Desafíos y oportunidades del entorno digital

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Persona joven sosteniendo dos teléfonos móviles con expresión de confusión, simbolizando la saturación del entorno digital.
Joven con dos teléfonos, imagen de Nick Fancher que refleja la confusión y sobrecarga del mundo digital.

El mundo digital ha transformado profundamente la forma en que las personas aprendemos, nos comunicamos, creamos y trabajamos. Esta revolución tecnológica ha generado un territorio nuevo, tan vasto y complejo como el propio ser humano que lo habita. En torno a esta realidad Estar reunió a un grupo de profesionales de diversos ámbitos: educación, arte, comunicación, empresa y universidad, para reflexionar sobre los desafíos y oportunidades del entorno digital.

El encuentro duró algo más de una hora y se pronunciaron más de once mil palabras. Como había que reducirlas a dos mil, para que se pudiera publicar en esta revista en papel, le pedimos a la inteligencia artificial (IA) que hiciera ese trabajo. Luego comprobamos y humanizamos ese resumen. Queríamos manifestar así, con un pequeño ejemplo, cómo se pueden aprovechar las oportunidades del entorno digital, pero sin deshumanizarse. El vídeo del encuentro está íntegro en YouTube. Se puede ver en el siguiente enlace.


El encuentro, moderado por Javier Lorca, docente con más de cuarenta años de experiencia, reunió a Pablo Sanz, profesor y cantautor, Guadalupe García-Corigliano, periodista especializada en comunicación eclesial, Borja Fernández, empresario del sector de la comunicación industrial, y Pablo Calvo, ingeniero y profesor universitario experto en análisis de datos.

Percepciones sobre el mundo digital: luces y sombras

Hechas las presentaciones, el coloquio comenzó hablando de las percepciones personales de cada uno sobre el entorno digital. Comenzó Borja con esta primera frase: «El mundo digital es una extensión de lo que somos. Hablar de lo digital es hablar de lo humano, solo que mediado por pantallas».

Pablo Sanz, como cantautor, reconoció que durante mucho tiempo dudó si valía la pena estar en ese lugar, hasta que comprendió que en él también está la gente, es por tanto un lugar de encuentro. «El mundo digital —decía— refleja el mundo real polarizado, contradictorio, pero también lleno de espontaneidad. En las redes descubrimos cómo es realmente la gente, a veces más auténtica, a veces más desinhibida. Lo digital no deshumaniza por sí mismo; refleja, en todo caso, la deshumanización que ya existe en nosotros».

Guadalupe, desde su experiencia en comunicación eclesial, coincidió en que lo digital amplifica tanto lo mejor como lo peor del ser humano. La virtualidad puede facilitar una apertura emocional: «Algunos se atreven a mostrar lo que no dirían cara a cara; pero también fomenta la agresividad y el anonimato».

En ese doble filo reside uno de los grandes dilemas del presente: cómo mantener la autenticidad en un espacio donde todo puede ser máscara.

Borja subrayó otro aspecto: la facilidad con que la tecnología multiplica la interacción. Citó un experimento interno de su empresa: «Las personas consultan su móvil unas ciento sesenta veces al día. Eso son ciento sesenta oportunidades de conexión, pero también ciento sesenta interrupciones». Para él, lo digital es una herramienta poderosísima, aún mal comprendida, que exige una nueva alfabetización emocional y social.

Por su parte, Pablo Calvo, desde la universidad, aportó una mirada más técnica. Recordó que «el uso de herramientas digitales no es nuevo: Excel lleva décadas entre nosotros, pero lo que cambia es la intensidad y la dependencia con que se usan. Los estudiantes tienden a utilizar la IA para hacer menos, no para aprender más. Las máquinas potencian el uso que tú les das: si lo usas con creatividad, la amplifican; si lo usas por pereza, aumenta tu pereza, también».

En esta primera ronda de intervenciones, se dibujó una conclusión compartida: lo digital no es un mundo aparte, sino un espejo del nuestro. Refleja nuestras virtudes y carencias, nuestra necesidad de comunicación y nuestra falta de sentido crítico. Como resumió Javier, «el problema no es la tecnología, sino qué tipo de humanidad construimos con ella».

Desafíos en los distintos ámbitos

Educación: formar personas antes que usuarios

Para Javier, el mayor desafío no es tecnológico sino humano: cómo educar a los jóvenes para que sean capaces de usar lo digital sin ser usados por él. Observa con preocupación que «muchos estudiantes viven en un atracón de estímulos», sin tiempo ni espacio para procesar, recordar o reflexionar.

«Si la máquina me forma en lo que ella considera importante, pierdo el criterio propio», advierte. Por eso defiende una educación que fortalezca tres dimensiones básicas antes de introducir plenamente la tecnología: el pensamiento crítico, la fuerza de voluntad y la madurez afectiva. Sin esos cimientos, lo digital no libera, absorbe.

Pablo Calvo confirmó esa percepción. Los jóvenes utilizan las herramientas digitales con soltura, pero no con comprensión: «Saben pedirle cosas a ChatGPT, pero no saben formular preguntas de calidad. El resultado es una relación instrumental y superficial con la tecnología. Si un alumno prioriza hacer menos en lugar de aprender más, la inteligencia artificial no es un aliado, sino un atajo vacío».

Para él, el reto está en enseñar a aprender: educar a los profesores en el uso ético y pedagógico de la IA, para que luego ellos acompañen a sus alumnos. «Si el profesor no guía, los jóvenes aprenden solos…, y suelen aprender mal».

Arte y creatividad: preservar la voz humana

«El desafío en el ámbito artístico —explicó Pablo Sanz— consiste en mantener la autenticidad frente a la automatización. La IA puede componer, o producir música, pero no puede sustituir la experiencia vital que da sentido a una obra. Para un artista, el proceso creativo tiene valor en sí mismo, pues si delego en la máquina, pierdo mi forma de expresarme, mi manera de decir: “esto soy yo”.

»El riesgo es que la inmediatez seduzca más que el aprendizaje. Muchos jóvenes creadores prefieren la velocidad al proceso, el resultado al significado. Sin embargo, lo digital también abre oportunidades porque permite aprender, producir y compartir con más libertad que nunca. La clave —dice— está en usar la tecnología como aliada de la creatividad, no como sustituto de ella».

Empresa y trabajo: humanizar el algoritmo

Desde el mundo empresarial, Borja ofreció una mirada pragmática pero también ética. Su compañía, dedicada al marketing digital, trabaja con empresas que buscan aumentar ventas y notoriedad. Sin embargo, advirtió del peligro de forzar los mecanismos digitales hasta manipular al consumidor. «El marketing no debe ser engaño. Si tratas de vender algo que no crees o no practicas, el retorno será nulo. En lo digital, igual que en la vida, lo falso no dura». Para él, «la verdadera estrategia consiste en conectar desde la autenticidad y generar comunidades de confianza. Curiosamente, en una época de automatización, las empresas más exitosas son las que logran mantener un tono humano. Nuestros clientes buscan carpinteros o carniceros que sean influencers honestos, porque la gente confía en personas, no en algoritmos».

Comunicación y ética: verdad en tiempos de ruido

Guadalupe, desde su experiencia en la comunicación de la Iglesia, habló de un desafío profundo: transmitir la verdad en un entorno saturado de información y falsedad. «El mundo digital es un nuevo continente donde habitan personas que buscan sentido. La Iglesia, consciente de ello, ha impulsado figuras de evangelizadores digitales que actúan en redes sociales. Pero esa presencia requiere formación y ética: saber comunicar sin manipular. No se trata de usar técnicas para forzar conversiones, sino de crear comunidad y cuidar al otro, porque al final lo esencial sigue siendo la persona».

Oportunidades y aprendizajes compartidos

Aprender mejor y más rápido

Para Pablo Calvo, la IA no debe verse como una amenaza a la educación, sino como una ampliación del conocimiento humano, como un laboratorio de aprendizaje continuo: «Estas herramientas enseñan tanto como nosotros queramos aprender de ellas. No sustituyen la inteligencia humana, sino que la multiplican cuando hay intención y criterio».

El reto, por tanto, es formar en su uso ético y reflexivo, enseñando a preguntar bien, a interpretar resultados y a distinguir entre lo verdadero y lo aparente.

Creatividad aumentada y acceso al arte

Pablo Sanz destacó que la democratización digital ha permitido a muchos creadores producir y compartir su obra sin depender de grandes medios: «Hoy, un músico puede grabar en casa, difundir su trabajo y llegar a audiencias globales». Sin embargo, insiste en que «el verdadero valor sigue siendo la historia detrás de la canción, la emoción que la inspira. Lo que la gente ama no es solo la melodía, sino el contexto, la historia humana que la sostiene». Las redes, bien usadas, potencian esa conexión emocional y hacen posible que el arte siga siendo un espacio de encuentro y comunidad.

Comunidades digitales con alma

En ese mismo sentido, Guadalupe subrayó el potencial del entorno digital para crear comunidad y llegar a quienes están lejos de los espacios tradicionales: «En el ámbito eclesial, las redes se han convertido en un nuevo lugar de misión, donde se puede evangelizar con cercanía y empatía». Pero insistió en que la clave no es la cantidad de seguidores, sino la calidad del vínculo: «Hay que crear y cuidar comunidad. La tecnología cambia, pero las fibras que mueven el corazón siguen siendo las mismas». En tiempos de hiperconexión superficial, la autenticidad se convierte en un acto de resistencia.

La empresa como espacio de diálogo

Borja aportó una lectura empresarial de la oportunidad digital: la posibilidad de abrir espacios de conversación real entre marcas y personas. En su trabajo con sectores industriales, observa cómo las compañías que se comunican con transparencia y coherencia generan fidelidad: «Cuando no ocupas el espacio digital, otros lo ocupan por ti», advierte. Por eso anima a las empresas a ser proactivas, a contar su historia, a defender lo que hacen bien y a poner el acento en los valores. En su visión, la comunicación digital no debe centrarse en el producto, sino en la relación: «Las marcas que sobreviven son las que suenan humanas».

La oportunidad de ser más humanos

Al final, todos coincidieron en que la tecnología, usada con discernimiento, puede ayudarnos a ser más humanos. Puede liberar tiempo, facilitar el trabajo, conectar a personas distantes y amplificar causas justas. Pero solo si se mantiene la conciencia despierta, si no se delega la responsabilidad moral a los algoritmos.

Como dijo Pablo Sanz: «Las cosas importantes son lo mejor y lo peor a la vez». Lo digital amplifica esa paradoja, puede ser un refugio de creatividad o un pozo de ruido; un espacio de verdad o de manipulación.

Reflexiones finales

Javier hizo una comparación entre la educación y la nutrición: «A un recién nacido no se le da un filete; hay que preparar su estómago primero. De igual modo no se debe introducir a niños y adolescentes en la vorágine digital antes de haber fortalecido su pensamiento crítico, su voluntad y su vida afectiva. Sin ese entrenamiento, corren el riesgo de confundir lo virtual con lo real, el ruido con la verdad, la recompensa inmediata con el valor del esfuerzo».

Esa reflexión fue compartida por todos, especialmente por Pablo Sanz, que observa en sus alumnos una dependencia casi adictiva del consumo digital: «La mayoría no crea contenido, solo lo consume. Viven dentro de un flujo continuo de imágenes y estímulos que no les deja espacio para pensar». Como signo de esperanza aporta que «cada vez más centros educativos empiezan a regular el uso de los móviles y a promover espacios de silencio y reflexión».

Para Guadalupe, el equilibrio consiste en no dejar que el móvil invada todos los momentos del día. «Hay que proteger espacios sagrados: no mirar la pantalla al levantarse o antes de dormir, dejar el teléfono cuando se conversa, cultivar el silencio». Propuso una regla sencilla: «Compartir solo lo que aporte algo verdadero. Si mi publicación no enriquece, mejor no la subo. No necesitamos más ruido, sino más sentido».

Borja tradujo esta búsqueda de equilibrio en términos de comunicación responsable. Contó cómo algunos sectores profesionales han perdido credibilidad por haber guardado silencio demasiado tiempo en el espacio digital: «Si no ocupas el espacio, lo ocupa otro», recordó. Su consejo a las empresas es el mismo que podría aplicarse a cualquier individuo: «Comunicar desde la verdad, no desde el miedo o la apariencia».

Pablo Calvo cerró con una reflexión profundamente humanista. Habló de la tentación de usar ChatGPT para suavizar correos o perfeccionar textos: «A veces el resultado es impecable, pero ya no tiene mi voz. Es perfecto, pero no soy yo». De ahí su recomendación final: «Reconciliarse con la imperfección, aceptar que lo humano, incluso con sus errores, posee una belleza que ninguna máquina puede imitar».

La conversación concluyó con una frase de Guadalupe, citando al joven san Carlo Acutis: «Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias». Tenemos que preservar la originalidad, la verdad y la humanidad en medio de un mundo cada vez más virtual.

Porque, como recordó Javier en su despedida: «El gran peligro del mundo digital no es la tecnología, sino que dejemos de buscar la verdad». Frente al ruido, la prisa y la confusión, la invitación sigue siendo la misma: pensar, sentir y comunicar desde lo más humano.

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