Y del amor ¿qué? (II)

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Corazón. Ilustración: José Miguel de la Peña
Corazón. Ilustración: José Miguel de la Peña

Hubo una vez un hombre llamado Epulón que pidió a los dioses el premio mayor de la lotería para poder adquirir todos los bienes materiales que ambicionaba: casas, coches, ropas, comidas, entretenimientos… Los dioses se lo concedieron, pero como no había pedido amigos, ni nadie con quien compartir, Epulón se quedó solo: no le importaba nada a nadie. Pronto aprendió la dureza de la mayor soledad, la que se vive estando rodeado de otros. Descubrió que todos los bienes y placeres materiales no tienen sentido si uno no se siente amado o no tiene una persona a la que amar.

En la sociedad actual abundan los «epulones». Se habla mucho de tener, de hacer, pero poco de ser. Se habla mucho de sexo, pero poco de amor, y cuando se utiliza, a menudo se constata que es la palabra más prostituida del vocabulario. Por ello nos planteábamos en el artículo anterior «Y del amor ¿qué?» si es posible enseñar a amar. La respuesta es: «De entrada, no». Surge otra pregunta: ¿está el hombre condenado a la angustia puesto que necesita amar y ser amado, pero no se puede enseñar el amor?

El amor no puede ser enseñado, pero sí suscitado. Se puede mostrar la puerta, pero no andar el camino por quien desea aprender a amar.

El amor solo se conoce cuando se experimenta, y, al vivirlo, transforma al que ama, como ocurre con las virtudes. Del amor, quien más sabe no es quien más ha leído, sino quien más ha amado. No son las lecturas de los filósofos, sicólogos o manuales de autoayuda quienes nos pueden enseñar a amar, sino el ejemplo callado de madres, padres, hermanos, amigos, héroes anónimos o conocidos que, con su ejemplo, muestran que es posible una vida plena, un modo de hacer felices y de serlo, como la Rosi del artículo anterior.

Dicho todo lo cual, las siguientes reflexiones solo sirven para suscitar el deseo de amar y, por tanto, de enseñar a amar.

Aristóteles señala que «amar es querer el bien para alguien». Ortega nos dice que querer a alguien es decirle: «…no admitiría la posibilidad de un universo donde tú no existas». Podríamos seguir recopilando definiciones, pero en el fondo de todas ellas late el mismo mensaje: «Amar es aprobar», es decir, dar por bueno. Decir «te quiero» es lo mismo que decir «es bueno que tú existas» —no que seas así—. Gabriel Marcel lo expresa de forma maravillosa: «Amar a una persona es decirle: tú no morirás para mí».

Pero «amor» se dice de tantas cosas que podría decirse que es la palabra más prostituida. Para simplificar el tema, vamos a distinguir entre el amor de cosa y el amor de persona. El amor de cosa es un amor instrumental, un amor «para» que procede de la insuficiencia humana y, por tanto, de la necesidad que tenemos de cosas. El amor de persona es un amor final, un amor «por». Se quiere a las personas por lo que son, no por lo que tienen. Procede de esa cierta plenitud que toda persona tiene y de la «necesidad» de dar. En este sentido decía Kant: «Trata siempre a las personas como fin y no como medios».

Ambos son buenos si se realizan cada uno en su ámbito determinado, pero pueden producirse aberraciones y amar a las cosas como personas y a las personas como cosas, errores ambos muy frecuentes en la sociedad actual.

Obviamente, aceptar esta distinción supone aceptar la diferencia entre persona y cosa. De modo sencillo podemos decir que la persona es siempre una realidad única, espiritual, irrepetible mientras que las cosas no. Un ejemplo aclara esta distinción: perder un teléfono tiene el consuelo de sustituirlo por otro igual o mejor. Perder un amigo o un ser querido conlleva que no es reemplazable por otro, aunque sea su hermano gemelo.

En lenguaje, corrientemente expresamos el amor de cosa con la siguiente frase: «Me lo paso bien con…», mientras que en el amor de persona se dice: «Soy feliz con…». Está claro que uno se lo puede pasar bien con muchas cosas y con menos personas, pero ser feliz, solo con unas pocas. El amor de cosa produce placer, el de persona felicidad.

Tal vez sea necesario recordar brevemente algunas diferencias entre placer y felicidad. El placer es corporal y, por lo tanto, cansa; la felicidad no. No hace falta ejemplificar mucho, basta recordar que los placeres más intensos acaban agotando pronto. En cambio, la felicidad puede durar toda una vida e incluso una eternidad.

El placer, por otra parte, se puede comprar, la felicidad no. Es lo que ocurre a los millones de personas que, anestesiadas por el placer, descubren antes o después la angustia de estar, en el peor de los sentidos, tremendamente solos.

En tercer lugar, el placer puede ser solitario, la felicidad jamás. Como diría Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno empuja, la cierra cada vez más». Aunque la felicidad brota del interior, solo es posible en la medida en que nos abrimos a los demás.

En resumen, el amor de cosa hace que «me lo pase bien», mientras que el amor de persona «me hace feliz» o «digno de la felicidad». Nótese que este «ser digno de la felicidad», es uno de los secretos para alcanzarla: no se es feliz buscando convulsivamente la felicidad, sino más bien esta es algo que se nos dará por añadidura.

Aún existe un nivel superior que podríamos expresar con la siguiente frase: «Quiero que tú seas feliz». Es verdad que algunos niegan este tercer nivel. Para ellos todo amor es un egoísmo camuflado. Es probable que no hayan tenido la suerte de encontrar muestras de este amor.

Saber si amamos o nos aman con amor de persona y de este tercer nivel es clave para un compromiso amoroso duradero y, en definitiva, para ser feliz.

Es posible que, tras estas reflexiones, alguien piense como una alumna que me dijo: «He descubierto que nadie me quiere por lo que soy, sino por lo que tengo, y lo que es peor aún, yo tampoco los quiero como personas».

Afortunadamente, esto no suele ser verdad. En nuestra sociedad quedan muchos reductos donde el amor de persona subsiste, tales como la familia y otras comunidades, en las que se quiere más al que menos tiene, a los pequeños, mayores o enfermos. Este era el caso de mi alumna, si bien ella no había sabido ver ese amor en los que la rodeaban.

Ejemplos famosos como madre Teresa de Calcuta, héroes anónimos, nuestra Rosi del artículo anterior, o miles de madres, padres, hermanos y amigos que, a pesar de los sinsabores recibidos, incluso de la falta de agradecimiento, siguen amando —porque quieren que el otro sea feliz— son pruebas fehacientes de este tercer nivel de amor. Son maestros del amor, esperanza viva y fecunda en una sociedad de epulones.

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