Un lujo al alcance de todos

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Un lujo al alcance de todos. Ilustración: José Miguel de la Peña.
Un lujo al alcance de todos. Ilustración: José Miguel de la Peña.

«Twitter te hace creer que eres sabio; Instagram que eres fotógrafo; Facebook que tienes amigos. El despertar va a ser duro».

Este chiste que circula por Internet, es un sintético y acertado retrato de la situación del hombre en la sociedad actual en la que, bajo apariencia de impresionar a los demás, el hombre se siente solo, tan solo que ni siquiera se reúne consigo mismo.

Una de las principales causas es la ausencia del silencio. Por todos lados nos bombardean con sonidos, imágenes, solicitaciones para captar nuestra atención. El hombre actual se ha hecho adicto al ruido, necesita estar constantemente oyendo o viendo algo.

Según el Instituto Nacional de Estadística los españoles nos pasamos casi cuatro horas diarias frente al televisor. A su vez, según un estudio internacional, el tiempo que los usuarios españoles pasan en Internet es de más de cinco horas diarias: en televisión, casi tres horas; en redes sociales hora y media, y escuchando música, tres cuartos de hora. La tendencia en ambas estadísticas detecta un incremento del consumo ante las pantallas. Los expertos alertan de los peligros que generan estos hábitos, mayores en los niños y adolescentes pero que, en esencia, afectan a todo tipo de personas.

Sin duda, la génesis del ruido tiene causas externas. En primer lugar, los medios de comunicación y las redes sociales están interesados en captar nuestra atención porque de ello viven: las audiencias son una fuente de riqueza. No se trata ya de enviar mensajes de calidad, ni mucho menos verdaderos, sino fáciles de digerir, cuanto más superficiales y atrayentes mejor.

En segundo lugar, los poderes fácticos, entre ellos los políticos, tienen también interés en que no se piense. El mensaje implícito es el siguiente: «esto es lo que opina la mayoría y por lo tanto lo que usted debe opinar. Nosotros pensamos por usted. No se le ocurra llegar a conclusiones contrarias al pensamiento único y expresar opiniones que sean discordantes de lo políticamente correcto».

Pero existe otra razón interna, el hombre actual teme quedarse solo, sin ruidos, porque dice que se aburre o se angustia. Lo que ocurre es que el ruido le evita conectar con el insoportable vacío interior en el que vive y que produce una falta de paz interior. Para anestesiar esa desazón lo que hace el hombre actual es divertirse, «verterse hacia fuera», entretenerse, es decir, «perder el tiempo», buscar placeres efímeros o consumir, «gastar el dinero que a veces no se tiene, para comprar cosas que no se necesitan, para impresionar a gente a la que, en realidad, no le importamos».

El hombre actual se comporta como un hámster encerrado en una jaula, cubiertas las necesidades básicas, no deja de pedalear en la rueda que le han puesto —léase redes sociales, series, consumo… en definitiva, ruidos—, para no llegar a ninguna parte, pero eso sí, para ser observado por los demás.

Un pensador del siglo XIX, Kierkegaard, escribió: «Si de toda esta situación cristiana actual cabe decir que es una enfermedad y yo soy el médico, y si alguien me preguntara: “a su parecer, ¿cuál es el remedio?”, mi respuesta sería: “lo que es absolutamente de primera necesidad se llama silencio”. Silencio, dadnos de nuevo el silencio».

El silencio es, hoy día, un gran lujo que está al alcance de todos si nos atrevemos a cortar con los ruidos externos e internos. Decir que no se tiene tiempo para estar en silencio, o que no es productivo, es una excusa con consecuencias graves que afectan a la salud física, psicológica y espiritual.

Por el contrario, la práctica del silencio, «de no hacer nada», genera, ante todo, serenidad y sobriedad, dos cualidades que permiten conseguir logros maravillosos:

En primer lugar, el encuentro consigo mismo sin necesidad de estímulos externos. «Conócete a ti mismo», importa más que el conocimiento de los demás, según han puesto de manifiesto las grandes culturas desde la antigüedad. Hoy podríamos añadir: «conocerte a ti mismo, importa más que darte a conocer a los demás».

Además, en el silencio te puedes encontrar con las personas que realmente quieres y te quieren. En el silencio es donde se produce la escucha, el encuentro y el conocimiento auténtico. Cuando existe una relación personal el silencio es más elocuente que la verborrea.

En tercer lugar, el silencio permite el encuentro con los valores más excelsos que sobrepasan los límites de la naturaleza humana: la belleza de la naturaleza o de una obra de arte, la verdad que resplandece en tantos aconteceres o la bondad que realizan tantas personas.

Para el creyente, el silencio permite el encuentro con Dios. Es el medio preferido por él. Allí le encuentra Elías, no en el ruido del rayo o del viento. En el silencio de Nazaret se produce la Encarnación y transcurre la vida oculta de Jesús. El silencio es el ámbito al que Jesús se retira con frecuencia durante su vida pública para orar.

Por todo ello, educar para la vida requiere recuperar la educación del silencio. Es necesario que los niños se aburran para que sean creativos, nos dicen los pedagogos. Es necesario que los adolescentes aprendan a desconectar para conectar con lo que realmente importa. Es necesario para todos, independientemente de la edad, recuperar el silencio para tener una vida plena.

Termino con una cita del venerable P. Tomás Morales: «No me hables de “guardar silencio”… es más bien el silencio el que nos guarda a nosotros. No me digas que no puedes vivir sin hablar. Dime que ya no puedes vivir sin callar»