
Muchas historias de amor comienzan así: con alguien que emprende un largo viaje para estar, aunque sea por un instante, con la persona amada. Y algunas historias llegan aún más allá: quien viene de lejos decide no volverse y quedarse para siempre…
¡Eso es precisamente lo que celebramos en Navidad! Jesús viene a visitarnos, pero para permanecer con nosotros y no marcharse más. Y esa certeza nos colma de alegría.
Nada cambia tanto a una persona como saberse amada. Cuando uno se siente mirado, escuchado, acogido, comprendido y perdonado, ¡todo cambia! Y de ese amor recibido surge espontáneamente el deseo de corresponder, de reamar que —como dice el diccionario—, viene del latín redamare y significa devolver amor por amor.
El villancico Adeste fideles lo canta así: Sic nos amantem quis non redamaret? ¿Quién podría no amar al que nos amó de tal manera? Este mensaje nos conduce a la mayor historia de amor jamás contada: Dios que se hace hombre para cambiar nuestro corazón y traernos la paz.
Y aquella paz se dejó sentir incluso en uno de los momentos más oscuros de la humanidad. El 7 de diciembre de 1914, en los compases iniciales de la Primera Guerra Mundial, el papa Benedicto XV pidió una tregua para la Nochebuena: que se silencien los cañones para que canten los ángeles. Los gobiernos contendientes la rechazaron. Pero esa Navidad, en la región belga de Ypres, ocurrió lo impensable: el fragor de las armas se apagó, unos soldados entonaron el Adeste fideles, y desde la trinchera enemiga otros se unieron. Alemanes, franceses y británicos salieron de sus posiciones, intercambiaron saludos, tabaco, algo de comida… e incluso jugaron al fútbol —como refleja la escultura adjunta—. La historia recuerda este acontecimiento como la Tregua de Navidad.
Que vuelvan a cantar los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz. Ese es también mi deseo para ti. ¡Paz y amor! Propicia tú también una tregua esta Navidad 2025.
1. Paz dentro de ti. La verdadera paz comienza reconciliándonos con el Señor. El primer estruendo que debemos acallar es el del propio corazón. Te propongo una buena confesión, preparada y abierta, para acoger la tregua que nos ofrece el Niño de Belén.
2. Paz con los más cercanos. La mejor felicitación de Navidad es el regalo de uno mismo. Más que obsequios costosos, regalemos tiempo, servicio, presencia. Dar testimonio tal vez ayudando en casa, poniéndonos en movimiento para visitar a un anciano, acompañar a un enfermo o aliviar la soledad de quien lo pasa mal, llevando una pequeña tregua a su dolor o a su soledad.
3. Paz con los alejados. Quizás este sea el momento de acercarte a esa persona a la que has evitado y ofrecer un perdón que lleva meses pendiente…
4. Paz con el Señor. El Evangelio de san Juan nos dice: Vino a su casa y los suyos no lo recibieron. Y sigue ocurriendo en esta Navidad de 2025. Para muchos, la Navidad se convierte en un paréntesis consumista, sin acogida al protagonista de la fiesta. Recibamos a Jesús que nace y se hará realidad la continuación del texto: Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios.
Cada vez que cantes el Adeste fideles, propicia la tregua del amor. Y que esta tregua se prolongue hasta conducirnos un día a la Navidad eterna. ¡Feliz y santa Navidad!






