Por P. Miguel Ángel Íñiguez Martínez, director espiritual del Seminario de Getafe
En estos días en que el papa Francisco ha partido al encuentro con el Padre, son muchos los sentimientos y recuerdos que brotan de manera espontánea. De dolor y orfandad, porque se ha ido, y de esperanza, porque Dios no nos deja solos.
Lo primero que he pensado cuando me han pedido esta colaboración es que el papa no muere nunca. Desaparece una persona concreta, ahora Jorge Mario Bergoglio, pero el primado de Pedro se mantiene a través de los siglos, porque Cristo asiste a su Iglesia con la presencia permanente del Espíritu Santo. Los cardenales elegirán a un nuevo papa que guiará la barca de Pedro hacia el puerto seguro que es el Corazón de Dios. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Hay una seguridad que está por encima de los comentarios de todo tipo de personas, en particular de los periodistas y tertulianos al caso. Muchos se aventuran a hacer pronósticos, que nunca coincidirán del todo con la realidad. No hay dos papas iguales, y llevamos 266 en lo que va de estos dos milenios. Los parámetros humanos son siempre pobres para dar con la clave en una institución de fundación divina.
Con el papa Francisco tuve la gracia de estar en dos ocasiones en Roma. La primera con motivo de los 25 años de la creación del Seminario Nuestra Señora de los Apóstoles, de Getafe, en una audiencia general, y otra también en agosto pasado, en 2024, con motivo de los 30 años del mismo seminario, en una audiencia privada de casi dos horas, con nuestros obispos y el seminario en pleno. Fue un diálogo fluido y riquísimo donde nos mostró su afecto y cercanía, a la vez que nos presentó claves muy concretas para el sacerdote del tercer milenio. Nos traía un discurso para la ocasión, pero prefirió dárselo a D. Ginés y hacer una ronda de preguntas espontáneas de los seminaristas, contestando a todas ellas con detalle y precisión.
Encontré al papa lúcido de pensamiento, ágil en el diálogo que estableció con los seminaristas y firme en las respuestas. Nos dio muchas claves para vivir el sacerdocio en el mundo de hoy, en esta sociedad nuestra, tan necesitada de cercanía y de misericordia. Con una impronta de apertura al mundo que nos rodea, tendiendo puentes y derribando muros. En la Iglesia caben todos, todos, todos, que nos repitió con tanta fuerza en la Jornada Mundial de la Juventud, en Lisboa.
Sus escritos, encíclicas, exhortaciones y cartas, así como homilías suyas me han hecho mucho bien a lo largo de estos doce años de pontificado. La última encíclica, Dilexit nos, es toda una meditación sobre el amor divino y humano del Corazón de Cristo. Sus reflexiones perdurarán en el tiempo y seguirían ayudando a muchos en la oración personal.
Me quedo con su entrega sin reservas, hasta el último momento de su aliento, su amor a Jesucristo, su ternura hacia la Virgen y su celo por la salvación de las almas. Todo envuelto en la simpatía y buen humor de su carácter porteño.







