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title: "Verano azul de 1956"
description: "Por Miguel Ordóñez Martínez Recuerdos e impresiones de una época juvenil que se me aparece como una de las más intensas de mi vida, muy feliz, y de una espiritualidad que juzgo muy sincera...."
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date: 2018-10-01
modified: 2023-02-28
author: "y otros autores"
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categories: ["Opinión"]
tags: ["Revista nº 312"]
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lang: es
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# Verano azul de 1956

**Por Miguel Ordóñez Martínez**

Recuerdos e impresiones de una época juvenil que se me aparece como una de las más intensas de mi vida, muy feliz, y de una espiritualidad que juzgo muy sincera.

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***Miguel Ordóñez fue uno de los primeros seguidores del P. Morales en una etapa en que se distingue Abelardo de Armas, de quien estuvo como adjunto hasta 1969. Testigo de las actividades que se llevaban a cabo en los inicios de la institución, ha escrito sesenta y dos años después las impresiones del primer Cursillo de formación de militantes en Comillas (1956). Nos cuenta algunos retazos y anécdotas que nos harán conocer mejor la personalidad y espíritu organizativo del P. Morales, y la aventura que vivieron durante veinte días mendigando por los pueblos y trabajando con las gentes sencillas de la provincia de Santander.***

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Largo verano que
comienza el 29 de febrero y termina el 7 de octubre. Azul de Santander con el
reflejo cambiante de las aguas del Cantábrico. Haría falta una visión de pintor
para describir la infinidad de matices en las distintas horas del día, ya
soleado, ya nublado, desde el gris soñoliento del amanecer hasta el verdoso
fosforescente después de la puesta del sol.

Como la parte
más importante del Cursillo ya ha sido recogida por Javier del Hoyo en Profeta de nuestro tiempo (Madrid 2009, pp. 347-356), yo
intentaré buscar en el disco duro de mi anciana cabezota, hechos, anécdotas que
adornen un poquito la seriedad del cuadro. Me inclino por un orden cronológico.

En los últimos
días de febrero de 1956 cayeron unas intensas nevadas. En muchos pueblos de
Santander, Burgos, León, Zamora… la nieve llegaba a la altura de la cabeza.
En uno de ellos pude ver las zanjas que se hicieron para poder caminar y
ayudarse los vecinos. Por fin salimos de Madrid el 29 por la noche en el camión
Pegaso de 13 metros. La nieve nos siguió acompañando, sobre todo a partir de
Somosierra. No existía el túnel. Después de pernoctar en un pueblo de Burgos
(¿Lerma?) reemprendimos ruta hacia el puerto de El Escudo. Marcha lenta. La
muralla de nieve que las máquinas habían acumulado en el arcén, nos permitía
cogerla con las manos desde el camión.

Ignoro la razón
por la que el chófer, Juan Pérez Cifuentes, nos pidió que abandonáramos el
camión y lo siguiéramos andando. ¿Para aligerar la carga? ¿Para que, si
patinaban las ruedas y se salía de la carretera, quedásemos algunos vivos para
ayudar? Bajamos obedientes. Pero viéndonos con las manos sueltas, decidimos
hacer bolas de nieve y tirarlas a los pocos que habían quedado en el camión:
los más viejos o algún lisiado. ¿Cómo se defendieron? Al cerebral Cemillán se
le ocurrió: «si les ocupamos las manos, no pueden hacer bolas». Y cogieron los
bancos de sentarse y los lanzaron por encima de la trampilla. Dio resultado.
Cada banco nos ocupaba a dos. Cifuentes, desde el retrovisor, se hacía cruces
de cómo se habían podido caer los bancos. Paró y se restableció el orden.

Llegamos a
Comillas. Tuvimos el mes de ejercicios desde el 1 de marzo. Después vinieron
los de formación humana e intelectual.

## Las vacas

Quienes hayan visitado
la India saben que allí las vacas son sagradas y no se las puede molestar: van
por los prados, por las carreteras y, si hay conflicto de derechos con los
coches, son éstos los que tienen que ceder. Las vacas de Comillas no tenían
tanta categoría, pero convivían en sana democracia con los seres humanos. En
Rovacías había bastantes en los prados, pero, por una ley no escrita, podían
acceder a cualquier lugar del exterior de la casa. Sólo se les aconsejaba, no
ordenaba, no mugir muy fuerte y menos de noche.

La sala donde el
P. Morales nos daba clases de Teología o de Iglesia en la Historia estaba al
mismo nivel del exterior y tenía un gran ventanal a través del que los alumnos
nos saciábamos de mar Cantábrico. La mesa del profesor estaba próxima al ventanal
y éste se sentaba de espaldas al exterior. Las vacas iban, venían, pasaban, nos
miraban. Alguna se quedaba un ratito escuchando la lección. Luego se iba
rumiando la hierba con la boca y la asignatura en su cerebro. A veces movían la
cabeza, no muy convencidas de que aquello fuese verdad. En verano, la ventana
se abría de par en par y el profesor podía disfrutar del viento marino.

Una vaquita joven, muy aplicada, vino hacia el
ventanal abierto y se quedó prudentemente a un metro. A medida que el profesor
se entusiasmaba y hacía preguntas, ella daba un pasito para oír mejor. Los
alumnos, sonrientes, no perdían detalle. El profesor, constatando el interés de
todos, seguía diciendo cosas. Y la vaquita, aplicada, daba otro pasito. Al
final, no pudo resistir la tentación y acercó su morro húmedo al cuello del
profesor. El movimiento del P. Morales sobre la mesa fue digno de un atleta al
sonar el disparo de salida. La espontánea carcajada unánime asustó a la vaca,
que se ausentó muy digna sin pedir perdón. Le faltó tiempo para ir a contárselo
a sus congéneres.

Repuesto del
pequeño contratiempo y cerrando la ventana, el profesor continuó la lección
impertérrito con un: «Bueno. Para que os podáis reír a gusto, coged el bañador
y vámonos a la playa».

## Los trabajos humildes

¿Humildes? Bueno, muchas
de esas experiencias las habíamos practicado ya en la mili. Lo curioso eran las
reacciones. Cuando limpiábamos los cristales de la Universidad algunos
profesores nos decían: «En veinte años es la primera vez que veo hacer este
trabajo tan original. Yo pensaba que los cristales de mi despacho eran opacos».
Y era verdad. Tenían tanta grasilla por dentro y tanto barro acumulado por
fuera, que había que empezar la limpieza con un cuchillo.

«Los lugares»,
era el nombre original dado a las letrinas. ¿Y los pasillos? Decíamos que
teníamos que hacer los 100 metros/pasillo porque no se veía el fin. El retorno
a casa, atravesando el pueblo caminando de dos en dos y en silencio, era un
espectáculo. Como se repetía muchos días, algunas muchachas atrevidillas se
acercaban, sobre todo a Luengo, el más alto y fuerte, y le decían: «Anda niño,
échanos una miradita y cobra lo que quieras».

## La
marcha peregrina

Lástima que no se puedan
recuperar las narraciones de cada grupo. Bastante es que pueda raspar de mi
memoria la pátina acumulada en 62 años. Se olvidarán muchos detalles, pero sí
aseguro que cuanto escriba lo recuerdo nítidamente.

Cuando se
leyeron los nombres de todos los grupos (el mío fue el último) hubo varios
resoplidos. Algunos se sinceraron: mi compañero y yo éramos caracteres muy
fuertes que, con frecuencia, chocábamos, ya en el deporte, ya en las ideas que
expresábamos. Parecía hecho con toda la buena intención: para troquelarnos, que
se decía entonces.

En el momento de
la partida, a hora temprana, nos abrazamos todos como quien parte a frentes
distintos, deseándonos volver sin muchas heridas. Era una experiencia en el
vacío. Los jesuitas la ejecutaban en el noviciado de manera rutinaria, sí, pero
con un uniforme que era respetado en la España de entonces.

Mi compañero y
yo empezamos a caminar hacia San Vicente de la Barquera, nuestra primera
escala. En un descanso dejamos nuestros macutos en el suelo y le dije: «mira,
somos dos y a mí me han nombrado jefe. No sabemos las dificultades que nos
vamos a encontrar. Debemos estar muy unidos. Lo natural es que, ante las dudas,
las comentemos y nos pongamos de acuerdo. Solo en un caso extremo haré de jefe.
¿De acuerdo?» «Sí».

**Primer día.** Esa noche dormimos en la cárcel. Suena bonito, ¿verdad? Me explico. Después de haber solicitado comida por las casas con gran éxito, buscamos dónde dormir. Viendo en un piso alto un lugar aparente, entramos en la zona baja a preguntar. Resultó ser un lugar donde se ingresaba dinero. Con nuestra pinta de sospechosos: ropa más bien usada, etc., se nos acerca un guardia municipal y nos pregunta: «¿qué desean?» Con naturalidad le expusimos: «un lugar donde pasar la noche. No tenemos dinero». El guardia sonrió: «Bueno, eso os lo arreglo yo. Venid a mi casa». Y nos llevó a su casa. Era el encargado de la cárcel del pueblo. Nos puso ante cuatro celdas. «Esto está hoy vacío. Elegid una». La elegimos. Nos trajo mantas y nos preguntó: «¿A qué hora os llamo?» Y cerró los barrotes con una gorda llave.

A la hora
indicada, tempranito, apareció el buen hombre con un cubo de agua y una toalla.
Cuando nos aseamos, le dimos las gracias y nos fuimos a misa, que celebró el P.
Valencia, muy conocido por todos, quien rio con la aventura y nos dio la
bendición para la jornada que comenzábamos.

**Segunda jornada**: Pesués, Pechón. En este segundo pueblo nos pasamos la tarde escardando patatas para un matrimonio sin hijos. Gozosos y agradecidos por el trabajo que habíamos hecho gratis nos ofrecieron prohijarnos temporalmente con un buen sueldo. ¡Qué tentación de hacernos ricos!

**Tercera jornada:** Unquera (Santander) y Bustio (Asturias), comunicados por el puente sobre el río Deva. Aquí la anécdota consistió en el caudal que acumulamos: más de 30 kilos de patatas, tres docenas de huevos, chorizos, quesos… Una solución para una familia muy pobre de Molleda a la que dejamos todo para, al día siguiente, partir hacia Panes, entrada al desfiladero de La Hermida.

**En los días siguientes** nada extra que reseñar salvo la continua y variada belleza del paisaje. La estrecha carretera desde Panes juega con el río que, unas veces deja a la izquierda: (va por Asturias) y otras a la derecha (entonces sabes que estás en Santander).

Aprovecho para contar cuál era la situación
política de la región en el año 1956, sin lo que no se entenderían los hechos
que narraré después. Hoy todo eso ha quedado en el olvido, pero, si no se
conoce, no se pueden explicar muchas cosas que sucedían en el ordinario vivir
de aquellos pueblos. Los nombres de «el Juanín» y «el Bedoya» aparecían
frecuentemente en las conversaciones. Desde el fin de la guerra civil, en 1939,
se habían venido infiltrando, a través de la frontera francesa, gran número de
partisanos, conocidos como «maquis», que se ocultaban en las montañas del País
Vasco y de Cantabria, cuyo fin era desestabilizar el gobierno de Franco con la
técnica de guerrillas. A ellos se unieron luego gente sin ideología alguna:
delincuentes comunes, huidos de la justicia. Vivían ocultos en las montañas y
bajaban a los pueblos para aprovisionarse. A veces robaban, a veces
extorsionaban a las personas, incluso atracaban en despoblado. No se hablaba de
ello, salvo en la intimidad. Sí pudimos comprobar que los cuartelillos tenían
mucho personal uniformado. En Linares, donde ordinariamente debía haber dos o
tres guardias civiles, había más de treinta.

Sin esta breve
exposición no se entendería lo que nos sucedió en Bielva. Al llegar allí,
después de comer, una señora nos permitió dejar nuestros macutos en su casa
para ir a buscar trabajo. Subimos al monte y una familia, que resultó ser la
del alcalde, nos aceptó porque les faltaba jornada para poder completar el plan
del día.

Con ilusión nos
pusimos a atropar heno. Aquí empieza la historia. Al cabo de media hora, cuando
sudorosos y contentos, dejábamos nuestras gavillas, oigo un vozarrón a mi
espalda: «¡cuerpo a tierra!». Me vuelvo y veo a unos metros a un guardia civil
apuntando con un fusil (naranjero lo llamaban allí). La incredulidad de que se
pudiera dirigir a mí, me hizo mirar hacia atrás, pensando que yo estaba en la
línea de tiro de alguien objeto de esa orden y veo a mi compañero a quien
sujetaba otro guardia civil. «¡He dicho cuerpo a tierra!»

Todavía
incrédulo, me tumbo como me ordenaban. Nos juntan los dos guardias, nos quitan
nuestros cinturones y con ellos nos atan los brazos, el del uno al del otro.

Busco ahora, en
mi cerebro, las fotos de ese momento y la preferente es la del alcalde de pie,
abrazando a su mujer y sus hijos pequeños agarrados a las faldas de su madre.
Pensé entonces en uno de esos carteles de películas sobre la conquista del
Oeste americano.

Aparecen otros
dos guardias civiles: un capitán fornido y otro guardia raso (un número en su
jerga). Le explicamos lo que hacemos. No se lo creen. «¿Documentación?» «Todo
lo dejamos en nuestros macutos en casa de tal señora». Nos atrevemos a decirles
que se equivocan con nosotros. «La Guardia Civil sabe bien lo que hace».

Momentos de
duda. Al final, el capitán decide que vayamos todos a casa de esa señora. Pero
advierte a los guardias: «Vayan atentos. Si hacen algún gesto extraño, ya saben
la norma: disparen».

Le hacemos ver
que tal como estamos atados y con terreno tan irregular, teniendo que saltar
zanjas, etc., es fácil hacer gestos extraños. Nos sueltan. No sin antes
advertir a los guardias: «pero insisto, la orden sigue en pie, ante una actitud
dudosa, disparen».

*—Perdone, capitán, que insistamos nosotros también: con varios fusiles con la mano en el gatillo, ¿cómo vamos a ser tan insensatos de intentar huir?*

*—La Guardia Civil sabe bien lo que hace.*

La verdad es que
nunca sentí miedo. Y mi compañero me manifestó después que él tampoco. Lo que
sí sentí fue pena al pensar en la tensión que vivían aquellas personas un día y
otro.

Aparecen otros
dos guardias civiles: un teniente y otro número. Volvemos a echar a caminar
hacia el pueblo. Los seis guardias formando un semicírculo y nosotros en el
centro a varios metros de distancia.

¡Qué gozada!
Pasado el susto inicial, estábamos felices de poder ofrecer aquel sufrimiento.
Pensábamos en Pablo de Tarso durante sus correrías asiáticas. Íbamos por el
campo, sin camino, y le pedimos permiso para coger alguna manzana que casi
tocábamos con la cabeza. Nos lo dieron. Vimos que estaban ya más tranquilos.

Llegamos a casa
de la señora. Cogimos los macutos. Los abrimos y se los mostramos. El capitán
se admiró de que lleváramos las camisas tan planchaditas y dentro de plásticos.
Buscamos nuestros papeles. El documento firmado por el rector de la Universidad
de Comillas exponía el motivo de nuestro caminar. El capitán se quitó la gorra
pensativo. Le costaba reconocer que se había equivocado. De pronto miró mi DNI.

*—¡Ah! Su compañero va indocumentado. No está su carnet.*

—*No lo necesita, le dije*. *Si mi nombre está en ese documento, el que me acompaña es el otro.*

*—Sí, claro. Miren, vamos a hacer una cosa. Vamos a poner un telegrama a la Universidad de Comillas para aclarar las cosas. Entretanto siguen detenidos. Les vamos a conducir a nuestro puesto en el Puente del Arrudo y esperamos la contestación.*

¿Qué hacer? El
camino abreviado a su cuartelillo era original, trescientos escalones de piedra
un tanto irregulares. Precioso sí, pero durillo.

Llegada al
cuartel instalado junto a una fonda. Hablamos, hablamos bastante. Ya todo en un
tono cordial. Les contamos quiénes éramos, lo que hacíamos. El capitán nos dio
las señas de su casa de Salamanca para que invitásemos a su hijo a nuestro
campamento de Gredos. Al final se alejaron los mandos y quedamos custodiados
sólo por dos números, chicos jóvenes. Uno de ellos nos manifestó: «si no
estuviera ligado por contrato, me iba con vosotros. Os vemos felices».

Se hizo de
noche. Les pedimos unos minutos para pasear y hacer un rato de meditación.
«Bueno, pero no os alejéis mucho». Volvimos. Aparece el teniente. «Hemos
pensado, el capitán y yo, que podían ir al pueblo y decirle al sacerdote si les
pueden dar de cenar».

«¿Cómo? Estamos detenidos. Son ustedes quienes
nos tienen que dar la cena. Además, y esto es lo más importante: es de noche.
Otros guardias, al vernos solos, pueden pensar que hemos huido y, con la
sensibilidad que tienen ustedes, primero disparan y luego preguntan. Preferimos
seguir detenidos hasta que llegue el telegrama de Comillas. Y también les
pedimos que avisen a los cuartelillos de los pueblos que nos quedan por pasar
explicándoles quiénes somos».

Un momento más tarde nos mandaron pasar a la
fonda y, ¡una noche al menos!, conseguimos cenar caliente. Luego nos llevaron a
su cuartel. Nos abrieron una habitación vacía y nos mostraron unos colchones.
Cansados como estábamos, nos tumbamos y conseguimos dormir en compañía de un
gatito al que echamos varias veces por la ventana, pero volvía y le aceptamos
en nuestro colchón.

El resto del
viaje debió de ser monótono. Ningún recuerdo quedó en mi memoria. ¡Ah, sí! Al
año siguiente, desde Treceño, último pueblo de nuestra ruta, próximo a Cabezón
de la Sal, una familia nos envió una fotografía del cadáver de «el Juanín»,
tumbado boca arriba, con el rostro perforado por las balas.

Una reflexión de
conjunto: la experiencia de la marcha peregrina ha sido muy fructífera para mi
vida posterior. La solución a muchas dificultades para encargos en los años
siguientes: montaje de residencias y campamentos, la gestión del sanatorio del
Hogar del Empleado en Guadarrama, donde estuve de gerente en 1958 con Abelardo
en el equipo.

Y, años después, para enfrentarme con optimismo a los muchos problemas en la vida. En la vida ordinaria y en la de las empresas. Como diría mi buen amigo Antonio Rojas en alguna de sus «chispas»: *las dificultades son siempre una bendición, una ocasión de tomar impulso para prosperar en el camino de la vida*.

Esta opinión culta me recuerda una frase que oía de pequeño entre los campesinos de Castilla. Pura observación popular: *el que tropieza y no cae, adelanta un paso*.
