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title: "Un lujo al alcance de todos"
description: "«Twitter te hace creer que eres sabio; Instagram que eres fotógrafo; Facebook que tienes amigos. El despertar va a ser duro». Este chiste que circula por Internet, es un sintético y acertado..."
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date: 2019-02-01
modified: 2019-07-31
author: "Juan Antonio Gómez Trinidad"
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categories: ["Educar en la vida"]
tags: ["Revista nº 314"]
type: post
lang: es
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# Un lujo al alcance de todos

«Twitter te hace creer
que eres sabio; Instagram que eres fotógrafo; Facebook que tienes amigos. El
despertar va a ser duro».

Este chiste que circula por Internet, es un
sintético y acertado retrato de la situación del hombre en la sociedad actual
en la que, bajo apariencia de impresionar a los demás, el hombre se siente
solo, tan solo que ni siquiera se reúne consigo mismo.

Una de las
principales causas es la ausencia del silencio. Por todos lados nos bombardean
con sonidos, imágenes, solicitaciones para captar nuestra atención. El hombre
actual se ha hecho adicto al ruido, necesita estar constantemente oyendo o
viendo algo.

Según el
Instituto Nacional de Estadística los españoles nos pasamos casi cuatro horas
diarias frente al televisor. A su vez, según un estudio internacional, el
tiempo que los usuarios españoles pasan en Internet es de más de cinco horas
diarias: en televisión, casi tres horas; en redes sociales hora y media, y
escuchando música, tres cuartos de hora. La tendencia en ambas estadísticas
detecta un incremento del consumo ante las pantallas. Los expertos alertan de
los peligros que generan estos hábitos, mayores en los niños y adolescentes
pero que, en esencia, afectan a todo tipo de personas.

Sin duda, la
génesis del ruido tiene causas externas. En primer lugar, los medios de
comunicación y las redes sociales están interesados en captar nuestra atención
porque de ello viven: las audiencias son una fuente de riqueza. No se trata ya
de enviar mensajes de calidad, ni mucho menos verdaderos, sino fáciles de
digerir, cuanto más superficiales y atrayentes mejor.

En segundo
lugar, los poderes fácticos, entre ellos los políticos, tienen también interés
en que no se piense. El mensaje implícito es el siguiente: «esto es lo que
opina la mayoría y por lo tanto lo que usted debe opinar. Nosotros pensamos por
usted. No se le ocurra llegar a conclusiones contrarias al pensamiento único y
expresar opiniones que sean discordantes de lo políticamente correcto».

Pero existe otra
razón interna, el hombre actual teme quedarse solo, sin ruidos, porque dice que
se aburre o se angustia. Lo que ocurre es que el ruido le evita conectar con el
insoportable vacío interior en el que vive y que produce una falta de paz
interior. Para anestesiar esa desazón lo que hace el hombre actual es
divertirse, «verterse hacia fuera», entretenerse, es decir, «perder el tiempo»,
buscar placeres efímeros o consumir, «gastar el dinero que a veces no se tiene,
para comprar cosas que no se necesitan, para impresionar a gente a la que, en
realidad, no le importamos».

El hombre actual
se comporta como un hámster encerrado en una jaula, cubiertas las necesidades básicas,
no deja de pedalear en la rueda que le han puesto —léase redes sociales,
series, consumo… en definitiva, ruidos—, para no llegar a ninguna parte, pero
eso sí, para ser observado por los demás.

Un pensador del
siglo XIX, Kierkegaard, escribió: «Si de toda esta situación cristiana actual
cabe decir que es una enfermedad y yo soy el médico, y si alguien me
preguntara: “a su parecer, ¿cuál es el remedio?”, mi respuesta sería: “lo que
es absolutamente de primera necesidad se llama silencio”. Silencio, dadnos de
nuevo el silencio».

El silencio es,
hoy día, un gran lujo que está al alcance de todos si nos atrevemos a cortar
con los ruidos externos e internos. Decir que no se tiene tiempo para estar en
silencio, o que no es productivo, es una excusa con consecuencias graves que
afectan a la salud física, psicológica y espiritual.

Por el
contrario, la práctica del silencio, «de no hacer nada», genera, ante todo,
serenidad y sobriedad, dos cualidades que permiten conseguir logros
maravillosos:

En primer lugar,
el encuentro consigo mismo sin necesidad de estímulos externos. «Conócete a ti
mismo», importa más que el conocimiento de los demás, según han puesto de
manifiesto las grandes culturas desde la antigüedad. Hoy podríamos añadir:
«conocerte a ti mismo, importa más que darte a conocer a los demás».

Además, en el
silencio te puedes encontrar con las personas que realmente quieres y te
quieren. En el silencio es donde se produce la escucha, el encuentro y el
conocimiento auténtico. Cuando existe una relación personal el silencio es más
elocuente que la verborrea.

En tercer lugar,
el silencio permite el encuentro con los valores más excelsos que sobrepasan
los límites de la naturaleza humana: la belleza de la naturaleza o de una obra
de arte, la verdad que resplandece en tantos aconteceres o la bondad que
realizan tantas personas.

Para el creyente, el silencio permite el encuentro
con Dios. Es el medio preferido por él. Allí le encuentra Elías, no en el ruido
del rayo o del viento. En el silencio de Nazaret se produce la Encarnación y
transcurre la vida oculta de Jesús. El silencio es el ámbito al que Jesús se
retira con frecuencia durante su vida pública para orar.

Por todo ello,
educar para la vida requiere recuperar la educación del silencio. Es necesario
que los niños se aburran para que sean creativos, nos dicen los pedagogos. Es
necesario que los adolescentes aprendan a desconectar para conectar con lo que
realmente importa. Es necesario para todos, independientemente de la edad,
recuperar el silencio para tener una vida plena.

Termino con una
cita del venerable P. Tomás Morales: «No me hables de “guardar silencio”… es
más bien el silencio el que nos guarda a nosotros. No me digas que no puedes
vivir sin hablar. Dime que ya no puedes vivir sin callar»
