Esperanza, no solo sabe bailar chachachá

Entrevista de José a Patricia y viceversa

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José Barrero y Patricia González
José Barrero y Patricia González

Por José Barrero y Patricia González

José: ¿Cómo te llamas?

Patri: Patricia, pero me llaman Espe, jajajaja.

J.: «Esperanza, solo sabe bailar chachachá». Creo que es así la canción. Patricia González (1982, San Cristóbal de los Ángeles) es mi mujer. Yo, José Barrero (1977, Getafe), su marido. Estamos ahora en el tren yéndonos a Madrid a celebrar nuestro aniversario. 11 años. No, 111, perdón, 111 años casados, jajaja. Y hablando de «Esperanza, solo sabe bailar chachachá», ¿cuál es tu esperanza después de 111 años casada? Y ahora va en serio.

P.: ¿Cuál es mi esperanza? Sería perseverar en la propia esperanza. Es el jubileo de la esperanza… Me gustaría enfocarlo desde el punto de vista de la misma hoy en día, más allá del matrimonio. Sobre qué papel juega la esperanza —a día de hoy— en este mundo cada vez más hecho polvo a todos los niveles: cultural, social, familiar, en los niños, en los jóvenes…

J.: Podemos empezar por la esperanza en la familia. Por ejemplo, aprender a comunicarnos mejor para ser más libres, querernos mejor y que eso irradie a los hijos, que les encanta ver cómo nos abrazamos, nos perdonamos, nos entendemos, nos acompañamos, etcétera. Y luego intentar —que esto también lo hemos escuchado a nuestros amigos del Grupo Santa María— «ver al otro como Dios le ve». Y de ahí, el matrimonio y la familia puede ser un sitio espectacular desde el cual irradiar esperanza en los entornos donde nos movamos.

P.: Claro, pero creo que el reto de hoy en la convivencia es no perder la esperanza con uno mismo en primer lugar, y segundo, no perder la esperanza de que se puede construir con el otro cada día; que los años pasan, pero que es posible que las dificultades no te aplasten. Eso es un ejemplo de cómo vivir esperanzado.

J.: Y esperanza en el trabajo. Por ejemplo, siendo profe. ¿Cómo transmitir esperanza a los chavales cuando les ves con tantas dificultades a sus espaldas? Familias desestructuradas, no se sienten queridos, ni acompañados, acosados por los móviles, pantallas, redes sociales… Falta de cariño brutal… ¿Cómo tener y transmitir esperanza como profesor?

P.: Yo creo que «esperar» es algo inherente a la persona; todos llevamos dentro la esperanza de que algo suceda, de que algo cambie, de que la vida no sea la miseria en la que muchas veces se convierte. Y en las aulas, con los adolescentes —que es donde yo me muevo—, la esperanza es como una llama que hay que volver a prender. Muchos ya no confían en que su historia pueda cambiar, que se puedan encontrar con alguien que les rescate, que les saque de ese bucle donde están metidos a diario con los móviles, las malas compañías… Tenemos que ser esperanza para esos corazones.

J.: Para eso tiene que haber una persona con nombre y apellidos, que sea el que te acompaña. Eso puede ser un reto bonito de los profesores, no solo transmitir conocimientos, sino también transmitir cariño y cercanía.

P.: Es cierto que el docente es transmisor de conocimientos, pero tal y como están las aulas en esas edades, el profesor se convierte, o me gustaría que nos convirtiéramos, en referentes a quienes puedan mirar estos chicos. Ser esas anclas, esos guías en los que ellos reconozcan que se puede vivir de otra manera. Que reconozcan a una persona que les acompaña, que les quiere, que —aparte de enseñarles mates o física y química— les enseñemos a mirar la vida con otros ojos. ¿Cómo? Pues viéndonos hacer, o intentando hacer, las cosas bien, intentando ser «buena gente», peleando y reconociendo cada día las propias miserias, poniéndonos en juego con ellos… Muchos viven instalados en el «aquí me las den todas» y no saben salir de ahí. El reto es transmitirles con nuestra propia vida «chicos, cabe otra forma de vivir que, encima, te ensancha el corazón porque es mucho más real y verdadera ya que corresponde con los deseos de vuestro corazón». Esa esperanza tenemos que avivarla.

J.: Y en los medios de comunicación, que es mi trabajo, pondría el acento en la honestidad de los profesionales. Ahora que hay tanta confusión en los medios, tanta «fake news», los bulos en internet… ¿De quién fiarte? Es el problema de la confianza, que también es un ingrediente importante de la esperanza. ¿De quién te fías? Hace falta gente íntegra, gente honesta de la que fiarte para tener esperanza y transmitirla.

P.: Por eso los buenos docentes tienen que ser atractivos para los chavales. Pero no un atractivo impostado, sino ser personas que, al mirarnos, nos perciban diferentes: «este profesor está contento, viene sonriendo cada día, le veo motivado, le veo ilusionado con su curro, me mira de otra forma». Eso lo perciben rápido.

J.: Y la última, la esperanza desde la Iglesia, que me lleva a pensar de nuevo en la honestidad. Cuando uno es honesto, alegre y sincero, se confía más en el mensaje que está transmitiendo. Es el combate personal por mejorar y parecerse cada vez más a Jesús. Eso es lo que al final contagia. No tanto discurso ni palabrería.

P.: Es el momento de vivir el mensaje de la fe y hacerlo carne. El cristianismo y el seguimiento a Jesús se contagia por «envidia», es decir, veo una persona que vive de una manera más verdadera, y quiero que a mí me suceda eso; quiero rodearme de esa gente o estar en un ambiente en el que yo pueda vivir así. Que luego encima te rescata de lo que no debes hacer, de la pérdida de tiempo tan generalizada que hay ahora en los chavales… Y por añadidura, vives la vida esperanzado de que el destino es bueno porque la promesa se cumple.

J.: Honestidad. Misericordia. Caridad. Sencillez. Naturalidad. Y alegría, que es fundamental. La gente lo que quiere es alegría.

P.: La gente triste contagia poco. Y ninguno queremos estar con gente triste, no solo los adolescentes. Tú no quieres estar con gente que te quita la energía…

J.: Como yo a ti, jajaja.

P.: Totalmente, jajaja.

J.: Y acabamos con alegría…

P.: ¡Y con la esperanza en todo lo alto!

J.: Pues acabamos como empezamos… «Esperanza, ya no solo sabe bailar chachachá». ¿Bailas conmigo?

P.: «Chi», quiero.

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