Vosotros sois la sal de la tierra… (Mt 5,13)

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Tanatorio Serfátima
Tanatorio de Cáceres Serfátima

Por Marcelo González, CEO del grupo Serfátima

La manifestación en el tiempo de nuestro paso por la vida y la conformidad con la exhortación de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra» ha de expresarse en palabras y hechos extraídos de la mina de sal de su palabra.

Ser sal de la tierra significa sazonar cuanto nos rodea con nuestras acciones y emociones. Como la sal condimenta los alimentos, nuestra vida debe aliñar nuestros actos y palabras. De la mina de sal de Dios, debemos tomar nuestra sal (baja en sodio —ego—) para salar lo que se hace y lo que se dice. Ser sal de la tierra significa donación, esparcirse cada día como la sal por los alimentos, disolviéndose al contacto con los insípidos alimentos para transformar su sabor.

Bajo el nombre de Serfátima se agrupan varias empresas relacionadas con los servicios funerarios, tanatorios y seguros procedentes de una pequeña empresa familiar. Es un oficio especial que arrastra una deplorable imagen por diversas razones. Intentando sazonar tal oficio vertemos sobre él un poco de sal evangélica para condimentar la última acción insípida y maloliente de la vida: la muerte. Somos testigos de su resultado: la sal evangélica consuela al afligido, sana al herido, calma al que sufre y, con ello, da sentido y justifica nuestro trabajo.

¿Cómo sazonamos nuestro oficio? Esforzándonos en aplicar la coletilla del primero de los mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma… y al prójimo como a ti mismo». Aplicar dicho mandato en el contexto del duelo ante la muerte resulta sencillo y claro, si se acepta por la fe; pero no lo es tanto sin ella, porque entonces aparecen otras razones que «matizan» el mandato, como en todos los oficios.

¿Cuándo lo aplicamos? Desde el primer contacto con el dolor expresado en los rostros de las familias: las acogemos, las atendemos, las abrazamos emocionalmente; y lo hacemos con tacto, con empatía, sin aspavientos ni sobreactuaciones; con verdad y sencillez, hasta donde cada uno quiera ser tratado, porque entendemos la complejidad de la vida y de la muerte y comprendemos que cada vida es distinta y única, porque así ha sido creada.

¿Cómo se trata al difunto? Con imponente respeto y delicadeza. Yace ante nuestros ojos el cuerpo inerte de una persona como último despojo de la vida. E impresiona. Su contemplación es una profunda enseñanza para la vida. Y como esos despojos son voluntad de Dios merecen veneración por rango y condición.

¿Cómo se realiza la ceremonia de despedida? Como la culminación del duelo, el momento de mayor impacto emocional: la despedida definitiva. Intentamos que el ritual adquiera la mayor solemnidad posible para que el duelo emocional de las familias se materialice y evite sufrimientos posteriores. En las ceremonias religiosas el féretro se inciensa y se asperja, sazonando simbólicamente con sal evangélica ese último momento de despedida que, de otro modo, resultaría insípido y vacío.

El neopaganismo actual arrasa, en el duelo por la muerte, cualquier elemento religioso y no aporta nada, a no ser una insulsa despedida laica similar a las de cualquier mascota (perdón por la crudeza, pero es así de real); por ello defendemos, ante las asociaciones nacionales, la necesidad de humanizar los servicios funerarios: cuidar el trato familiar, realzar las ceremonias basadas en la dignidad humana por sus valores y creencias. La respuesta es esperanzadora: son razones, pero después también tomará la palabra la razón de la sinrazón.

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