Sin raíces no hay hojas ni frutos

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Sin raíces no hay hojas ni frutos
Sin raíces no hay hojas ni frutos

Los primeros pasos de un niño, las primeras palabras, los primeros gestos, etc., son auténticos momentos de gozo y alegría para los padres que observan cada una de esas actividades como un descubrimiento que llena de satisfacción y regocijo. Cada logro confirma que la nueva criatura comienza el camino de la vida para alcanzar lenta y paulatinamente su madurez.

Por otro lado, sorprende la debilidad de ese niño y la lentitud con la que alcanza cada logro frente a la rapidez con la que una cría de animal, apenas horas, días o semanas después alcanza su plenitud y puede desenvolverse de forma autónoma.

Ello se debe a que cualquier animal viene dotado de una herencia genética que le permite desarrollarse como adulto de forma casi autónoma. Por el contrario, al ser humano no le basta la carga genética para alcanzar su madurez. Necesita de una herencia cultural: sin la ayuda de sus padres y de la comunidad en la que vive, no aprendería nunca a hablar, a pensar, a construir instrumentos o generar arte.

Somos lo que somos gracias a esa herencia, de tal modo que la dignidad del ser humano solo es percibida en la medida que somos capaces de asimilar esa cultura heredada. Nuestro desarrollo material, social, nuestros valores, es la herencia de un esfuerzo continuado. Sin los griegos, de los que hemos heredado el respeto por la razón; los romanos, a quienes debemos el derecho como valor por encima de todos, y el cristianismo, que nos descubrió el valor de la persona y de la libertad, no seríamos lo que somos ni habríamos alcanzado el desarrollo moral que nos caracteriza y que nos distingue de otras culturas. La democracia, los derechos humanos, el respeto a nosotros mismos, a los demás y a la naturaleza, son algunos de los frutos de esa herencia.

Por ello es muy preocupante el olvido sistemático que padece la sociedad actual, la falta de conocimiento y de agradecimiento del esfuerzo realizado por las generaciones que nos han precedido, empezando por las más próximas y siguiendo por las más lejanas. No se trata solo de un olvido, sino en cierta medida de una ofensa que pagaremos caro. Un árbol sin raíces no tiene futuro. Sus hojas secas producirán mucho ruido, pero será tan efímero como vano. Será el principio del fin.

Importa mucho, casi diría que es esencial en esta sociedad de las prisas, en esta sociedad adolescente donde todo se critica y se reclama de modo urgente, que se reconozca y valore la herencia recibida.

Es por ello clave en la enseñanza, transmitir el conocimiento de la historia, ya que quien olvida su historia está condenado a repetirla. Una historia que permita conocer las luces y sombras de los que nos han precedido, sin ánimo revanchista, derrotista o ideológico como suele ser habitual entre los españoles.

Dicho lo anterior, es aún más importante en la educación el conocimiento de los familiares que nos han precedido. Para los asiáticos el conocimiento de su árbol genealógico tiene un enorme valor. Guardan ese libro como uno de los bienes más preciados. El cardenal Van Thuan afirma que él conocía los nombres de catorce generaciones de sus antepasados desde 1698, fecha en la que su familia fue bautizada. Como él mismo señala: «A través de la genealogía nos damos cuenta de que pertenecemos a una historia que es más grande que nosotros. Captamos con mayor verdad el sentido de nuestra propia historia».

Fue un pensador medieval quien nos advirtió de que: «Somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque estamos levantados por su gran altura».

Es realmente preocupante el grado de inmadurez que padece la sociedad actual: un cierto adanismo adolescente le lleva a criticar sin matices y con un aire de soberbia todo lo recibido, como si los deseos de justicia, de libertad y de igualdad hubieran comenzado en esta generación.

La crítica muchas veces pueril que se realiza de los que nos precedieron, unida a la ignorancia de sus méritos y de sus logros, nos lleva a un precipicio. El estado de bienestar y en gran medida el deseo del bien-ser, de una sociedad más justa, libre y responsable, solo es posible si se asienta sobre los valores que fueron el norte de nuestros antepasados: el trabajo bien hecho, el respeto a la palabra dada, la responsabilidad, el juicio sereno y ponderado, el señorío de uno mismo, el coraje, la fuerza de voluntad para superar las dificultades de la vida y el agradecimiento a los mayores.

La educación actual necesita, más que ninguna otra época, el conocimiento de nuestro pasado, el reconocimiento de los valores y las personas a las que tanto debemos. No se trata solo de buena educación, ni siquiera de justicia, es una cuestión de supervivencia puesto que «el pueblo que no mira hacia sus antecesores, tampoco mirará hacia la posterioridad».