Por José Javier Ruiz Serradilla, profesor de Filosofía
No hay pedagogo[1] sin maestro. El P. Tomás Morales y Abelardo de Armas lo muestran. Grandes pedagogos porque tuvieron buen maestro al que amaban con hondura: Jesús, el Cristo.
Hondo amor manifiesto en su presencia, en su palabra y en su vida. Amor que les ungió pedagogos a fin de guiar al Maestro.
El pedagogo prepara, acompaña, alienta y, como sabe cuál es su discreto sitio, desaparece. A lo Juan Bautista, solo busca el brillo del rabbí Jesús.
Preparar
El P. Morales constató que para acoger al Maestro y poder seguirle es necesario preparar al discípulo. Preparación que comienza por no escindir la naturaleza de la gracia. La propia humanidad es la tierra buena que hay que cultivar para que en ella prenda, crezca y florezca la semilla gratuita del divino amor.
De ahí que nos enseñara, sin hacer dicotomías, el cultivo de nuestra propia humanidad. No partió de inteligencias múltiples ni de estabilidades emocionales, con o sin semáforo, y tampoco de resiliencias, sino que puso su punto de mira en el misterio de la Encarnación. Si el Verbo se ha hecho hombre, es necesario que el hombre asuma con seriedad toda su humanidad a fin de acoger la humanidad del Cristo y, en ella, su divinidad.
Surgió así una pedagogía de la encarnación con cuatro puntos cardinales: Mística de exigencia, espíritu combativo, cultivo de la reflexión y escuela de constancia. (Contenida en su libro Forja de hombres y en su segunda parte y corolario Laicos en marcha).
Profundo conocedor de la naturaleza humana asentó bien los puntos de partida: naturaleza perfectible pero caída y, en consecuencia, con antinatural tendencia a la concupiscencia y a la soberbia. Constató que la persona humana es una maraña de deseos que deberían ser filtrados por una sana razón a fin de ser traducidos por una firme voluntad en acciones buenas que vayan constituyendo una vida en el bien, vida lograda. Eso sí, siempre a fin de donar la propia vida al tú cercano ya que no hay vida buena sin compañía.
Pedagogía de la encarnación que debe tender a sanar la afectividad, razón y libertad heridas fomentando la responsabilidad, reflexión y constancia.
Responsabilidad que apunta a salir de mí cribando los deseos que identifican el bien con el propio interés individualista, trastocándome en una suerte de diosecillo grotesco y fomentando aquellos que señalan siempre hacia el prójimo que amar. Para ello es necesario un educador que me descubra que debo ser exigente conmigo mismo en ese trabajo de cribado de deseos (mística de exigencia) y que debe, poco a poco, hacerme descubrir que debo ser yo mismo el que debe asumir tal tarea (espíritu combativo).
Labor que no puedo realizar sin una razón bien formada que mire hacia fuera, a la realidad y que se empeñe en el conocimiento de la verdad (cultivo de la reflexión). Así se irá afinando el cedazo del criterio que seleccionará el deseo en razón del bien perseguido.
Filtrado inútil sin una firme voluntad (escuela de constancia). No basta con buenos propósitos. Es necesario un compromiso real, efectivo y cotidiano con el bien que dé lugar a la acción buena, fundamento de la vida lograda.
La clara visión pedagógica del P. Morales lo llevó a ponerse en marcha. Había que encarar a cada hombre consigo mismo a fin de implicarse en su proceso educativo. Ideó un curso intensivo de humanidad, el campamento, que debería desembocar en que cada uno de los acampados continuara en su vida cotidiana la comenzada tarea autoeducativa.
Acompañar
Pieza clave del proceso educativo es el educador, cuya labor consiste en acompañar, nunca controlar. Lo primero, el conocimiento del educando. Proceso que se fragua a fuego lento estableciendo vínculos de mutua confianza, la que se gana cuando el otro ve que el educador se preocupa y apuesta por él corrigiendo lo malo y animando pero, sobre todo, asentando lo bueno. Con respeto absoluto a su libertad al buscar lo que él debe llegar a ser, no lo que al educador le parece. Acompañar es labor de ayudar a crecer al otro sin nunca sustituirle para lo que se requiere infinita paciencia. Lo más difícil, porque es propio del que educa un fuerte sentido de la urgencia. Por ello, debe recordar que no es maestro sino pedagogo. Es su misión acompañar.
Fue Abelardo modelo de educador, también el padre Morales. Sus orientaciones, su infinita paciencia y su especial mirada de aliento, de amor, nos llamaban a implicarnos en nuestra propia autoeducación. Saberse querido, nos enseñó, es la clave del acompañar educativo.
Alentar
Pedagogía que genera fuertes personalidades, líderes, en sus más variados estilos personales pero —y no hay que olvidarlo— incapaz de sanar plenamente la herida del pecado original. Líderes siempre atentos, pues tienen fácil tender a convertirse en divos, instalándose en la concupiscencia y la soberbia. (Es la primera y más superficial tendencia).
«Superada» esta, llega la segunda que nos lleva a verificar que, por mucho que crezcamos, la labor es interminable. Al tiempo, constatamos nuestra impotencia y nuestro frecuente fallo, o bien porque caemos o bien porque aflora el divo. Dada tal situación podemos tender al desaliento. A fin de evitarlo, el padre y Abelardo insistían siempre en que el más, más y más debe conjugarse desde el no cansarse nunca de estar empezando siempre.
Desaparecer
Fue Abelardo el que cerró este círculo pedagógico haciéndonos ver que la ganancia —crecimiento— en humanidad tenía como objetivo constatar nuestro aparente fracaso. Hay que llegar a descubrirse impotente, con las manos vacías. Ahí es donde se produce un salto y se comienza una carrera de gigante: la del impotente niño. Tomarse la propia humanidad en serio es el camino para llegar a reconocer que yo no puedo ser santo por mis fuerzas. Solo el Dios, tres veces Santo, es quien puede regalarme la santidad si le dejo. Para ello debo ver mis manos vacías y alzarlas en confianza audaz. Es el acceso al amor. Allí donde lo importante no es ser amante sino amado. Entonces me convierto en don que se entrega al otro que se me da como tú. Soy transformado en sal de la tierra y luz del mundo.
Binomio inseparable
Dos pedagogos en binomio inseparable, Tomás Morales y Abelardo de Armas, que nos enseñaron y enseñan un camino, el nuestro, que debemos transitar para llegar a Cristo Jesús, el Maestro. Desde el cultivo de nuestra humana naturaleza para acoger la divina gracia, su amor, transformándonos en pedagogos que llevan al único Maestro.
Fuimos llevados al Maestro gracias a nuestros pedagogos. Seamos fieles al testigo que nos entregaron, no con lenguaje vacuo sino con vida entregada en manos vacías.
Dos pedagogos, un Maestro.
[1] Etimológicamente el pedagogo es quien lleva al niño a presencia del maestro.







