Ser maestro

7
Subida a la cumbre
Subida a la cumbre

Por José Javier Ruiz Serradilla

La reciente muerte de un gran maestro y amigo, Santiago Arellano, me ronda y apremia: «He de ser maestro». Pero, ¿en qué consiste ser maestro?

Tomarse la propia vida en serio

Maestro es quien se hace cargo de su propia vida. Claro está que no es fácil. Es mi vida donde confluyen dos tendencias. La primera y principal es la que siempre debería seguir: la que me susurra el bien que he de seguir. Pero hay otro susurro, a veces —y muchas— más audible, aquel que me indica, con apariencia de bien, el mal que, de seguirlo, llevará a mi perdición.

La primera tendencia es la que habita en lo más íntimo de lo íntimo de mí mismo. Es la voz de un maestro, el interior. Mas también es audible en la vida de aquellos que me aman dando su vida por mí y la observo también en todo aquel que desinteresadamente entrega su vida, por amor, a un tú cercano. Aquí el maestro interior se instaura maestro exterior. Son el amor, el gozo, la alegría, el agradecimiento, la entrega…, quienes me anuncian, en discreto susurro, la incondicionalidad del bien que siempre me habla al oído con labios carnales, los del rostro que me ama o ama a otro tú siempre cercano.

La segunda, más superficial, me ronda desde la periferia. La de las apetencias que confunden mi razón y arrastran mi libertad prometiendo mucho para, al fin del fin, acabar en nada. ¿Nada? ¡Ojalá! El viscoso mal se infiltra en mi más íntima hondura agrietando mi corazón. Es el tedio de la vida.

Llama el tedio a huir de él y de lo que lo provoca, pero no es fácil seguir su voz en la oscura desgana que provoca. Puedo, por mil diversas razones, hacer oídos sordos a su voz y seguir llenándome con la apatía del mal. Pero si no termino de endurecer el oído, es posible iniciar la huida del mal, volver a situarme en el deseo del bien.

Desear el bien

Quien abre su vida al deseo del bien conoce que debe educar el oído interior a fin de atender a los maestros sabiendo que no todos los que se postulan como tales lo son. No es maestro el que alardea de serlo sino el que oculta su maestría tras la palabra cálida que invita a hacerme cargo de mi vida y manifestando en su sencillez que tras su palabra hay una vida que, no sin dificultades, se empeña en vivir aquello de lo que habla. No son sus palabras bonitas y, por ello, vacuas. Bellas palabras por hablar de, no solo teórica, sino siempre encarnada. Palabras bellas por buenas.

Pero el camino del deseo de bien no solo necesita de maestros, supone compromiso. Comprometerse con el bien ha de generar una doble actitud: elección y sospecha.

Elección de caminar con determinada determinación por el camino que mis maestros me muestran sabiendo que el caminar no es fácil y que ninguna fonda de camino es posada definitiva. Sabiendo también que, siguiendo el camino largo y accidentado, caeré más de una vez y que siempre he de levantarme para seguir caminando. Determinada determinación no de caminar por caminar sino de perseguir el bien, todos los bienes, que en su diversidad me hablan de su condición de imágenes revelándome, poco a poco, el Bien —con mayúsculas— al que apuntan.

También sospecha. Siempre de mí. Caminar con determinada determinación por el camino del Bien no justifica que me crea bueno. La finura del bien encarnado en la propia vida reclama más bien. Al tiempo, siempre he de ser consciente de que, en cualquier momento, puedo dejarme arrastrar por ese mal que tantas veces me venció y me vence. Siempre he de desear más bien, pero sin dejar de sospechar de mí. Capaz de bien pero no menos capaz de mal. Determinarme por el Bien no me exime de ello.

Buscar desde la propia incertidumbre e ignorancia

Tomada la determinada determinación el deseo de bien es luminaria que alumbra el incierto camino. Comienzo a buscar desde mi incertidumbre e ignorancia. Nunca solitario, pero siempre mío.

El camino no es solitario, es camino en compañía. Son compañeros permanentes de camino mis maestros, aquellos que quieren mi bien porque me aman; mas en el camino me encuentro con otros ocasionales que tal vez también lleguen a ser maestros míos. También hay bandidos que me proponen aparentes atajos y que, de seguirlos, me harían abandonar el camino emprendido. Rodeado de amigos y al acecho de los no tan amigos voy caminando.

Y camino propio ya que el camino por el que transito, es mío, solo mío. Nadie camina por mí. Soy yo el que hago mi camino.

En incertidumbre porque doy un paso sin saber cómo será el siguiente. En ignorancia ya que, aunque voy aprendiendo, no salgo de una docta ignorancia. Es camino de búsqueda en el que voy aprendiendo que el sentido de esta no es otro que esperar.

Esperar el encuentro con el Maestro

¿Qué espero? Alcanzar la Belleza, tal vez. También la Verdad, cómo no. Y sobre todo el Bien, ¡ojalá!

Pero en mi espera la pregunta va tornando de qué a quién. Belleza, Verdad y Bien no pueden ser abstractos sino concretos que me abren al Amor. Y no hay amor sin un quién. A él es a quien espero.

¿A quién espero? A quien anuncia el susurro que llevo dentro y que amplifican los maestros que me acompañan y el bien vivido. Ese susurro va siendo cada vez más audible, su voz se va configurando en mi hondón interior. Y deseo que se haga presente. Espero el encuentro con el interior Maestro. Anhelo su presencia.

El instante

Y el Maestro acudió. Fue en aquel instante. Inesperado en la espera e inolvidable. Día, lugar, hora. Allí donde espacio y tiempo desaparecieron en lo eterno. Instante presente que se dilató, dilata y dilatará en eterno presente haciendo resonar con perenne novedad la llamada siempre antigua y siempre nueva: «¡Sígueme!».

Allí todo el camino transitado cobró sentido. Y en mi tembloroso y balbuciente sí fui constituido, ungido.

Apóstol y profeta

Ungido maestro: apóstol y profeta.

Enviado (apóstol) a suscitar el diálogo con el Maestro interior buscado, esperado y encontrado, siempre encontrado. A lanzar hacia fuera (proferir) la vida alumbrada y pobremente vivida pero siempre ilusionante e ilusionada. A desear y promover en todo discípulo el descubrimiento del Maestro que habita dentro y el diálogo permanente con él porque la vida ha de inflamarse con llama de amor y no extinguirse en vacío de tedio.

La interminable escucha

Inflama en amor quien ama mucho. Ama mucho a quien mucho se le perdona. Y es perdonado aquel que continuamente contrasta su vida en diálogo constante con el Maestro. Diálogo que supone educarse en la escucha, en la interminable escucha. Pegar el oído al corazón, el propio, a fin de hacer audible el latido del Maestro, su Vida.

Es esa escucha la que orienta continuamente la vida de quien ha sido ungido maestro descubriendo que debe enseñar al discípulo la atenta atención de la escucha sin fin para lo que el propio maestro debe escuchar pacientemente al discípulo. Quien escucha puede oír el latido del discípulo, el suyo propio, posibilitando que el propio discípulo pueda oír al Maestro que habita en su más íntima intimidad.

La Vida ofrecida desde la propia vida

Escuchar para enseñar a escuchar nos habla de que ser maestro es serlo de vida, maestro de vida. De ahí que deba ofrecer mi propia vida. Vida pequeña, miserable pero siempre ilusionada porque en su pobreza brilla la Vida de quien la guía.

Ser maestro es ofrecer la propia vida en insuficientes palabras y torpe vida. Sí. Es cierto. Mi vida deja tanto que desear… Pero esa es la que debo dar porque la Vida que me habita o, más bien, en que habito se manifiesta en mi vida. No lo veo y no debo verlo, pero lo sé en paradójico saber. El Maestro quiere que haya maestros que donen lo que no les pertenece: la Vida que mantiene su vida.

La aspiración del maestro

Y es que el maestro siempre quiere el bien de su discípulo porque le ama y quiere conquistar su corazón. No para él sino para Otro. Es su aspiración única que el rostro de Cristo Maestro sea encarnado por el discípulo. Esa es su vocación: que la vida de ni uno solo se pierda. Que todos puedan descubrir que en su vida late la Vida de quien supera todo tedio y solo es fuente de alegría, la del Amor.

He ahí la consistencia del maestro: Ser maestro en Cristo Maestro.

Artículo anteriorPlan 75
Artículo siguientePentecostés. Vidrieras en Zamora (IV)