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Mi experiencia del mes de ejercicios espirituales ignacianos

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Jesús en el regazo de María
Jesús en el regazo de María

Cuando Dios se da, y se da siempre, lo hace por completo…

Por Gabriel Rubio

Del 11 de julio al 10 de agosto del 2018 dejé a un lado las convivencias y las peregrinaciones para hacer el mes de Ejercicios Espirituales. Durante ese periodo —un mes— estuve en la casa de espiritualidad ignaciana de Pedreña, muy cerca de Santander, haciendo Ejercicios con el padre jesuita Germán Arana.

Ha sido, como decía a todo el mundo cuando salí, una experiencia única y completamente inmerecida. Dios se da por completo, siempre, y cuando descubrimos todas las gracias que de él recibimos, no podemos menos que enmudecer y agradecer. Por eso, mi experiencia ha estado marcada por el silencio y el agradecimiento.

Nunca había hecho Ejercicios de más de cinco días, pero siempre me quedaba con ganas de más. Contemplaba el futuro y veía que era una buena ocasión. Acababa el máster, y seguramente no volvería a tener un mes disponible en verano. A eso se sumaron inquietudes vocacionales, y al ver que todo fluía de forma natural, sentí que Dios me quería allí. Me gustaría decir que lo vi en la oración, pero antes de este verano, seamos honestos, no hacía oración.

Nada más llegar me descubrí rodeado de personas de negro, y no porque se tratase de un funeral: yo era el único laico que no era consagrado ni estaba en el seminario. Es difícil tener un mes libre en verano cuando vives en medio del mundo.

«¿Qué hago yo aquí?», pensaba los primeros días. Nada más llegar, el padre Arana nos regaló un rosario a cada uno, bendecido personalmente por el papa, quien, por cierto, rezaría por esta tanda en particular. Uno de los obispos auxiliares de Barcelona me recogía el plato en el comedor (sí, es cierto, también nos presidía la misa, pero lo que me impactó fue ver a un obispo limpiar el lugar donde había comido). Uno de los miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe me estuvo contando la difícil situación en la que se encontraba Benedicto XVI cuando cedió su puesto, y también me contaba cómo le cuenta chistes al papa Francisco para tratar de aliviar la presión sobre sus hombros. Y el último día el arzobispo de Madrid presidió la misa, concelebrada por el sacerdote que lleva las cuentas del Vaticano.

Y yo allí, en silencio, dando gracias a Dios.

Fue una experiencia de Iglesia preciosa. Laicos consagrados, seminaristas, una misionera mejicana, sacerdotes, un par de monjas de Iesu Communio, y hasta un sacerdote de un movimiento llamado «Opus Christi Salvatoris Mundi, Misioneros Siervos de los Pobres». De muchos países, de muchos estados clericales, de muchas vocaciones… Todos buscando lo mismo. Todos buscando a Dios.

Hacer Ejercicios con el padre Arana fue todo un regalo, verle contener las lágrimas al relatarnos cómo Jesús «pasó haciendo el bien», algo que también le sucedió haciendo la homilía el día que la Iglesia celebraba a san Ignacio. Es una persona profunda y sencilla, locamente enamorada de Cristo.

Y yo allí, en silencio, dando gracias a Dios.

El ritmo era tranquilo, sosegado, del estilo de los que hacemos nosotros, pero mucho más pausado. Cuatro horas de oración diarias con sus correspondientes puntos previos. Al final, cuando uno se acostumbra al ambiente de oración, media hora de puntos por la noche le valen para todo el día siguiente. Llegué a pasar algunos ratos de oración de una hora contemplando tan solo un versículo.

Y es que uno termina inmerso en Dios, todo el día, en todo momento, y ve su mano obrar milagros en las cosas más pequeñas.

La Virgen estuvo muy presente en la figura de Nuestra Señora de la Providencia, patrona de Puerto Rico, una imagen en la que el niño Jesús duerme en el regazo de su Madre, mientras Ella le tranquiliza sosteniendo su manita entre las suyas. Poco tardé en ver a la gente mostrando gran cariño a nuestra Madre con gestos sencillos y discretos hacia esta preciosa talla.

Fue Ella quien me ayudó a superar los momentos más duros, de mayores tentaciones, y siempre que acudía a Ella, me sabía consolado.

Y yo allí, en silencio, dando gracias a María, y por supuesto, a Dios.

Salí de Ejercicios renovado, más unido a Dios, conociéndome mejor a mí mismo y conociendo mejor cómo habla Dios, pero también conociendo cómo actúa el enemigo.

No penséis que soy una especie de héroe por haber salido vivo de esta experiencia. Si lo he conseguido, y sobre todo, me ha hecho bien, ha sido por pura gracia de Dios, porque el demonio atacó, y mucho.

Recuerdo perfectamente cómo el día número 22 de Ejercicios el enemigo trataba de enredarme: «bueno, Gabri, llevamos aquí 22 días y contemplar la pasión de Cristo te está costando horrores. ¿Acaso no has hecho suficiente? ¿No lo has dado todo? Anda, vámonos a casa…».

Pero Dios siempre vence. Siempre.

En este sentido me ayudó mucho la contemplación de la tempestad calmada. Cuando tenemos miedo, el mundo nos dice que tenemos que ser valientes. Sin embargo, Cristo nos propone vencer el miedo con una actitud muy distinta. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Acaso no tenéis fe?».

Jesús, ante el miedo, nos invita a confiar, a confiar en Él, a dejarle actuar. Porque hay muchas cosas que solo Él puede solucionar.

Y esa es otra cosa que saco de Ejercicios. Para seguir a Cristo hace falta una pasividad máxima. No debemos salvarnos. Ni siquiera debemos querer salvarnos. Debemos querer dejarnos salvar.

Dios no nos pide ser perfectos, solo desea que queramos caminar con Él. Él nos llama, y nosotros intentamos seguirle. Eso es todo. Cuando caigamos, Él nos levantará, y cuando no podamos seguir, Él nos llevará.

Hice un trato con Cristo: yo llevaba adelante la reforma de vida que Él me pedía, y Él se encargada de hacer de mi vida una vida plena.

Gracias a Él, he conseguido desarrollar hábito de oración diaria, y Él, por su parte, cumple con el trato.

La vida plena no se logra: se descubre. Yo he descubierto que mi vida, por estar Cristo en ella, ya es una vida plena. Es cierto, hay cosas que deben cambiar, cosas en las que debo mejorar, y para eso es la vida, en eso consiste la santidad. Pero mientras Cristo esté con nosotros, y recordemos que nadie nos lo puede quitar, nuestra vida será plena, estaremos alegres, eso sí, siempre y cuando le dejemos actuar.

Dejémonos caer en el regazo de María, quedémonos dormidos en sus rodillas con nuestra mano entre las suyas. Dejemos que Ella nos enseñe a confiar en Dios, a dejarle actuar, a dejarnos salvar.