Un sínodo sobre el sínodo

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Plaza de San Pedro
Plaza de San Pedro

Por Mons. Melchor Sánchez de Toca

A veces, hay palabras que se ponen de moda y aparecen por todas partes. En estos meses pasados hemos tenido un auténtico hartazgo de resiliencia, de sostenibilidad y otras parecidas, repetidas hasta la náusea. Pero la verdad es que tampoco en la Iglesia nos libramos de estas plagas invasivas que aturden el sentido con su insistencia y acaban por confundir el pensamiento. Mucho me temo que una de ellas pueda ser sinodalidad, perejil de todas las salsas eclesiales en estos últimos meses.

Se menciona la sinodalidad para todo, un poco al buen tuntún, dando por descontado que se conoce el sentido de la palabra. De manera que, para comenzar poniendo orden en esta confusión, preguntémonos de qué hablamos cuando hablamos de sinodalidad.

Sinodalidad viene de sínodo, y éste, a su vez, del griego synodos, que vale tanto como asamblea, reunión, y que en su raíz significa syn-odos, caminar-con, hacer un camino juntos. En su etimología, pues, el sínodo apunta a un camino en común hacia una meta. La imagen más elocuente de este caminar-con que me viene a la mente es la del desconocido peregrino que se puso a caminar junto a Cleofé y su compañero la mañana de Pascua, mientras iban volviendo al pueblo después de los trágicos acontecimientos del viernes santo en Jerusalén. «Jesús en persona, dice san Lucas, «se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24,16).

Y mientras iban de camino, entabló conversación con ellos; más bien les hizo hablar. Jesús no interrumpe a Cleofé cuando este comienza su discurso derrotista; le deja sacar toda la rabia y la frustración que lleva dentro, y luego, poco a poco, va acercándolo, a él y a su compañero, a la verdad, «explicándoles lo que se refería a él en todas las Escrituras (Lc 24,27)». El corazón les ardía mientras Jesús hablaba, y eso que no les había ahorrado una buena reprimenda cuando los llamó «necios y torpes para creer». Porque dejar hablar no significa aprobar todo lo que el otro dice; significa saber escuchar, tener paciencia y esperar, sin renunciar a llamar a las cosas por su nombre, si es necesario, para devolver la cordura. Jesús peregrino junto a los dos de Emaús son, para mí, el icono de la sinodalidad.

Volvamos al sínodo. En latín tradujeron el término syn-odos con concilium, de donde viene nuestro concilio (y el más castizo concejo), en el que aparece también el prefijo con- y una voz acaso de la misma raíz de kaléo, llamar, por lo que el concilium sería una con-vocatoria, un ser llamados juntos. En la Iglesia de los primeros siglos, synodus o concilium se usó para designar las reuniones en las que los obispos de una región con-venían, se juntaban para discutir y tomar determinaciones acerca de las fórmulas de la fe y de la vida de las iglesias. Es significativo que, para indicar aquellas reuniones, los primeros cristianos escogiesen precisamente un término dinámico que evocaba la idea del caminar juntos, frente a otros, estáticos, que indicaban el estar juntos. Porque lo importante es que en aquellas reuniones se hablaba, se discutía —a veces acaloradamente— buscando la verdad y dejando que el Espíritu Santo enseñase el camino (odos) por el que marchar juntos (syn, con).

El otro icono permanente

Por eso, el otro icono permanente de la sinodalidad al que siempre hay que volver es el primer sínodo en la Iglesia del que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo 15. Había surgido un problema en la Iglesia (en realidad, no era el primer problema al que se enfrentaban aquellas comunidades de discípulos; ya había habido roces entre los de lengua griega y los de lengua hebrea por el reparto de víveres y los apóstoles tuvieron que proveer instituyendo un grupo de siete colaboradores). Lo que agitaba los espíritus en entonces (y no era para menos) es que, en Antioquia, donde se había creado una comunidad en la que había muchos cristianos de origen gentil, algunos procedentes de Jerusalén, y por tanto judíos de pura cepa, sostenían que también los no judíos que habían abrazado la fe cristiana tenían que someterse a la circuncisión. Además del comprensible rechazo a una operación tan delicada para los adultos, sobre todo con los medios de entonces, estaba en juego algo mucho más grande, como comprendió en seguida san Pablo. Si lo que nos salva es la observancia de la ley de Moisés, Cristo resulta simplemente un profeta más, un gran Maestro que nos ha dejado admirables sentencias y dado un ejemplo sublime. Si para salvarse simplemente hay que cumplir unas ciertas normas, Cristo habría muerto en vano y podía muy bien haberse ahorrado la encarnación, la muerte y la resurrección.

Surgió, pues, «un altercado y una violenta discusión» (Hch 15,2), —Pablo tenía un carácter más bien enérgico—, pero tuvieron suficiente sentido común como para intuir que la cuestión debían decidirla los apóstoles y los ancianos en Jerusalén. Y así, los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto (Hch 15,6).

En aquella reunión, la primera gran asamblea de la Iglesia naciente, nadie actúa por su cuenta. Pablo y Bernabé no imponen su criterio, aunque defienden su punto de vista llenos de entusiasmo; Pedro tampoco impone su autoridad sobre los demás; y Santiago propone una solución aceptada por todos, en la que todos reconocen la voz del Espíritu Santo. Y, así, deciden enviar una carta y algunos mensajeros que la lean y la expliquen, diciendo: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables» (Hch 15,28). No ha sido una votación democrática, sino más bien un proceso de discernimiento, escuchando los testimonios de la acción de Dios y escrutando las Escrituras.

Este fue quizá el modelo que inspiró a Pablo VI cuando creó el Sínodo de los Obispos en 1965, al terminar el Concilio Vaticano II, una estructura de reflexión y consulta, que cada dos años reúne a una representación de los obispos de todo el orbe católico para examinar cuestiones doctrinales o pastorales de importancia para la vida de la Iglesia. Un órgano de consulta y de reflexión, más ligero que un concilio universal o ecuménico, que sería complicado convocar y organizar, desprovisto de autoridad doctrinal, pero cargado de sentido pastoral.

A lo largo de estos últimos casi 60 años, en las asambleas del sínodo se han ido sucediendo temas que afectan a algunos sectores especiales o a toda la Iglesia en su conjunto. Sin embargo, para la próxima reunión, el Papa ha querido dar un vuelco radical a los temas tratados hasta ahora en el sínodo. No se trata ya de proponer una reflexión acerca de un estado peculiar en la Iglesia (los sacerdotes, los fieles laicos, los religiosos, los obispos) o de un sacramento en particular (la penitencia, el matrimonio), sino acerca del método mismo, un sínodo sobre el sínodo, sobre el hacer camino juntos, o sea, la sinodalidad.

Ha sorprendido a todos

Esta novedad ha sorprendido un poco a todos. Algunos han visto aquí finalmente la posibilidad de introducir mecanismos democráticos de toma de decisiones en el gobierno de la Iglesia. Otros, por el mismo motivo, se horrorizan ante esta perspectiva, que consideran una jaula de grillos donde cada uno puede decir lo que le parezca, aunque no tenga sentido, reduciendo el sínodo al nivel de las conversaciones de bar o a los comentarios de las redes sociales. En realidad, quienes conozcan al Papa saben que esta decisión suya es muy coherente con su manera de ver las cosas.

Francisco ha hablado siempre de la necesidad de iniciar procesos (véase para ello Evangelii gaudium, 223ss) y acompañarlos, más que de centrarse en el resultado y los objetivos: «Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios» (EG 223). Esto es especialmente importante para el evangelizador, pues como sabe muy bien quien tenga alguna experiencia de ello, el anuncio del Evangelio no produce resultados automáticos, mágicos. Su eficacia, muy a menudo, está escondida a los ojos de los hombres, como la semilla oculta debajo de la tierra, que crece silenciosamente, aunque el campesino no sepa cómo (Mc 4,27). Por eso, el papa recuerda que la evangelización requiere «asumir los procesos posibles y el camino largo» (EG 225), algo que enseñó Jesús en multitud de parábolas y dando a entender a sus discípulos que había cosas que por ahora no podían entender, y que el Espíritu Santo se las enseñaría a su tiempo.

Para el papa, pues, se trata de iniciar procesos en la vida de la Iglesia, que después hay que acompañar con suavidad y paciencia, como hace todo buen educador. A esta lógica pertenece el reforzar todos los instrumentos que favorezcan la comunión y la participación de los fieles en la vida de la Iglesia. A los obispos, y por analogía, a todos los pastores, el papa ha pedido que favorezcan todos los mecanismos que permiten la participación de los fieles a la hora de tomar decisiones que afectan a la vida de la Iglesia, «con el deseo de escuchar a todos y no solo a algunos que le acaricien los oídos» (EG 31). Claro que es muy importante también recordar que «el objetivo de estos procesos participativos no será principalmente la organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a todos» (ibid). Dicho con otras palabras, la participación de todos en la vida de la Iglesia, no es un reparto de cuotas de poder, sino una participación vital en el dinamismo que brota del manantial de la Iglesia, el surtidor que alcanza la vida eterna.

Iglesia comunión

Y es que la Iglesia no es una democracia; es una comunión. Su forma de actuar no se basa en la lógica de los números, sino en la búsqueda común de la verdad. Pero decir que no es una democracia no significa que sea una tiranía, en la que uno puede decidir arbitrariamente, y sin consultar con nadie. Hablamos de una comunión, en la que todos los miembros unidos a Cristo, concurren al bien, aportando los dones que cada uno ha recibido de Dios, de quien desciende todo don perfecto (St 1,17). El papa, con una imagen pastoril que le es especialmente cara, recuerda que a veces las ovejas tienen mejor olfato que el pastor. A veces, la sabiduría divina se expresa por medio de instrumentos pobres o despreciados por los grandes: al profeta Daniel, aun siendo muy joven, Dios le dio la ancianidad (Dn 13,50) para juzgar a dos respetables miembros de la comunidad; el salmo nos recuerda que «de la boca de los niños de pecho, Dios saca una alabanza contra sus enemigos, para reprimir adversarios y rebeldes» (Sal 8,2); e incluso una humilde burra se convirtió en oráculo divino amonestando a Balaán (Nm 22,31), para que no maldijera a Israel, antes lo bendijera.

Sinodalidad, pues, no significa abrir ahora un proceso creativo para rediseñar la Iglesia a nuestro capricho, como si se tratara de remodelar un loft o un apartamento, tirando tabiques, adaptándolo a los caprichos de la fantasía personal o la moda del momento. La escucha de las voces de todos, la discusión y el intercambio, aunque a veces pueda volverse incandescente, es solo para buscar lo que el Espíritu dice a las Iglesias (Ap 2,7 y par). ¿Y cómo se va a entender lo que dice el Espíritu si primero no se lo escucha?

Por eso, en el fondo, el tercer icono de la sinodalidad es María orante, que medita las cosas de Dios en su corazón, dándoles vueltas en su interior, se pregunta qué es lo que quiere decir Dios, acompaña a su Hijo en el camino hasta la cruz, y después, acompaña a los discípulos en oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

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