Tú y yo podemos ser misericordia de Dios

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Tú y yo podemos ser misericordia de Dios
Tú y yo podemos ser misericordia de Dios

¿Es usted de esa gente a la que nadie consulta? ¿No ha conseguido ser influencer ni asesor de alto standing ni coach? Entonces es de los que no cuentan. ¡Felicidades! Se abre para usted un horizonte maravilloso.

Contemple nuestro mundo actual. Observará sobrecogido el avance imparable de la «filosofía del descarte», como la denomina el papa Francisco. Pese a todos los discursos de los políticos, millones de hombres y mujeres están siendo descartados hoy económica y socialmente. Cuanto más avanza nuestra historia, más gigantescas se hacen las diferencias entre espacios geográficos (norte-sur) y grupos humanos. Desaparecieron unos dominadores, pero aparecen otros más feroces e implacables.

No se vaya tan lejos. En España mismo verá la inmensa comitiva de descartados que inundan nuestras calles: Miles de ancianos descartados por una sociedad del «bienestar» (bienestar ¿para quién?) que no es capaz de acogerlos con dignidad y los condena a la soledad y al abandono. Según datos oficiales, en esta España nuestra, el 25 por ciento de los hogares están habitados por una sola persona. De ese 25 por ciento, casi la mitad son mayores de 65 años.

El descarte de nuestros bebés: en 2017 se practicaron en España 94.123 abortos (¡suponemos que hablan de los registrados!), es decir, 258 diarios. El Estado ha dedicado treinta y cuatro millones de euros a financiar el aborto.

El desplome de la natalidad: según el INE, España ha registrado en el primer semestre de 2018 la cifra más baja de natalidad desde la posguerra. Lo que supone un crecimiento vegetativo con saldo negativo, es decir, que en España muere más gente de la que nace (en 2017 el número de fallecidos superó en más de 31.000 el de nacidos). El Estado ha dedicado únicamente 3,7 millones de euros en ayudas a embarazadas.

Y el descarte de nuestros jóvenes, abandonados a su suerte y tratados como mercancía de diversión. Nos dicen que cada año se suicidan en España entre 3.600 y 3.700 personas —diez al día—. Las muertes por suicidio duplican a las que producen los accidentes de tráfico (muchos de estos son suicidios encubiertos) y son la primera causa de muerte no natural (es decir, la producida por enfermedades o envejecimiento) en la población juvenil entre los 15 y los 29 años.

Si nos miramos a nosotros mismos comprobamos que también somos unos «descartados», no sólo porque por lo general no contamos para casi nada en ningún sitio, sino porque cuando reflexionamos sobre nuestra vida, nos sentimos con frecuencia comodones, ante situaciones de injusticia; cobardes cuando los problemas de cada día nos agobian; desesperanzados cuando al rezar, pensamos que Dios no escucha nuestra oración y nos abandona con toda justicia porque somos pecadores…

Descubramos un tesoro

Y en esta situación existencial, ¿no tenemos nada que aportar a este mundo de descartados?

Contemplemos al Niño de Belén, «nascido en summa pobreza» (como lo describe san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales). Antes de predicar su «bienaventurados los pobres» nos enseñó que la salvación del mundo se hace desde la pobreza y el descarte (algo incomprensible). No solucionó demasiadas situaciones de injusticia, sino que «se hizo pobre siendo rico» (2Co 8-9). Pasó frío, hambre, necesidades. Dependió de los demás. Fue «en todo semejante a nosotros menos en el pecado» (Heb 4, 15). ¿Por qué? Porque la condición del hombre es de radical pobreza y dependencia (también la de los ricos de este mundo).

«… Y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz» (San Ignacio, id.). Cristo rubricó su mensaje con el ejemplo dado a lo largo de toda su vida y en su muerte, que no fue un accidente. Crucificado junto a otros dos, para los caminantes que pasaban por allí, eran tres asesinos, basura, «desecho de los hombres, ante quien se vuelve el rostro» (Is 53,2-3), que morían castigados con la muerte de los esclavos. Fue necesario que Jesús se hiciera como ellos, porque solamente desde esa situación horrible pudo escuchar el grito proferido por aquel descartado, llamado por nuestra piedad «buen ladrón» (no era bueno ni ladrón). Entre aquellos insultos desesperados y aterradores llegó el arrepentimiento («nosotros estamos aquí con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos» —Lc 23, 41—) y una súplica humilde («Jesús, ¡acuérdate de mí!» —id., 42—). Inmediatamente aquel grito obtuvo una respuesta: toda la misericordia de Dios saltó sobre él, como un resorte, desde el corazón de Jesucristo («hoy estarás conmigo en el Paraíso» —id., 43—). Aquella nada arrebató el corazón de Dios.

¿Qué nos dice todo esto?

¿No nos estará señalando Jesucristo un camino y una tarea? Nosotros no necesitamos hacernos pobres, pues ya lo somos. Entonces, desde nuestras miserias e incapacidades, desde nuestra pobreza real —moral, física, espiritual—, de cada día, podremos hacernos sonrisa de Dios para los demás, podemos gritar a la gente que Dios los ama como son, que los perdona, que cuenta con ellos. Así encenderíamos una luz de esperanza entre tanta miseria y soledad.

  • Tú, madre de familia que gastas tu vida educando con paciencia infinita a tus hijos, escuchándolos, orando por ellos (Gaudete et exsultate, 16).
  • Tú, anciano y anciana, supervivientes de la vida, escuchando desde vuestra experiencia, siempre en la penumbra.
  • Tú, enfermo, ofreciendo los dolores del cuerpo y los sufrimientos del alma.
  • Tú, joven, regalando al mundo fuerza, vitalidad e ilusión.
  • Tú, mujer, restableciendo en este mundo aturdido y acomplejado la belleza de ser madre y de tu genio femenino, insustituible en la creación (id., 12).
  • Tú, padre de familia, trabajando y dejando la vida por los tuyos.
  • Tú, compañero de trabajo, que escuchas, alientas, acompañas en los inmensos dramas de soledad de la gente.

Seamos realistas y vivamos esperanzados. Dios nos llama urgentemente a ejercer las obras de misericordia aquí y ahora, desde nuestra vida mediocre, que no tiene nada interesante que ofrecer. No perdamos el tiempo mirando demasiado lejos, no sea que pasemos inadvertidamente sobre lo que tenemos cerca. Dios no abandona el mundo, pero nos necesita desde nuestra realidad pobre y limitada. Nos anima a ello el papa Francisco: «Seguramente los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros» (id., 8).

No lo dudes. ¡Tú y yo podemos ser misericordia de Dios!