Una nueva epidemia nos acecha: «la afluenza»

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Afluenza. Ilustración: José Miguel de la Peña
AfluenzaAfluenza. Ilustración: José Miguel de la Peña

El joven estadounidense, Ethan Couch, con apenas dieciséis años, mató a cuatro personas e hirió a otros nueve mientras conducía bajo los efectos del alcohol. Sin embargo, se libró de ir a la cárcel porque en el juicio, un psicólogo de prestigio adujo que la educación recibida de sus padres había sido tan protectora que no le habían enseñado el sentido de responsabilidad, carencia que el citado experto denominó «afluenza», situación por la cual era incapaz de medir ni asumir las consecuencias de sus actos. Este es el resultado de la educación recibida por unos padres permisivos que regalaron todo tipo de caprichos y jamás pusieron límites ni castigos al hijo.

Basta poner el nombre del joven en internet y ver cómo acabó la historia. Aunque pudiera parecer una exageración, es un síntoma de una sociedad enferma que no sabe educar porque, entre otras cosas, no sabe en qué consiste la libertad ni la responsabilidad.

Pueden resultar llamativos estos hechos, pero determinados principios y modos de educar tienen estas consecuencias. Como decía el pensador Vázquez de Mella: Levantan tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Darle la razón en todo al niño, no negarle nada y escandalizarnos luego con su proceder caprichoso, despótico y egoísta.

La educación en España camina cada vez más por derroteros similares: una hiperprotección que evita al niño cualquier esfuerzo, se le consiente todo, no se le exige que haga lo que puede o debe hacer —a veces hasta los deberes escolares, o la mínima aportación en las tareas de casa—.

El resultado es una falsa autoestima, una manifiesta incapacidad de asumir responsabilidades y una nula resistencia a la frustración y al fracaso. «Su majestad el niño» —tiene todos los derechos y ningún deber— pero, con ello, lejos de ayudarle a madurar, le convertimos en un inmaduro abocado al fracaso por su incapacidad de asumir compromisos, de superar las dificultades —y lo que es más importante—, de aceptar las limitaciones propias y las posibilidades que encierra la colaboración con los demás.

Lo curioso del asunto es que los padres y educadores en lugar de aceptar que ha sido el fruto de una mala educación, achacan a la biología, a la mala suerte o a la sociedad las incapacidades del joven. Cualquier causa antes que asumir la propia responsabilidad como educadores.

Afluenza. Ilustración: José Miguel de la Peña
Afluenza. Ilustración: José Miguel de la Peña

Educar a un joven, convertirlo en un adulto maduro, es hacerle responsable, capaz de dar respuesta de sus actos y de sus consecuencias. Desde otro punto de vista es lograr que sea capaz de superar las limitaciones tanto externas —dificultades no le van a faltar en este mundo—, como internas: el miedo al qué dirán, la propia pereza, el egoísmo, etc.

Sin embargo, en la educación actual, ya sea la que se imparte en las familias o en las escuelas, o en la calle, parece que se ha olvidado esta evidencia. Como señalábamos en el artículo anterior, el primer protagonista activo de la educación es el propio niño o joven y sin su consentimiento y esfuerzo es imposible una educación plena. Gran error es buscar medios, procedimientos, artificios o excusas cuando olvidamos esta evidencia: la educación es una tarea activa, no pasiva. Sin el propio compromiso es imposible aprender ni educarse. Se educa uno, con la ayuda de los demás.

La tentación de evitarle al niño o adolescente esfuerzos y dificultades es grande en la sociedad hiperprotectora donde prácticamente nadie asume su responsabilidad, pero no hay nada más ilusionante que asumir la educación como una travesía que debe hacer el propio joven.

Nunca fue tan necesario como hoy asumir como lema de vida y por tanto de la educación los siguientes versos del poema Invictus de W. E. Henley: Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma, y reproducidos por Nelson Mandela en la película del mismo nombre.

En una sociedad como la actual, llena de adolescentes inmaduros, educados frecuentemente por otros inmaduros adultos, son más necesarias que nunca personas responsables, con ideas claras, con voluntad firme para conseguir los fines propuestos y con capacidad de convivir y entusiasmar a los demás a pesar de las innumerables dificultades y obstáculos que surjan. Sin este tipo de personas no hay familia, escuela, empresa o sociedad que pueda sobrevivir. Pero para ello es necesario educar, desde pequeño, en la superación de las dificultades y la aceptación de las responsabilidades propias.

En resumen, para educar es imprescindible recuperar el camino auténtico; es necesario devolver el protagonismo al joven, hijo o alumno, empujarle a que asuma su libertad y, en consecuencia, su responsabilidad. De ello depende no solo el presente sino también el futuro. El suyo personal y el de nuestra sociedad.