La sorpresa de Dios en el noviciado del P. Tomás Morales SJ

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Tomás Morales, estudiante de Teología en Granada (1939-1943)
El P. Morales escribió interesantes observaciones de la diferencia entre una vocación apostólica y una vocación consagrada.

El 1 de octubre se cumplen 30 años del fallecimiento del P. Tomás Morales; un jesuita que recibió el título de venerable ya hace siete años, el 8 de noviembre de 2017. Muchas cosas hemos dicho acerca de su persona y doctrina durante este tiempo. Nos gustaría hoy centrarnos en su noviciado, tema del que nunca hemos tratado monográficamente. Y no para describir qué hacía, cómo ocupaba sus horas, quiénes eran sus compañeros o su maestro de novicios, temas que también darían para un largo artículo, sino para captar la profunda transformación que se operó en su interior.

En efecto, en él se va a producir un proceso de conversión dentro de su espiritualidad, en su concepción de Dios en cuanto a la entrega. No fue una conversión del pecado a la gracia, sino un golpe de timón en el porqué de la misión. «Y es que la conversión es la palabra permanente del cristiano», como dejó expresado Juan Pablo II en el segundo de sus viajes a África[1].

El lector observará algunas repeticiones, que no hemos eliminado, porque corresponden a ideas fuerza que él mantiene en su predicación a lo largo de los años.

La entrega en la Compañía de Jesús

Tomás había sentido de pleno la vocación estando en Bolonia, cuando realizaba el doctorado en Derecho. Él, que estaba en un proceso de búsqueda de la voluntad de Dios, que había cortado ya definitivamente con Amparo unos días antes (el 6 de mayo), con quien había tenido una relación de más de dos años, se sentía ahora mucho más libre para decir a Dios que sí. Y es que, como él mismo decía, para poder llenar un vaso de un licor, debemos primero vaciarlo del líquido que lo contiene. Fue el 14 de mayo de 1932 sobre las 3 de la tarde: «Y resulta que esto me lo inspiró el Señor aquel 14 mayo, día de la Virgen, sábado, cuando de repente leí unas palabras del Evangelio que yo había escuchado y leído desde hacía mucho tiempo: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes”. Y entonces vine a ir entendiendo[2], o entendí de repente, que mi carrera, mis estudios, mi premio extraordinario, todas las demás cosas, música, música, música. Que lo interesante era amar a Jesucristo, salvando el alma, salvando o ayudando a salvar a las demás».

«Y ya desde ese momento, tres de la tarde, quemé las naves[3], como Hernán Cortés, México. Tracé con mi espada, me hizo trazar Él con mi espada, la raya de los valientes (Pizarro, Perú). Y no necesité llegar al noviciado dos meses después para ser ya todo de Dios. Y cuando entré esa mañana nebulosa de Bélgica en la antigua abadía benedictina, transformada en noviciado de la Compañía de Jesús […] entonces yo digo: “bueno, aquí todo es para siempre”. Entonces desde el primer momento, sin esperar a los dos años de plazo, yo hago los votos de deseo. Cuento con el maestro de novicios, él verá delante de Dios si me conviene o no me conviene, pero yo quemo las naves, yo trazo la raya, sin esperar, porque a lo mejor puedo morirme dentro de dos años, qué sé yo si voy a vivir entonces» (25-VIII-1991).

He aquí un Tomás entusiasmado con la vocación, con la entrega a Cristo, pero todavía con un ideal muy humano. Tomás es todavía el héroe de la entrega. Necesitará todo un proceso de conversión dentro del noviciado para entender quién es el protagonista de la llamada y a qué le llama exactamente Cristo.

Porque su entrega tenía para él en un primer momento un ideal fundamentalmente apostólico, hacer. Él llega a Chevetogne el 13 de julio de 1932, aunque hasta el 30 del mismo mes no será admitido en el noviciado. En la espera le dan a leer un libro, Examen y bulas, y ahí viene el primer rejonazo. «Entonces, en aquel librillo me encuentro con que he llegado a Bélgica para humillarme, obedecer y ganar la vida eterna, que he llegado a Bélgica para crucificarme. Hombres crucificados al mundo y para los cuales el mundo está crucificado. Y me digo: “mi doctorado y mi premio Víctor Manuel II y no sé cuántas cosas más que me habían dado en Italia, mis años de lucha en la Universidad de Madrid, todo eso, ¿para qué? ¿Resulta que aquí no hay más que esto?” Entendí entonces que entraba en la Compañía únicamente para entregarme a Cristo» (Ejercicios, 21-VIII-1984).

Resolverle la vida a Dios

Un hombre triunfador en los negocios del mundo, un apóstol entregado en la Universidad, sumergido en todas las realidades humanas, creía ir a resolverle la papeleta a Dios. Le ocurría como a tantos jóvenes que con la mejor disposición interior dedican un verano, al acabar sus estudios, a ir a un país de misión para solucionar todos los problemas a la gente que allí vive, desde los económicos hasta los morales (¡!). «A mí me pasó lo mismo cuando fui desde Italia a Bélgica dando un viaje a través del centro de Europa. Yo creía que iba a resolver el mundo llegando yo al noviciado, y resulta que era el noviciado el que me tenía que resolver mi soberbia, reduciéndola a cero» (29-VIII-1984).

Pero Dios, agazapado, aguarda paciente y le espera en la tanda de mes de ejercicios, que realiza en octubre de 1932, donde su actitud activa (querer hacer) va a convertirse en pasiva (dejarse hacer). «Cuando yo hice el mes de Ejercicios por primera vez en tierras de Bélgica, menudo terremoto. Si esto es verdad, yo aquí ya no pinto nada, sino dejarme amar» (17-VIII-1989).

El año 1990, como quien siente que la vida se le acaba y quiere testar a sus hijos y discípulos un precioso legado, se confidencia sobre lo que fueron los inicios de su vida religiosa. «Os voy a contar una experiencia mía, por si acaso os puede favorecer. Me alejo de España, me interno en los bosques nebulosos de Bélgica. Móvil de mi vocación, pues que en la Universidad había batallado por Cristo, me habían enseñado mis compañeros a darme a los demás saliendo del castillo de marfil de mi egoísmo» (plática, 24-VIII-1990).

Y recordando su vocación, se confidencia. «¿Qué me sucedió hace cincuenta y ocho años, en el mes de julio? Era 13 y martes. Pero me encontré perdido entre las nieblas de Bélgica. Iba a consagrarme a Dios, y entonces, en el primer libro que pusieron en mis manos para enterarme a lo que había venido, me encontré con tres palabras, san Pablo, que se me clavaron en el corazón: “Hombres crucificados al mundo”. Homines mundo crucifixi. Me quedé mirándome: ¿de manera que yo he venido aquí, entro en la Compañía de Jesús, al servicio de Cristo Iglesia, para crucificarme?» (homilía, 4-IX-1990).

Del sequere me al manete in me

«Os contaba esa experiencia entonces, cuando abandoné España y me dirigí a Bélgica. Como la Universidad me había enseñado a batallar por los demás, un grupo de valientes, cristianos auténticos[4], que me enseñaban a dar la cara; entonces creía que el móvil de mi vocación era sequere me[5]. Acompáñame en mi empresa, vive la aventura de la fe, en un mundo descristianizado, que empecé a conocer en la Universidad. […] Entonces empecé a ver que el mundo estaba descristianizado, porque se perdía la juventud y la niñez. Me encuentro en Bélgica, y al cabo de seis años, poco a poco vine a ir entendiendo, y luego lo he ido entendiendo mucho más, que Cristo no me llamaba, sólo ni principalmente, al sequere me, “combate conmigo, mi voluntad es de conquistar todo el mundo, todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre[6]”, no me llamaba para eso. Vine a ir entendiendo que me llamaba para un amor nupcial, y que había dejado novia, esposa, hijos, y que lo que había dejado lo encontraba en Él al ciento doblado. Y que más que el sequere me, [prevalecía el] permanece en mí. Y vine a ir entendiendo las palabras del Evangelio: “los eligió para que estuviesen con Él” en intimidad amorosa, y luego, cuando ya tuviesen algo dentro, enviarlos a predicar […] Cada vez queda más lejos el sequere me y cada vez más cerca “permanece en mí”, consolándome, reparando» (24-VIII-1990).

«Claro, entonces a cada uno de vosotros os va pasando lo mismo. Que cada Ejercicios os paráis a pensar y veis el camino recorrido y decís: “Ya ha quedado atrás aquello del sequere me, participa en mi empresa, y ahora me voy persuadiendo más que Él me llama para estar con Él. Manete in me”, “permaneced en mí”. Intimando como amigo, como hijo, como hermano y, sobre todo, como esposo. Unión nupcial amorosa, vivificante, que te da fuerzas para lo que tú no las tienes, ni en el cuerpo ni menos en el alma» (ib.).

Una vez enganchado a Cristo, Tomás está ya dispuesto a aceptar las contrariedades que vengan. «Y a los dos años, acabado el noviciado, empiezo a estudiar griegos y latines. Y resulta que empiezo a perder vista. Me llevan a Bruselas y allí me dicen que no puedo leer ni estudiar. “Hombres crucificados al mundo”. Yo creía que iba a ser sacerdote, pero yo había venido a la Compañía de Jesús, Iglesia, Cristo, nada más que para hacer su voluntad, fuese o no fuese sacerdote, estudiase filosofía y teología o no la estudiase. Entonces me acordé de la frase que había leído al llegar al noviciado, y encontré una paz ¡tan grande! Pues si no sirvo para sacerdote, sí sirvo en mi pequeñez para servir a Cristo».

«Hombres crucificados al mundo. Luego, acabo mi teología, siendo ya sacerdote desde un año antes. Yo soñaba con volver a la Universidad, de donde había salido y en donde había fraguado mi vocación a la entrega total a Dios en mis hermanos del mundo. Y resulta que al acabar la teología no me destinan a Madrid a una congregación de universitarios que había muy floreciente en Madrid[7] entonces, sino que me mandan a un colegio[8], y allí, el rector del colegio me indica que tengo que dar clases de alemán[9]. Entonces estaba de moda […] Y resulta que durante dos años me tienen allí enseñando alemán a chicuelos de catorce, quince años. Y yo, que me había ordenado de sacerdote para ejercer mi ministerio».

Y prosigue uniendo a Pablo con Teresa del Niño Jesús. «Hombres crucificados al mundo. Pero entonces, desde la primera vez que leí estas palabras de san Pablo, me salió al encuentro santa Teresa del Niño Jesús. Ah, y ya cambió la cosa. Porque me hizo descubrir ella en su sencillez lo que decía el santo Cura de Ars. “La cruz, si te abrazas con ella, te lleva ella a ti”. Te lleva Jesucristo a ti, si te abrazas con la cruz. Pero si te rebelas contra la cruz, la cruz te aplasta. Y recordé las palabras del santo. “Por la cruz, perder la paz, nunca; la cruz es la fuente de la paz”. Ah, empecé a hacerme pequeño para comprender las palabras, “hombres crucificados al mundo y para los cuales el mundo está crucificado”» (homilía, 4-IX-1990).

En una de sus últimas tandas de ejercicios, quiere hacer partícipes a sus seguidores de algo muy personal. «Una experiencia mía que te puede servir. Hace casi sesenta años me eligió el Señor, me llevó a los bosques de Bélgica y ahí el Espíritu me hizo reflexionar: ¿Cuál es el móvil de mi vocación? Sentí en la carrera una llamada: sequere me, “sígueme”. Claro, veía que las cosas se ponían feas en España y en el mundo, como están feísimas hoy. Y entonces sentí la grandeza de la empresa».

«Pero luego me empecé a dar cuenta, al cabo de los años, que Dios me llamaba para otra cosa. Mane in me. “Permanece en mí”. La antigua voz, sequere me, ya había desaparecido. Permanece en mí, en mi amor, y esto me llenaba mucho más. Porque ya no era yo el que obedecía, sino Cristo en mí. Ya no era yo el que vivía pobre, sino Cristo en mí. Con un consuelo tan grande como produce el ser uno con una persona con quien estás identificado. Sin darme yo cuenta, me invitaba el Espíritu Santo al amor nupcial. Y si no hubiese sido por eso que me dio fuerzas al amor nupcial, hubiese dejado no la Compañía de Jesús, sino el Evangelio desde hace tiempo, y hubiese empezado a adorar mi ciencia, mi profesión, mi carrera, mi dinero, mi novia, mi mujer, mis hijos. “Permanece en mí” » (25-VIII-1991).

A modo de conclusión

La fuerza de sus palabras es que están refrendadas por la vida. Él escribió interesantes observaciones de la diferencia entre una vocación apostólica y una vocación consagrada, quizás pensando en este giro de su vida. «Muchas almas llamadas al apostolado, no por eso tienen vocación a la vida consagrada. Para la vida apostólica, supuesta la unión con Dios, basta la generosidad que de aquella deriva. Para la vida consagrada, se requiere todo un conjunto de cualidades naturales y sobrenaturales que giran en torno a la paciencia y humildad […] La vocación consagrada, a diferencia de la mera llamada apostólica, es hacerse grano que cae y se pudre, muere con y en Jesús, para producir cosecha abundante de almas que se salvan» (Coloquio familiar 214).


Tomás Morales, estudiante de teología en Granada (1939-1943).

Tomás Morales, estudiante de teología en Granada (1939-1943).


Abadía benedictina de Chevetogne (Bélgica), que los benedictinos habían abandonado tras la expulsión de las órdenes religiosas en 1902, y que prestaron a los jesuitas de la provincia de Toledo cuando fueron expulsados de España el 31 de enero de 1932, en la II República. En ella vivió Tomás Morales el noviciado, el juniorado y un año de filosofía (1932-1936 y 1937-1938).

Abadía benedictina de Chevetogne (Bélgica) 1932

Capilla doméstica Chevetogne

Capilla del noviciado con imágenes que habían aportado algunos de los novicios, como la Virgen, que pertenecía a la familia de José María Díez-Alegría.


P. Manuel de Larragán y Alfaro (1884-1936), vocación tardía de la Compañía; como abogado, trabajó en el bufete de D. Juan de la Cierva y luego ingresó en la Compañía de Jesús, donde desempeñó el cargo de maestro de novicios. Entendió muy bien a Tomás, a quien le dio la tanda de mes de 1932. En el verano de 1935 vino a España como rector de la academia Didaskalion, que camuflaba en ese momento el colegio de Areneros. Detenido el 15 de octubre de 1936, se despidió de su hermano diciendo: «No hagas diligencias para salvarme». Murió asesinado el mismo día de su detención en la tapia del cementerio Este de Madrid, con 52 años.

P. Manuel Larragán y Alfaro (1884-1936)

Juniorado (1934-1935)

Foto del juniorado de Chevetogne durante el curso 1935-36. Tomás aparece sentado (el primero a la derecha, izquierda del espectador), porque ocupaba el cargo de bedel, que era una especie de enlace entre los juniores y el rector, a quien iba para ver las variaciones de cada día. Era quien cuidaba de las cosas materiales que podían faltar a los demás juniores.


Escena de una recreación del juniorado de Chevetogne durante el curso 1935-36.

Recreación en el juniorado (1935-1936)

Filosofado Chevetogne 1937-1938

Filosofado en Chevetogne, 1937-1938. Tomás aparece en el centro, en la fila tercera.


Notas

[1] Viaje a Nigeria, Benín, Gabón y Guinea Ecuatorial (12 al 19 de febrero de 1982).

[2] Reproducción de unas palabras de santa Teresa («vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña», Vida 3,5) con las que indica un caer en la cuenta de errores del pasado, expresión que él repetirá mucho a lo largo de su predicación.

[3] Quemar las naves, acción de Hernán Cortés en México en 1522, para que los temerosos que le acompañaban no pudieran volverse atrás.

[4] Se refiere a los Estudiantes Católicos, de los que él formó parte, e incluso fue presidente de la Federación de Madrid.

[5] «Sígueme» (Jn 21,19).

[6] [EE 95]. Meditación del «Rey eternal» de san Ignacio.

[7] Los Luises.

[8] Colegio San José de Villafranca de los Barros (Badajoz), donde los jesuitas solían hacer dos años de magisterio antes de la Tercera Probación.

[9] Dio clases de alemán, de italiano y religión.

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