Sucederá la flor

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Sucederá la flor
Sucederá la flor

Os presento un libro muy pequeño en extensión, aunque lleno de hondura, de vida real, de esa vida que nos desobedece y sigue su curso con indiferencia ante nuestros deseos y provisionalidades. Lo esencial ocupa poco.

Está hecho de intimidades; es una narración poética pero no un libro de poesía. Es la experiencia de un hombre que vive sin adornos, como puede, la enfermedad de su hijo. Todo es aparentemente insignificante. Es su mirada la que ilumina los rincones de la realidad. «Los poetas somos así, como vosotros los niños: vemos en una cosa más cosas». El poeta, esperanzado, mira el círculo yermo de tierra del recipiente, pero ve la flor que sucederá, mas no cuando se quiere… Esta es la historia de un hombre que espera. Como tal vez lo sea, en el fondo, toda historia. Un hombre que espera y cuida a un niño enfermo que también lo cuida a él.

Sucederá la flor no es triste. Al contrario, es real, luminoso; mas no deslumbrante sino conmovedor. Es el corazón de un padre que le cuenta a su hijo cómo aquel tiempo difícil, cuando el mundo se inclinaba sin compasión hacia un abismo oscuro, le hizo ver que «no hace falta buscar asideros muy grandes, convicciones, razonamientos. Basta dejarse caer y confiar en que alguien nos abrace, como hacéis los niños al tiraros por un tobogán». Es un libro agradecido, que sabe de la esperanza nacida entre el dolor, como nace una petunia de un tiesto seco. «Un niño enfermo es un libro escrito por Dios con la tinta sagrada del sufrimiento en el dialecto de un amor que no se inquieta ni exige explicaciones».

A pesar de todo, cuando la suficiencia ha sido derrotada y apartada a un lado, se aprende a agradecer lo cotidiano. «Creo —escribe— en el ser humano. Aunque el mundo parezca injusto. Una sonrisa basta para devolverme la confianza».

Y a su vez, es también la oración de alguien que trata de hacerse tonto, de desbaratar las torres de la inteligencia para entender el dolor, la enfermedad en el inocente, el contundente abismo de la muerte y el ahora de la vida. «Sólo los tontos, los santos, los locos y los niños danzan en los salones del ahora». Dios se muestra al hombre que atraviesa la prueba como una presencia misteriosa a la que hay que dar gracias y contra la que hay que combatir. «…Esa noche me abrazaste. No estabas dormido. Me dijiste te quiero y me besaste. Fuiste tú quien me consoló mientras yo me rompía. Descansé mucho al saber que no tenía que dar ninguna talla. Tu abrazo sí era Dios. Un Dios con la estatura de un niño de tres años».

Sucederá la flor es la experiencia de un aprendizaje. «Cada persona dispone de un puñado de tiempo más pequeño o más grande. Ese tiempo es el cuadrilátero donde uno ha de combatir a diario. Yo sólo espero que al final de mi combate gane el amor»