
Por José Alfredo Elía Marcos
A menudo, la travesía de nuestra vida transcurre por un desierto: un paraje inhóspito, bajo un sol abrasador y una sed infinita en los labios y el corazón. Hoy te invito a detener tu camino en el oasis de la Belleza para que juntos contemplemos dos obras: un cuadro de la pintora madrileña Isabel Guerra y un objeto prefabricado titulado Fuente, que el francés Marcel Duchamp presentó en una exposición hace más de un siglo para desafiar los límites del arte.
En la obra de Isabel, una mujer detiene su viaje ante una fuente. Desde aquí podemos participar de su frescor; su baja temperatura contrasta con el calor del día y supone el primer alivio para esta peregrina. Limpia primero sus manos del polvo del camino y a continuación, se dispone a beber para saciar su sed. Por ello se postra levemente para tomar con reverencia una porción del líquido que da vida. No es solo una cuestión de hidratación: el agua que surge de este hontanar restaura las fuerzas, regenera cuerpo y alma, y sacia los anhelos más profundos del ser humano.
Pero este no es el único regalo. Al caer en cascada sobre el pilón, el agua compone una efímera melodía. Su alegre chapoteo interpreta una partitura siempre nueva. Qué dulce resulta escuchar el murmullo de este sonido tras la agotadora jornada. La fuente dona generosamente su preciado tesoro. Brota del corazón de la montaña, que recoge la lluvia y, tras filtrarla entre las rocas, la devuelve desinteresadamente deslizándose a través de un caño que perfora el núcleo de granito. La fontana no discrimina viajeros; a todos brinda su sabroso elixir.
La mujer sigue una ruta certera, trazada con anterioridad por avezados caminantes, como delata la marca que luce la piedra. El manantial es el origen de aquello que da vida, y así lo revelan las hierbas, árboles y flores que la rodean. Es la alfaguara que riega la tierra de nuestra alma, ablanda la pradera de nuestro corazón y hace germinar semillas fecundas que llenan de vigor nuestras biografías.
Volver a las fuentes es oficio obligado de todo viajero para limpiar, refrescar y saciar la sed que reseca el espíritu. Pero todo peregrino siempre lleva consigo una cantimplora que colma en cada parada; sabe que debe abastecerse, pues ignora cuándo hallará un nuevo surtidor. Por ello, necesita realizar una previsión para el trayecto. Es más, es probable que en su sendero se cruce con algún caminante extraviado que haya agotado sus provisiones.
Ahora bien, ¿dónde está la cantimplora de esta viajera? La respuesta está en sus propias manos. Ellas son la vasija-viva con la que trasvasar el agua al sediento: aquel hombre postrado a la orilla del camino, sin fuerzas para acercarse al manantial. Por eso, esta mujer no se aleja demasiado de su origen. Ha consagrado su vida a una misión: beber y dar de beber, siempre cerca del camino y del principio. Así, nada del frescor ni del vigor del bálsamo acuoso se pierde. De igual manera, Isabel Guerra ha tomado una porción de esa «belleza-agua» con el arte de sus manos y, por medio de este cuadro, nos lo ofrece como un licor pictórico que restaura en plenitud al alma.
Como contraste, observemos el prefabricado o ready-made de Duchamp. Esta obra fue presentada en la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York en 1917 y es considerada por historiadores y teóricos como un hito del arte. La Fuente de Duchamp es, esencialmente, un urinario de porcelana colocado boca abajo, sobre el cual garabateó las letras «R. Mutt 1917». Al elegir una pieza manufacturada, el «artista» toma un objeto cotidiano, anula su significado original y le asigna un nuevo punto de vista. Con el arrogante gesto de incluir un artículo de fontanería en una galería de arte, Duchamp ha pasado a la historia. Quizás su intención fuera provocar, transgredir o escandalizar; ahora bien: ¿qué ha aportado a la belleza este espejismo del absurdo? ¿De qué manera esta bufonada nihilista ha contribuido a transmitir esperanza? ¿Cómo puede una cloaca sobre pedestal dar un sentido trascendente a la vida? Este esperpento dadaísta de grifería está seco, vacío y es incapaz de calmar la sed interior.

Una letrina es el lugar donde se recogen y evacúan los detritos humanos. Llamarla «fuente» no es solo una burla, sino una grotesca y zafia maniobra para desacralizar el misterio de nuestro origen. Intencionadamente ha situado el sumidero arriba y el surtidor abajo. Insinúa así que nuestro principio surge de la inmundicia y que el germen de la humanidad brota del excremento. Como señala Stephen Hicks, para Duchamp «… el arte es algo sobre lo que se orina». Precisamente esta visión pesimista y desesperanzadora es la que transmiten las muchas vanguardias artísticas. Bajo el pretexto de reivindicar consignas, provocar al observador desprevenido o denunciar injusticias, el mercenario del arte no hace sino alimentar más el paisaje desolador contemporáneo y acrecentar la desesperanza entre los hombres.
Es habitual que los ejecutantes postmodernos oculten el verdadero significado de sus obras bajo ampulosos manifiestos y farragosas diatribas. Para ello, emplean un lenguaje críptico junto a imágenes cargadas de sentidos subliminales. El retrete de Duchamp encierra un mensaje perverso. La inscripción «R. Mutt» remite al término alemán Mutter, que significa «madre».
Regresemos a la fuente verdadera. Contemplemos cómo la mujer extiende su mano en actitud de aceptación, acogiendo un regalo que le es dado. Con su gesto consiente en recibir el don de la vida. Su palma desnuda adopta la forma de una cuna, de un cáliz, de una tierna caricia que invita a participar de la ambrosía de lo eterno; un frágil recipiente que, sin embargo, rebosa fecundidad.
Este lienzo es un manantial del que brota, realmente, agua viva. Una pila bautismal donde se lava la culpa pretérita y se inicia un camino nuevo de salvación. Si acercas tus manos a la pintura, también recibirás ese sacramento reconstituyente.
Esta Fuente alberga una gran esperanza, pues pronto se convertirá en arroyo y, más tarde, en riachuelo. Su cauce transporta una hermosa promesa que irá creciendo hasta formar un gran río, con la misión de empapar los campos y saciar la sed de las gentes. Un día, su curso terminará fundiéndose en el mar. Allí encontrará reposo, al fin, en su inmensidad eterna.






