día. En fin, mi motivación para ser educadora no era madura.

Con el paso del tiempo, por suerte vas creciendo, y tu mirada no es la de una niña de diez años. Observas tu vida, tu entorno y te vas haciendo consciente de aquellos pequeños detalles y de que aquellas educadoras nos entregaban su vida.

Recuerdo las asambleas finales de todos y cada uno de los campamentos. Las acampadas compartíamos lo que había supuesto para nosotras aquella extraordinaria semana. Siempre agradecíamos la disponibilidad incondicional de las educadoras, siempre pendientes, siempre a nuestro lado. Después las educadoras tomaban la palabra, y yo quedaba noqueada siempre, año tras año, ellas nos daban las gracias porque afirmaban que aprendían mucho de nosotras, que las enseñábamos todos los días algo nuevo, y que las recordábamos cosas que habían olvidado. Yo me preguntaba, ¿qué habrán olvidado? No lo terminaba de entender, cada campamento aprendía humana y espiritualmente hablando, no comprendía cómo era posible aprender más de lo que ellas nos enseñaban. Yo me miraba al espejo y me decía: «¿Qué habrán aprendido de mí? Solo soy una niña de once años».

El tiempo pasa y vas viviendo acompañada; tuve la maravillosa oportunidad de tener una educadora en casa, mi hermana María, de la que pude contemplar lo que supone ser educadora y el regalo de serlo. Pude descubrir el tiempo que dedicaba a Altas Cumbres, es decir, a las niñas que formábamos parte de este grupo. Y poco a poco fui dándome cuenta de cómo ser educadora no es solo organizar actividades, poder hablar por las noches con tus amigas, saber qué hay que hacer a cada hora del día durante el campamento. Ser educadora es cuidar, es formar y es educar sin enaltecerse, sin que se vea, siempre en lo escondido. Iba integrando por ósmosis nuestra «mística educadora» que no solo es advertir lo que no está del todo bien hecho sino acompañar en el camino del crecimiento humano y espiritual de cada una de las niñas de la escuadra. Es acompañar, escuchar, observar, ver con dolor cómo «caen» y siempre motivarlas para que se levanten y experimenten que «no hay que cansarse nunca de estar empezando siempre». Cada niña es única y tu corazón ha de estar abierto por igual a todas y cada una.

Después del campamento, volvemos a la vida en nuestros lugares de residencia, volvemos a la vida del mundo y nos creemos que el campamento ya ha terminado, cuando realmente solo acaba de empezar. También para las educadoras. El entorno en el que una joven como yo se mueve no es fácil. En el momento que digo a alguien que vengo de ser educadora en un campamento, me encuentro dos reacciones: algunos, no comprenden lo que es ser educadora, lo confunden con ser monitora de tiempo libre; otros, preguntan por el dinero: ¿cuánto te han pagado? Lo que las educadoras recibimos es más que dinero; es la posibilidad de entregarnos, de conocernos, aprender y vivir la humildad. Aprender a estar en el mundo, pero sin ser del mundo. La velocidad a la que vivimos durante el año y el ritmo del curso impiden muchas veces parar, reflexionar y darnos al otro, esa es la parte verdaderamente difícil del campamento: transformar nuestras vidas. Es algo que requiere tiempo y atención, algo que nos falta por la velocidad vital que nos arrastra.

Ser educadora me da la posibilidad de reencontrarme para entregarme y amar para olvidarme de mí, pero sin esperar nada a cambio.

En este momento de mi reflexión vuelvo a la pregunta inicial, ¿por qué soy educadora? Aparentemente puede ser una pregunta sencilla, pero no lo es porque para responderla debemos entrar en nosotras mismas: ¿por qué quiero ser educadora?, ¿para qué quiero serlo?, y ¿cómo debo ser educadora? Estas preguntas que a veces pasaba por alto, me las hago con cierta frecuencia y solo hallo respuesta si soy capaz de escuchar mi corazón, donde habita el Señor.

No os voy a engañar, no es fácil discernir la vocación educadora, porque en ocasiones uno se puede dejar llevar por convencionalismos y por las expectativas de otros llevándonos a la confusión. Después de un tiempo acompañada y discerniendo sobre mi vocación comencé a entender con el corazón el motivo por el cual soy educadora, su importancia y su sentido.

Ser educadora desgasta, pero también ofrece gozo, felicidad y una paz poco común. Así, casi sin darme cuenta, el por qué, el para y el cómo de ser educadora se fue transformando. Hoy veo la grandeza de entregarme a las niñas. Cada una de ellas con su maletita: sus necesidades, sus problemas, sus alegrías, su educación, su forma de ser.

Soy educadora porque me permite dejarme a un lado, me da la posibilidad de salir de mí misma y mirar los ojos de quien conduce mi vida.

Artículo anteriorMisionar en un mundo sin fronteras
Artículo siguientePerú, tierra ensantada: santos, beatos, siervos de Dios