Tras la verdadera figura del educador P. Morales

80
P. Morales en un campamento
P. Morales en un campamento

El P. Tomás Morales ha pasado por ser un hombre de hierro, indomable, poco flexible, que no se plegaba ante nada ni nadie, algo adusto. Ello es verdad sólo a medias y, por ello mismo, es falso falsísimo. Quienes así piensen juzgan por la corteza, pero desconocen su verdadero interior, el núcleo de su forma de actuar. Es cierto que no se plegaba nunca, pero ante la mentira ni la cobardía. Una de las claves de su éxito fue precisamente la libertad y confianza que daba a quienes estaba formando y encomendaba una responsabilidad. Otra, el total respeto a la forma de ser del educando que dirigía una actividad. Utilizaba el hacer-hacer para formar a educandos, no para descargarse de trabajo.

Para corroborar esta verdad vamos a seguir una anécdota que ha incluido el P. Jaime Garralda SJ en sus memorias, un libro ameno y lleno de vida que ha titulado Vivir para amar es vivir y ha publicado la editorial Espasa. En un tono narrativo entrecortado, con frases cortas, nos va introduciendo en una vivencia tenida lugar en un campamento de Gredos.

Jaime Garralda (1921-) había entrado en la Compañía en 1945. Tras el noviciado y los estudios de Humanidades en Aranjuez, comenzó la Filosofía en Chamartín. Siendo ya sacerdote, se hizo cargo en 1960 del Hogar del Empleado, cuando el Provincial separó al P. Morales del mismo y lo envió a otras tareas apostólicas.

El P. Morales había comenzado los campamentos en la sierra de Gredos en 1951. Eran cuatro turnos seguidos de doce días cada uno, en Hoyos del Espino (Ávila). En cada turno unos ochenta acampados, de los que unos diez eran militantes del movimiento, y el resto cazados a lazo, iban a veranear y a gozar de unas merecidas vacaciones huyendo del calorazo de Madrid. Había que bregar.

Para atender toda la labor apostólica que allí surgía y, sobre todo, para ir formando a otros educadores que le secundaran en un futuro en su labor, solía requerir la presencia de jesuitas en formación, aún no ordenados sacerdotes. Solían ir dos o tres. La anécdota hay que situarla en el verano de 1952.

Para comprender el verdadero alcance de la anécdota y de la respuesta final del P. Morales, hay que pensar que este era el fundador del movimiento, sacerdote jesuita, que tenía 43 años y era sobre quien giraba toda la actividad educativa del Hogar del Empleado. Jaime Garralda, por su parte, era un estudiante de filosofía que había ido a aprender. Eran tiempos de jerarquías y de acatamientos. Mucho debió de impactarle la respuesta a Garralda quien, al cabo de sesenta años, la ha descrito con tanta viveza en su libro. Si nos situamos ahora con estos preámbulos en Hoyos del Espino, julio de 1952, entenderemos mejor la personalidad del P. Morales.

***

Y apareció en mi vida el Hogar del Empleado.

Lo estaba organizando el P. Morales, jesuita de enorme valor y especialísimo carácter.

Solía pedir en verano ayudantes para los campamentos que organizaba en Gredos.

Mi primer año de filósofo me tocó a mí.

Eran duros. Enormemente duros.

Al acabar el primer turno yo quería volverme.

Él insistía para que siguiese.

Le enseñé mis botas completamente rotas.

Seguí los tres turnos.

En el fuego de campamento que organizábamos por las noches, el P. Morales era el líder.

Se hablaba, muy estudiado, de cine, baile, chicas.

Durante la primera parte, los chicos se desahogaban diciendo lo que todos sabemos que piensan acerca de esto.

Hasta que los «fieles» de Morales salían al ruedo increpando a los que

pierden energía y virilidad con estos asuntos.

Les acorralaban.

Los nuevos no sabían que todo estaba preparado y se rendían.

Eso lo dirigía él.

Una noche me dijo: «diríjalo usted».

Hice lo que pude.

Pero con buenas formas, con bromas.

Cumplí los objetivos.

Pero felices.

Al tercer día coincidí con él en el desayuno.

Plato de aluminio cuartelero con leche y un pedazo de pan.

Le dije:

—Padre, lo hacemos distinto. Yo vengo aquí a aprender. Dígame, por favor, qué debo corregir. Porque lo hacemos totalmente distinto.

—Hermano Garralda, solo hay una forma de hacerlo: ¡como lo hace usted!

—A mí no me deja mi carácter.

Aprendí algo que nunca he olvidado: ¡tira de frente!

No intentes imitar, cambiar lo que piensas para que quede mejor.

¡De frente!

Lo que piensas: lo mejor que sepas. ¡Pero de frente!

Si fracasas, analiza y cambia.