Tomás Moro: “¿Político, tú…?”

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Tomás Moro (1478-1535), primero abogado y juez, llegó a
ser lord Canciller de Inglaterra. Político de absoluta honradez, sin embargo
fue desposeído de su cargo, encarcelado, llevado a juicio y condenado a muerte
por políticos y jueces que seguían instrucciones del rey Enrique VIII. Es
considerado el patrono de los políticos católicos. El drama de su vida fue
llevado al teatro y más tarde al cine por Robert Bolt bajo el título: “Un
hombre para la eternidad” (A Man for all Seasons).
Richard RICH (con entusiasmo): Todo hombre tiene su
precio… ¡Claro que sí! Hasta en dinero.
Tomás MORO: No, no, no…
RICH: Y desde luego en sufrimiento.
MORO (interesado): ¿Comprar a un hombre con sufrimiento?
RICH: Hacerle sufrir y ofrecerle luego… un escape.
MORO: ¡Oh! Por un momento creí que decías algo profundo.
RICH: No, nada de profundo. Es un problema práctico: cómo
hacerle sufrir lo bastante.
MORO: Hum… (Lo coge del brazo y pasea con él) Y…
¿quién te ha recomendado leer a Maquiavelo?… ¿Eh?
RICH: El Doctor Cromwell. ¡Y parece dispuesto a hacer
algo por mí!
MORO: No sabía que le conocieras.
RICH: Perdonadme, Sir Tomás. Pero… ¿qué es lo que
sabéis de mí?
MORO: Lo que tú me dejas que sepa.
RICH: Yo os dejo saber todo.
MORO: Ricardo, vuélvete a Cambridge; te estás
estropeando.
RICH: Desde luego, por falta de uso. ¿Sabéis el resultado
de siete meses de trabajo?
MORO: ¿De trabajo?
RICH: ¡De trabajo! ¡Porque esperar es un trabajo cuando
se espera como yo, intensamente! ¿Sabéis lo que he conseguido en siete meses?
He conseguido conocer al portero del palacio del Cardenal Canciller, y tener un
momento en mi pecho la mano del chambelán de Su Eminencia para que no pasara.
¡Ah! Eso sí; el Duque de Norfolk me saludó a medias en cierta ocasión a
cincuenta pasos de distancia. Sin duda me tomó por otro.
MORO: Pero ha estado muy amable en nuestra cena.
RICH: ¡Claro!, en esta casa todo el mundo es amable… Y
también he conseguido, por supuesto, ser amigo de Sir Tomás Moro. ¿O, debo
decir ‘conocido’?
MORO: Digamos amigo.
RICH: Muy bien. Y la gente murmura: “¿Amigo de Tomás
Moro, y todavía sin un cargo? Algo raro debe tener.”
MORO: Creí que habíamos dicho ‘amigo’. (Piensa un poco)…
Pero puedo conseguirte un puesto con casa, criado y cincuenta libras al año.
RICH: ¿Cómo? ¿Qué puesto?
MORO: En la nueva escuela.
RICH (Con amarga desilusión): ¡Maestro de escuela!
MORO: El hombre debe estar lejos de las tentaciones.
Mira, Richard, mira esto. (Le alarga una copa de plata) Mira… ¿La quieres? Para
ti. O véndela, si te parece.
RICH: Me parece que sí, la venderé.
MORO: ¿Y qué te comprarás?
RICH: (Con ferocidad súbita) ¡Un traje decente! Quiero
uno como el vuestro.
MORO: Con lo que vale esta copa hay para varios trajes,
digo yo. Me la mandó hace poco una mujer que acaba de presentar un pleito en el
Tribunal de Causas Pobres. Es un soborno.
RICH: Oh… (Mortificado) Y por eso os desprendéis de
ella.
MORO: Yo no me la voy a guardar ya ti te hace falta. Pero
si crees que está contaminada…
RICH: No, no. Me arriesgaré.
MORO: Ricardo, cuando tienes un cargo, te ofrecen de
todo. A mí me ofrecieron una vez un pueblo completo… ¿Por qué no ser un
maestro? Podrías ser un buen maestro, quizá un gran maestro.
RICH: ¿Y quién lo sabría, si lo fuera?
MORO: Tú, tus alumnos, tus amigos, Dios. No es mal
público. Ah, y una vida tranquila…
RICH (riendo): ¿Vos decís eso?
MORO: Richard, si yo tengo un cargo es por obediencia,
porque fui forzado a él… ¿No lo puedes creer?
RICH: Es difícil.
MORO: (Con gesto seco): Hazte maestro.
ROBERT BOLT:
Un hombre para la eternidad. Acto I.