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La esperanza: el ancla alada

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La esperanza: el ancla alada
La esperanza: el ancla alada

Por Julián Lozano, sacerdote y periodista

El papa Francisco ha convocado a la Iglesia a vivir un año jubilar en el 2025 bajo el lema «La esperanza no defrauda». Se trata, por tanto, de una invitación al júbilo —no una llamada a jubilarnos— a renovar la alegría, que brota de la relación con Jesucristo, que es la amistad más bella del mundo. Y a hacerlo bajo el signo de la hermana pequeña de las virtudes teologales, en feliz imagen del escritor converso Charles Péguy. Veamos cómo podemos hacer realidad el sueño de Dios —que también es el del papa— de que renovemos el gozo de nuestra salvación con ocasión del jubileo.

Un ancla…

Una de las imágenes clásicas con las que se ha expresado la esperanza es el ancla. Ese robusto instrumento de la navegación marítima, que se clava con firmeza en el fondo del mar o en una roca para asegurar la estabilidad de la nave. Si el barco está anclado, las olas no lo llevarán a la deriva, no lo desplazarán según marque la marea. Sin duda nos encontramos en un momento histórico convulso. Como hemos escuchado en más de una ocasión, estamos en un cambio de época en toda regla. Los «vientos de doctrinas» de los que alertaba san Pablo y que nos pueden confundir, que nos pueden desorientar, están a la orden del día. Desde el punto de vista político y global, la confusión es la norma, porque se ha liquidado la verdad. ¿Cómo no naufragar o navegar a la deriva de dichos vientos? Anclándose en la roca, que es Cristo.

Este año jubilar es una ocasión de oro para hacer memoria de la acción de Dios en mi vida. En los funerales de las personas que han sido un modelo de vida cristiana me gusta hacer ver a los familiares y amigos —con frecuencia abatidos por el fallecimiento— que el mismo Dios que obró en la vida de la persona difunta de modo tan hermoso, llevará a una plenitud inimaginable la obra buena que comenzó en ella. La esperanza cristiana —que ya sabemos que no es ser optimista o vivir del buen rollo— está puesta sobre todo en que Dios cumplirá con sus promesas, especialmente con La Promesa: vencer el pecado y la muerte, darnos vida eterna, llevarnos a la casa del Padre —donde hay muchas moradas—, hacernos «semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

Aunque «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene reservado para los que le quieren», lo cierto es que a lo largo de nuestra existencia hemos tenido —¡ojalá! — cientos de signos y adelantos de «eso» que no nos podemos ni imaginar, pero que identificamos perfectamente en nuestra vida: instantes de plenitud, adelantos de la felicidad, que es por otro lado el deseo de todo ser humano.

El jubileo es, me parece a mí, un momento de gracia para afianzar la amistad con Cristo, la intimidad con él, la acogida de su evangelio, la entrega de nuestras vidas. Y, para que esta renovación se dé, no podemos perdernos la oportunidad de recibir la gracia jubilar fundamental: la indulgencia plenaria. Dice el papa, en la bula de convocación del jubileo, que la indulgencia es el nombre antiguo de la misericordia. Esta, que es insondable, quiere derramarse nuevamente y totalmente en cada uno de sus hijos. La peregrinación a Roma —propia de estos jubileos— o al lugar de la diócesis designado por cada obispo, es el camino para preparar el alma para acoger su renovación, una especie de regeneración total que es lo que obra dicha indulgencia. Para ello es necesario la confesión sacramental con el deseo profundo de expulsar de la propia vida todo pecado. Sugiero a los lectores acogerse a la Virgen María para que nos alcance esa disposición del alma; ella que es inmaculada —toda de Dios— nos puede ayudar a algo que para nosotros es muy difícil: detestar toda inclinación torcida en el pensar, hablar y obrar.

…alada

Pero nuestra esperanza no es estática, no es pasiva, no nos estanca. Al revés, nos impulsa, nos eleva, nos lanza. Como hizo con Abrahán, que esperó contra toda esperanza y salió de su tierra siendo anciano, el papa, en la bula mencionada, nos invita a todos los cristianos a que el año jubilar sea una ocasión también para brindar esperanza a los demás. Señala algunos grupos que quizá precisen especialmente de ella: los jóvenes —que temen tantas veces ante un horizonte vital incierto y confuso—, los ancianos —a veces descartados por la lógica consumista en la que nos movemos—, los migrantes que han tenido que dejar su hogar y su tierra, y que encuentran frecuentemente grandes dificultades en su camino. El papa tiene un recuerdo especial para las zonas que sufren las guerras, y para las personas que viven en la pobreza. ¿Cómo podríamos, en este año, ser nosotros causa de esperanza para otros? Que vuele la imaginación y la caridad.

Por otro lado, si la gracia central del jubileo es la indulgencia plenaria, extender ese perdón hacia los hermanos multiplicará los efectos benéficos de este acontecimiento. Dice el papa en su escrito que el perdón no puede cambiar el pasado, pero sí puede transformar el futuro. Prolongar el perdón recibido de Dios hacia el prójimo es ser instrumento de la misericordia divina. O tal vez lo que lleva tiempo esperando en nuestras vidas es una petición de perdón por nuestra parte. A veces hay situaciones enquistadas, rencillas que se han perpetuado, incluso con personas muy cercanas a nosotros. Estamos ante un kairós, un tiempo propicio para dejar que Dios lo reconcilie todo y haga nuevas todas las cosas. Es el momento.

Terminamos. Hace unos años, cuando comencé mis colaboraciones con los medios de comunicación, un amigo periodista me dijo que tenía que buscar una frase con la que concluir mis intervenciones. Después de pensarlo y rezarlo un poco vino a mi mente una fórmula feliz, que seguramente han usado otros con anterioridad: «Con el Señor, seguro, lo mejor está por llegar». Es posible que en nuestras vidas acontezcan en adelante circunstancias adversas, problemas, reveses, pecados. Si las vivimos unidos al Señor, nada nos podrá separar de él, todo colaborará al bien de los que le aman; su reino vendrá a nosotros. Y, al final, suya será la última palabra. Por eso, lo mejor está por llegar.

¡Feliz año jubilar!

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