Sin ventanas rotas

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Auto roto. Ilustración: Juan Francisco Miral
Auto roto. Ilustración: Juan Francisco Miral

Trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos.

—Confucio—

Fue allá por 1969, cuando la Universidad de Stanford (EE. UU.) realizó un original experimento de psicología social. Dejaron un coche abandonado en uno de los barrios más pobres de Nueva York, el Bronx. Otro coche idéntico lo dejaron en una de las zonas más ricas y tranquilas de California.

Resultó que el auto abandonado en el Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, la radio, CD, etc. Todo lo aprovechable se lo llevaron y lo que no pudieron llevarse lo destruyeron. En cambio, el auto abandonado en California se mantuvo intacto.

Pero el experimento no acaba aquí. Cuando el coche del Bronx ya estaba desecho y el de California impecable, los investigadores decidieron romper un vidrio al coche intacto. El resultado fue que se desató el mismo proceso de robo, violencia y vandalismo que en el Bronx.

Así se desarrolló la «teoría de las ventanas rotas»: Si se cometen pequeñas faltas y estas no son sancionadas, entonces comenzarán a desarrollarse faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.

Ejemplo casero: Si en una familia los padres permiten que su casa tenga algunos desperfectos: falta de pintura, paredes en mal estado, malos hábitos de limpieza, que los niños cojan malas costumbres alimenticias, que hablen imitando a Camilo J. Cela, que se falten al respeto los miembros familiares, que no se obedezca al despertador, que la TV reine en casa, etc., etc., entonces, poco a poco, esa familia caerá en un descuido de las relaciones interpersonales y comenzarán a crearse malas relaciones con la sociedad en general. Esta puede ser una hipótesis de la descomposición de la sociedad actual.

Lo mismo ocurre con la vida espiritual: la dejadez en los detalles puede arruinar el fervor y llevar al alma a la vulgaridad. El abandono de las cautelas, que dice san Juan de la Cruz, corta las alas, impide volar y aminora el voltaje apostólico.

Para lo humano y para lo divino, os propongo una mejora permanente: vamos a luchar por conseguir un mundo sin ventanas rotas. Empezando, claro, por casa.