Suicidio demográfico y suicidio juvenil

Siempre hijos, nunca huérfanos

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Foto: Cristina Gottardi
Foto: Cristina Gottardi

Por Isaac Merenciano

«Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No sé». Así empieza El extranjero de Albert Camus, filósofo del absurdo, ateo (aunque en el fondo no quería serlo), que plasmará en sus obras el absurdo de vivir, rezumando cierto pesimismo. «En nuestra sociedad, un hombre que no llora la muerte de su madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte», dirá el protagonista de la obra de Camus porque nada tiene la suficiente importancia para sacarlo de esa agonía de vivir, de la angustia existencial. Un tipo muy franco y honesto: si nada tiene sentido, ni siquiera lo más importante tiene sentido. Desde esta perspectiva, ni siquiera la muerte es lo suficientemente trágica. Como mucho, puede tener un sentido liberador.

Viktor Frankl tendrá razón al decir que «el hombre se autorrealiza en la medida en que se compromete con el sentido de su vida», complementándolo con «el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar un hombre». Se muere como se vive. ¿Por qué avanza nuestra sociedad a pasos agigantados hacia la muerte, hacia el suicidio? El amor, como sentido último de la persona, requiere ser amado. No puede amar el que no ha tenido experiencia profunda del amor. Será entonces que lo primero que hemos derribado es el amor. El amor de verdad, el amor que mirando a los ojos dice «te elijo a ti». Porque el amor tiene más de voluntad que de sentimiento. Si se pierde el amor, se pierde el sentido. Si se pierde el sentido, se pierde el sentido de vivir, y la muerte resulta la única salida. Cuando la muerte se presenta como una solución válida, legítima y posible nos lanzamos cuesta abajo sin freno ni marcha atrás a la destrucción de la persona.

El ser humano está llamado al amor. Físicamente está hecho para la entrega, psicológicamente necesita de la comunidad y aquello que sabemos por fe en Jesús, lo sabemos por la razón: «hay más alegría en dar que en recibir». Algo tiene el ser humano de fuego, que «no mengua al repartirse», sino que se multiplica. Además, la humanidad aspira a lo eterno, tiene deseos del «para siempre», que de forma palmaria retumbaba en una infante Teresa Sánchez de Cepeda, futura santa Teresa de Jesús. Por eso, «amar a una persona es decirle tú no morirás nunca» (G. Marcel). El amor nos hace eternos y reclama un «para siempre».

Por eso esta sociedad anda a bandazos entre Camus y Frankl, Nietzsche y san Agustín, entre la vida y la muerte, entre el egoísmo y el amor; como diría Nietzsche, entre Dionisos y Apolo. Los datos demográficos son desalentadores, nacen menos que mueren. Y muchos enarbolan la bandera de la vida y promueven teorías antinatalistas con argumentos tan manidos como la sobrexplotación. Otros, en defensas de los que ya viven, defienden eutanasia, aborto y pena de muerte. Decía Gandhi que «la paz que con guerra se consigue con guerra se mantiene»; realizando una extrapolación interesada diríamos que «la vida que con muerte se consigue, con muerte se mantiene».

Esta cultura de la muerte como salida, de la muerte como liberación, ha contaminado también a jóvenes y adolescentes. Desoladores titulares de suicidios juveniles que ponen los pelos de punta y que producen respeto incluso a medios morbosos de información, que han negociado un pacto de silencio para evitar un efecto llamada. Suicidios que se perciben como la única salida segura a una situación desesperada, fruto de la incapacidad de superar la frustración, pero también fruto de una inseguridad endémica en los corazones de todo hombre consecuencia de unas circunstancias sociales que promueven el individualismo, el egoísmo y el uso de los niños como moneda de cambio en discusiones políticas, familiares y sociales.

Pero, ¿por qué una sociedad falta de amor queda abocada a la autodestrucción, a la muerte, al suicidio? El amor lo hemos terminado concibiendo como selfies de besos románticos con la torre Eiffel al fondo, como achuchones entre las sábanas y como mariposas en el estómago, pero el amor entendido de manera superficial es el preámbulo a la grandeza del amor, es un anticipo de lo que realmente es el amor: entrega y donación. La experiencia de una incorrecta entrega y donación incapacita al joven para donarse y abrirse al mundo y al otro. Y cuando queda bloqueada la máxima expresión del amor, es decir, la capacidad de donación, la vida se empequeñece y pierde sentido, de forma que cuando todo va bien, no hay problema, pero cuando asoma la dificultad, las alas recortadas del joven no pueden sostener el vuelo y se precipita trágicamente al suelo.

Lo mismo ocurre a nivel comunitario, el suicidio demográfico. ¿Qué es el suicidio demográfico? Una sociedad que se inclina más por una mascota que por un hijo, que hace de las mascotas hijos. Porque, si el hijo es la suprema muestra de entrega, de amor, y la capacidad de amar se ve mermada, es inevitable la caída en picado de nacimientos. Es necesario redescubrir la belleza de la entrega amorosa y el abandono confiado para revitalizar una sociedad que muere en sus infantes. Redescubrir la belleza del amor sacrificado, redescubrir el «amor que duele, el amar hasta que duela» (madre Teresa de Calcuta). Por eso «amar no se improvisa», porque el sacrificio, la entrega y la capacidad de sufrir por amor no se improvisa.

Por todo esto, el cristiano es un creyente en la vida y un defensor del verdadero vitalismo. Porque se sabe amado hasta el extremo y queda prendido de la gracia que nos hace hijos, que nos enseña esta pedagogía del amor. Es en la escuela de la filiación donde se aprende a amar. Por eso, si siempre somos hijos, nunca quedaremos huérfanos, nunca gustaremos de la muerte. Porque amar es algo eterno y la eternidad le duele a la muerte.