¿Y adónde vas a ir?

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A dónde vas a ir
A dónde vas a ir

Por Dilcy Martínez

Animada por mis amigos del Movimiento comparto el testimonio que considero representativo del drama de tantos emigrantes, que, a pesar de todo, encuentran en la fe y en la buena gente una esperanza.


Primeramente, dar gracias a Dios, por estar siempre en mi vida y la de mi familia. Os cuento una breve reseña de un antes y un después de salir de Honduras, mi país.

Tomé la decisión de salir de mi país dejando a mi hijo pequeño, que entonces tenía cuatro años de edad, a cargo de mi madre, una persona entusiasta, ágil, con mucho don de gente, y para mí, a pesar de ser mi madre, era una amiga. Cuando le dije que saldría del país se rió y dijo:

—¡Huuumm! ¿Y adónde vas a ir?

—A España.

—¿Con quién? ¿Por qué tan lejos?

No olvidaré su cara triste, pues yo nunca me había separado de ella. A mí se me hizo muy duro, fue una decisión muy costosa porque, además de separarme de mi madre, tenía a mi cargo a mi hijito; era madre soltera y trabajaba en una empresa textil ganando un sueldo precario. En aquel momento y en aquellas circunstancias, no vi otra salida que emigrar.

Total, que compré mi pasaje de avión y emprendí mi viaje con mucha tristeza y con muchos pensamientos encontrados. Al llegar a Madrid me encontré una situación muy difícil; me tocó vivir en un piso en donde había muchísima gente hondureña.

Tuve que dormir con diez personas en una habitación de 2,25 metros cuadrados, y dormir encima de mi maleta. Como se comprenderá, la situación era dramática y, sin poder evitarlo, me puse a llorar y llorar, pero al mismo tiempo me sentía fortalecida con la idea de que mi Dios me ayudaría. Me sobrepuse a las lágrimas, levanté la cabeza, pensé en lo que me había impulsado a dejarlo todo, dejé mi vergüenza y, al día siguiente, emprendí la búsqueda de aquellos lugares que me habían informado.

De camino a uno de ellos, me encontré una iglesia. Entré, busqué el sagrario y le encomendé a Jesús mi estancia, mi trabajo, mi situación y mis esperanzas. Fue un rato intenso de oración que me llevó a la certeza de que encontraría una salida a mi situación.

Al salir de la iglesia, llegué a un lugar donde ayudaban a inmigrantes y ofrecían trabajo para personas sin papeles. Eran las 6:00 de la mañana de un 18 de enero de 2007. Recuerdo que hacía mucho frío y que había cola larga de gente que, como yo, buscaban ayuda y trabajo. No se me olvida el hambre que tenía y la lucha conmigo misma para no comprar comida porque no podía darme el lujo de gastar dinero, ya que era muy limitado mi presupuesto.

Después de una larga espera, llegado el momento de abrir el portón de las oficinas, nos separaron en dos grupos: los que tenían papeles y los sin papeles. Había allí unas monjas de las que no tengo buen recuerdo; me parecían más soberbias que caritativas. Lo que allí vi no se correspondía con la idea que yo tenía de lo que es una persona entregada al servicio de Dios, no se correspondía con otros ejemplos de personas espirituales entregadas a Dios y al prójimo.

En esta nueva etapa de mi vida fui conociendo gente de todo tipo, pero yo guardaba siempre mi distancia.

Qué decirles de los lugares emblemáticos, de los momentos y parques en donde permanecí durante un año y medio que trabajé en una casa donde lo pasé muy mal como interna; no me daban la comida, y lo que comía eran lo que les sobraba. Fue una experiencia muy dura, me puse muy delgada, y lloraba a mares, pero después fui despertando y me atreví a salir del barrio y así conocí mucha más gente que me animó a dejar ese trabajo de tortura.

Por fin vi la luz en la siguiente casa donde entré a trabajar. Allí tenía abundante comida pero yo, atemorizada por la experiencia anterior, ni tocaba ni comía nada; pero, poco a poco, con el paso del tiempo, me fui soltando y cogí confianza, gracias a la acogida de mi nueva familia. Estuve con ella tres años y medio y la felicidad reinó en mi corazón. Me hicieron los papeles, y aunque no tenía aprobada mi tarjeta de residencia, pude comprar mi billete de avión, muy contenta de poder irme a mi tierra a los cuatro años de mi partida.

Al volver, encontré a mi hijo muy grandote y a mi mami muy feliz de mi vuelta. En esos días que estuve en Honduras a mi madre le dio un derrame cerebral y todo se desmoronó. Mi hijo «del timbó al tambo» (expresión hondureña que se usa para situaciones en que nos toca estar moviéndonos de un lugar a otro, generalmente lugares distantes entre sí, en busca de algo específico) y sin tener mucho apoyo moral ni físico por parte de mis hermanos.

En Honduras no tenía suficiente dinero para terapias, medicamentos, transporte, y otras necesidades, y por eso mi hermana me aconsejó que volviese a España, porque —me dijo— desde allí ayudas más que estando aquí.

Tengo que reconocer que fue duro, pero no me hundí; una fuerza interior me mantuvo en pie a pesar de lo triste que me resultó volver a dejar mi familia. Pero no todo fue tristeza porque, a pesar de todo, me reuní con mi familia. De todos modos, mi vuelta a Honduras me sirvió para volver a verla.

Mi nueva vida en España ha sido un sube y baja de ilusiones e incertidumbres. Hace cinco años, recibí mi doble nacionalidad, gracias a mi esfuerzo y sacrificio, pero también gracias a algunas personas que me han apoyado en este camino.

Otro de mis logros recientes, ha sido la traída, en el año 2015, de mi hijo de catorce años y de mi mami en el 2016. A ambos he podido conseguirles toda la documentación necesaria para vivir legalmente en España.

A los cuatro meses de haber llegado de Honduras recibimos una noticia terrible: las pandillas habían matado a mi hermano de 50 años. Nunca olvidaré el momento de dar la noticia a mi madre. Después me operaron de miomas y estuve un mes y diez días de baja; cuando cumplí mi reposo, mis jefes me echaron del trabajo sin ninguna remuneración. El mundo se me derrumbó pero gracias al apoyo de mami me sobrepuse. En junio de este año murió mi mami, mi motor, mi guerrera. Luchadora incansable, me enseñó —y enseñó a sus nietos— el amor y la perseverancia en la vida. Hace ya tres meses de su partida de este mundo y no logramos asimilarlo; aunque lo superaremos recordando sus ejemplos y virtudes.

Creo que soy positiva y trato de ser fuerte como un águila. En Dios me apoyo y, aunque no siempre responde como a mí me gustaría, tengo comprobado que ¡nunca falla!