¿Y por qué no lo tengo que hacer?

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Avión de rescate
Avión de rescate

Por Emilio Sánchez de las Heras,
emilio.sanchez@fastwebnet.it

Corría el año 2001 cuando el Colegio de Abogados de Roma me otorgó el reconocimiento del título para poder ejercer la abogacía en Italia. Unos meses antes, el gobierno italiano había aprobado la segunda ley para la regularización de los inmigrantes que se encontraban ilegalmente en el territorio italiano. Era una ley que por una parte permitía a muchos extranjeros regularizar su situación con la concesión de un permiso de residencia, pero también hubo muchos casos de inmigrantes que siguieron ilegales por no tener los requisitos necesarios para entrar en los cupos de regularización.

En aquellos años, había muy pocos abogados en Roma que se quisieran ocupar de casos de inmigración porque era una materia jurídica completamente nueva que no se estudiaba en la Universidad, que no proporcionaba a los despachos grandes beneficios económicos, y las realidades humanas que se tenían que afrontar eran bastante duras y complejas. Algunos consulados de países latinoamericanos y asociaciones de inmigrantes me pidieron si les podía echar una mano, en este sector jurídico, asesorando a sus respectivos ciudadanos o socios. De este modo comenzó mi andadura trabajando en un ámbito y con unas personas provenientes de diferentes partes del mundo que se encontraban ilegalmente en Italia, con todos los problemas que eso suponía: asistencia legal en procedimientos de expulsión, visitas en las comisarías a los inmigrantes detenidos por no tener papeles, visitas y vistas judiciales en los centros de permanencia temporal para intentar evitar la expatriación de estas personas, asistencia legal en procedimientos judiciales para obtener permisos de residencia humanitarios o de asilo político, escritos al tribunal administrativo regional para lograr permisos de residencia a los inmigrantes que tenían una prohibición de permanecer en Italia, etc.

Para mí fue un periodo profesional muy duro, pero también rico de experiencias, principalmente experiencias de vida. Hoy, si alguien me preguntara cómo resolver y afrontar el problema —o el fenómeno de la inmigración— que existe hacia los países europeos, sinceramente, no sabría qué responder. Creo que es una situación que actualmente supera a la misma Comunidad Europea; por un lado, es imposible tratar de impedir que lleguen inmigrantes a Europa, como tampoco la solución es que a todo el que llega se le conceda un permiso de residencia.

En esas barcas que continuamente llegan a Italia y España cargadas de personas humanas conviven diversas situaciones:

  • Jóvenes que buscan un futuro mejor porque en sus países no pueden trabajar ni estudiar y se sienten en la obligación de mantener a sus padres y hermanos; personas que huyen de la guerra porque ya han perdido algunos familiares.
  • Madres embarazadas —o con niños pequeños— porque quieren un futuro para ellos distinto del que ellas han vivido.
  • Menores de edad sin padres porque
    los han abandonado, o están desaparecidos, o los han vendido a las mafias locales, etc.

En esas barcas también vienen personas que intentan crear redes de prostitución en Europa para después traer mujeres de África con falsas promesas de trabajo, cuando en realidad les imponen trabajar como prostitutas; en esas barcas también hay jóvenes que desean enrolarse en algún grupo terrorista islámico, u otros que tienen la intención de organizar el tráfico de inmigrantes, clandestinamente, al norte de Europa donde sí hay más trabajo. Muchos de ellos, para llegar a Europa deben pagar entre 5.000 y 6.000 dólares a las mafias que gestionan el transporte. Las chicas que traen destinadas a la prostitución adquieren una deuda de 60.000 euros, y si no la pagan en unos años, ponen en riesgo la integridad física y la vida de su propia familia de origen.

En estos países la vida cuenta muy poco. Las historias de personas, muchos de ellos jóvenes o menores de edad, que tantas veces he tenido que escuchar en procedimientos de asilo político, te dejan el ánimo destrozado. Algunos de ellos, durante sus declaraciones, muestran las partes de su cuerpo donde han sufrido violencia, golpes, latigazos, quemaduras.

Todas estas situaciones son reales, escribo acerca de lo que he visto y experimentado; detrás de estos relatos, casi telegráficos, hay caras y rostros concretos. Y entonces surge la pregunta: ¿Por qué hemos llegado a esta situación donde hay una parte del mundo que empuja hacia las fronteras de nuestra vieja Europa? ¿Debemos, se puede, intentar parar o contener este fenómeno? ¿Quién ha creado el desastre que muchos países están viviendo en África o en Asia y que obliga a sus ciudadanos a huir hacia otros lugares? ¿Cómo hacer para saber distinguir, dentro de esas pateras, quién viene a Europa forzado por las circunstancias, buscando un futuro mejor para ellos y su familia, y quién viene para cometer delitos, apoyar grupos terroristas o crear redes de explotación de inmigrantes y prostitutas?

En estos años he vivido experiencias muy diversas. Jóvenes de Afganistán, todos ellos licenciados en la universidad, que han llegado a Italia haciendo un viaje semejante a las aventuras de Marco Polo y que, después de unos años, tienen su negocio en Roma de gasolineras, lavar y arreglar coches y, finalmente, viven tranquilos y relativamente felices. Por otro lado, chicas, mujeres que llegan para ejercer como prostitutas, explotadas hasta límites insospechados y que, cuando tienen la oportunidad de cambiar de vida, de liberarse, prefieren seguir en ese mundo organizando ellas mismas, en base a la experiencia vivida, otras redes de prostitución y reclutamiento para otras chicas y mujeres de su país.

De todos modos, me gustaría terminar esta pequeña reflexión con una anécdota. Una vez se presentó en mi despacho un empresario con un chico joven de Bangladesh para ver cómo podíamos hacer para regularizar su posición. El caso estaba muy complicado y el empresario tenía que hacer muchísimas gestiones burocráticas y económicas para que al final este joven tuviera el permiso de residencia. A cada pega que yo le ponía, o impedimento legal, él me proponía una solución. En un momento determinado le pregunté:

—¿Por qué no contrata a usted a otro chico que tenga los documentos? ¿Por qué seguir intentando hacer todo lo posible por ayudar a este joven con todo el lío jurídico y burocrático que debemos afrontar y que le costará caro económicamente? ¿Por qué se empeña usted en ayudar a esta persona?

Me miró y me dijo:

—Abogado, ¿tiene usted un motivo serio, tajante y definitivo para que no haga lo que estoy haciendo por él? Abogado, ¿y por qué no lo tendría que hacer?

No supe qué responder, los dos nos miramos como si nos hubiéramos entendido perfectamente, prosiguió:

—Entonces… ¿cuándo empieza usted a trabajar para preparar el expediente de regularización de Hussein?

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Ya han pasado muchos años desde aquel encuentro; Hussein, al final, tuvo sus papeles en regla. Yo no me he olvidado de ese señor, de ese empresario, y en casos en los que he dudado si seguir adelante o no, intentando dar una mano a una persona, esas palabras: abogado, ¿y por qué no lo tengo que hacer?, siempre me han dado mucha luz a la hora de actuar afrontando los problemas de este fenómeno tan delicado y complejo como es el de la inmigración.