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Un viaje a Lourdes

La conversión de un premio Nobel

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Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, protagonista de una conversión tras un milagro en Lourdes
Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, cuya experiencia en Lourdes marcó un giro decisivo en su vida interior.

Por José Manuel Secades

Alexis Carrel es un científico laureado con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1912. Aunque provenía de una familia católica devota y fue educado por los jesuitas, al momento de ingresar en la Universidad, ya no practicaba su religión. Siendo joven estudiante, en 1894, el presidente francés Marie François Sadi fue asesinado por un anarquista que le cortó una arteria importante y los conocimientos de la época no permitieron suturarla adecuadamente. El joven estudiante de medicina decidió resolver el problema. Y entre 1901 y 1910, Alexis Carrel, utilizando animales de experimento, desarrolló todas las técnicas conocidas hoy en cirugía vascular.

Carrel ganó el Premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1912 «en reconocimiento a su trabajo en sutura vascular y en trasplantes de vasos sanguíneos y órganos».

A finales de mayo de 1902 se encontró en el tren que llevaba a Lourdes a Marie Bailly en sustitución de un colega y excompañero de clase. Carrel estaba interesado en Lourdes porque no se creía que allí se produjeran milagros. De entre todos los enfermos que en ese tren peregrinaban a Lourdes le llamó la atención una joven enferma agonizante, Marie Bailly, que estaba afectada de peritonitis tuberculosa en último estadio, incurable para la época. Su pulso era irregular y estaba a 150 pulsaciones por minuto. «Temo que se muera en cualquier momento. Si un caso como el suyo se curara sería realmente un milagro. No podría dudar de ello», escribió en su cuaderno de notas. Tan impresionado estaba que prometió «convertirse en monje» si la joven llegaba con vida a la Gruta de la Virgen.

La joven no solo llegó a la Gruta sino que insistió en bañarse. Como eso no era posible, se vertió tres veces una jarra de agua del manantial sobre su abdomen exageradamente hinchado. Media hora más tarde, el pulso se había normalizado, igual que la hinchazón del vientre. Carrel estaba perplejo. Se negaba a aceptar la posibilidad de un milagro, porque él era ateo racionalista y solo admitía lo que era razonable… y esto no lo era, pero no podía negar los cambios operados en la enferma. «¿Qué vas a hacer con tu vida ahora?», le preguntó Carrel. «Me uniré a las Hermanas de la Caridad para pasar mi vida cuidando a los enfermos», fue la respuesta de Marie Bailly.

Carrel se fue a la Gruta, tomó asiento en una silla y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos rezando:

«Virgen Santa, sálvame. Has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer…».

Al día siguiente, Marie Bailly se subió al tren por su cuenta y, después de un viaje de 24 horas llegó a Lyon. En diciembre entró en el noviciado en París. Allí vivió la vida ardua de una Hermana de la Caridad hasta 1937 en que falleció.

Los milagros pueden ayudar a la fe, porque son prueba de que Dios está con la Iglesia. Y en los santuarios marianos como Lourdes, cuya fiesta se celebra el 11 de febrero, hay unas gracias especiales que los propician.

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