Por P. Miguel Ángel Íñiguez,
delegado de Pastoral Universitaria,
Cruzado de Santa María
Lo primero que hay que decir con fuerza es que la Iglesia existe para evangelizar, y lo lleva haciendo desde sus comienzos hasta nuestros días. De la misma manera, no cejará en este empeño mientras dure este mundo.
El mensaje de Jesús en el evangelio es de tal actualidad que no podemos meterlo debajo del celemín. La luz está para que alumbre a los hombres, a todos, a los más cercanos y a los que se encuentran lejos por el motivo que sea.
Es verdad que las situaciones van cambiando a lo largo de los siglos, y el mensaje evangélico, sin sustraerle nada de lo esencial, ha de hacerse comprensivo para el hombre de cada época. Es un reto no pequeño y con tentaciones de acomodarlo vaciando el contenido, eso sería traicionar el mismo evangelio, arrancarle páginas y modelarlo a nuestro gusto. Esta postura está muy lejos de la verdadera adaptación a la cultura de cada lugar y de cada época.
Hoy tal vez resulte un poco más complejo porque nuestra sociedad occidental está fuertemente secularizada y se ha propuesto vivir sin Dios, con las consecuencias que esto tiene.
Desde san Pablo VI, con la Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975, hasta el día de hoy, con el papa Francisco, todos los pontífices han querido colocar a la Iglesia en estado de misión.
Esta exhortación plantea tres preguntas acuciantes en su número 4 —y que está en la línea del tema que estamos abordando— y que el Sínodo de 1974 tuvo constantemente presentes:
—¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre?
—¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy?
—¿Con qué métodos hay que proclamar el evangelio para que su poder sea eficaz?
Esta misión no está reservada a los obispos y sacerdotes, sino que es una llamada a todos los cristianos. Más aún, si no nos implicamos todos desde nuestros lugares correspondientes en la sociedad, es muy pequeña la capacidad de penetración del mensaje de Jesús.
Cuando el papa san Juan Pablo II fue a Portugal, hablando a los laicos en Lisboa, dijo que si la Iglesia no está presente en todos los ámbitos de la sociedad, es responsabilidad directa de los laicos.
La movilización del laicado es tal vez una de las tareas más complejas en este reto apostólico, porque en el orden de las ideas se ha avanzado mucho, y se tienen muchas propuestas claras, pero luego en el orden práctico no es tan visible este planteamiento. A la hora de la verdad la jerarquía eclesiástica no cuenta con tantos colaboradores como es preciso, aunque hay que constatar que esto va mejorando, aunque sea lentamente.
No se trata de culpar a nadie, sino más bien de que entre todos caigamos en la cuenta de que tenemos que arrimar el hombro todos los bautizados, porque el día que recibimos este sacramento se nos entregó una luz con el mandato de hacerla crecer y llevarla a plenitud.
Resulta más cómodo replegarse a los cuarteles de invierno cuando arrecia el temporal, pero si estamos imbuidos con la fuerza que viene de lo alto, entonces hay que vencer toda resistencia y no paralizarse por las dificultades o el secularismo envolvente.
Tal vez hagan falta más que nunca comunidades y movimientos —con una vivencia fuerte de Jesucristo—, que desemboquen en una fuerza de choque a base del testimonio vivo y atractivo, de vivir la fe con radicalidad y valentía. Sabiendo presentarla a nuestros hermanos los hombres de una manera atractiva y cercana. Esto es lo que han hecho los santos y los mártires a lo largo de una historia milenaria, como es la del cristianismo.
No somos los últimos, ni con nosotros se cerrarán las puertas. Esa sería una visión pesimista y carente de trascendencia. La Iglesia es capaz, por la fuerza de Dios, de renacer de las cenizas y de los momentos complejos. Si no confiamos nos echaremos atrás pensando que es imposible lo que se nos pone como tarea primordial.
Por lo tanto, es un reto permanente que nos impulsa a no pararnos y a confiar constantemente en Jesucristo que «siente compasión de las gentes porque andan como ovejas sin pastor».
A la vez tenemos que ser conscientes de los retos que nos pone el mundo de hoy, globalizado para todo, para lo bueno y para lo malo. La pregunta que se nos hace en la exhortación apostólica del papa san Pablo VI sobre los métodos que hay que aplicar es tal vez la más compleja de responder. No todo vale y, al mismo tiempo, hay formas que ya no sirven.
Tengo la experiencia de estar como delegado de Pastoral Universitaria en la diócesis de Getafe, donde hay 14 campus universitarios, y cada uno de ellos es muy distinto a la hora de trabajar apostólicamente. Hay universidades públicas y privadas, las hay que facilitan las cosas a nivel institucional y otras que incluso las impiden. En esta variedad, solamente en este terreno universitario, es donde la Iglesia tiene que hacer presente el evangelio, ¿con qué métodos? Con los que se puede y con los que nos dejan, bien sean grupos católicos definidos, asociaciones universitarias, cursos de Teología, contacto con profesores, actividades cultuales y culturales, administración de los sacramentos, voluntariados. Siempre desarrollando la imaginación y no dejando atrás las oportunidades que se brindan al hilo de la vida cotidiana.
En todo ello, igual que en otros ámbitos de la vida religiosa y social, es clave la presencia y tarea del pastor (obispo, sacerdote, capellán…), como cabeza visible de Cristo. Somos un cuerpo, una familia. Las personas al final buscan a Dios y necesitan terminar en un encuentro personal con Jesucristo.
Hay que tener muy claro que evangelizar es anunciar a Cristo. Si no se le da a conocer explícitamente, el método que utilizamos no es el adecuado. Ha de desembocar siempre en el encuentro personal con Dios, aunque el recorrido pueda ser largo y variado, y siempre lleno de paciencia y confianza en el Señor, «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles» (Salmo 126).
Confiamos en María, madre de la evangelización, para que nos dé fortaleza como hizo con el apóstol Santiago en Zaragoza a la ribera del Ebro.







