Expertos conocedores del corazón humano

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Expertos conocedores del corazón humano
Expertos conocedores del corazón humano

«Tenemos que ser contemplativos enamorados de Dios, expertos conocedores del corazón humano», nos repetía Abelardo de Armas, cofundador con el padre Morales de la Cruzada-Milicia de Santa María, en las praderas de Gredos, parafraseando a san Juan Pablo II, para alentarnos en nuestra labor de educadores de jóvenes.

Aquellas claves que aprendimos entre riscos y montañas, forjaron varias generaciones de hombres. Y echando una mirada a los jóvenes actuales, los que ahora nos hemos convertido en educadores de la juventud, descubrimos que son de una radical actualidad.

¿Qué necesitan los jóvenes de hoy para poder madurar y llegar a ser ellos mismos en plenitud? ¿Qué claves educativas puede aportar el carisma del P. Morales a estas nuevas generaciones?

Voluntad de crecer. Casi tautológico, pero lo primero que hemos de despertar en el joven actual es el deseo de crecer. No como algo que se da por sí mismo, como ley inexorable de la biología, sino como una tarea de la propia vida. Los seres humanos necesitamos «poner de nuestra parte» para desarrollarnos. Y lo primero que nuestros jóvenes, tan acostumbrados a que se les dé todo hecho, han de desarrollar es la voluntad de superarse. Necesitan oír una voz, la nuestra, o mejor aún, la más profunda de su propio corazón, que les diga una vez más: ¡levántate y anda! Es necesario superar una simplista y falsa espontaneidad según la cual el niño se irá desarrollando por sí solo, casi por instinto.

Formación de toda la persona: cabeza, cuerpo, corazón. De nuevo parece una obviedad. Hay que educar la persona completa, en todas sus dimensiones. Pero es que vamos a contracorriente en este punto también. Vivimos en una sociedad que se preocupa por formar en ciertas habilidades, muy poco la inteligencia y la razón, le da mucha importancia a las emociones, pero no pretende educarlas, reniega de la educación de la voluntad. ¡Y da un culto casi idolátrico al cuerpo! A la vez que da rienda suelta a los instintos más elementales.

Frente a ello hemos de proponer una educación integral. Que se tome en serio la formación de la inteligencia, que eduque también el corazón, que forme el cuerpo y el espíritu. No es nada fácil, porque vivimos en una sociedad con una visión antropológica bastante descompensada, que da un valor absoluto a los sentimientos, y no tiene conciencia de que absolutamente todo en el ser humano ha de ser cultivado, si ha de ser plenamente humano.

Un ideal como motor. El tercer pilar que necesita un joven es una buena motivación, pero una que brote de dentro, un pilar que sea verdadero. Estamos demasiado acostumbrados a que es el educador el que tiene que motivar al niño y al joven, y que la culpa es del educador si el «pobrecito» se encuentra desanimado. Y entonces es cuando surgen algunas motivaciones espurias: si haces lo que debes hacer, te compraré…

Es verdad que el joven necesita motivaciones fuertes, que vayan más allá de hacer algo porque le permitirá ganar mucho dinero y escalar un puesto alto en la sociedad. Tenemos que ayudarle a descubrir aquel ideal, aquella razón, por la que merezca la pena el esfuerzo que implica su formación. Y no tener miedo a presentar a Cristo como el motor de toda la vida. ¡Él nunca defrauda!

El autoconocimiento para la autoeducación. El cuarto consejo es tan antiguo como el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. En medio de una sociedad que vive constantemente con estímulos exteriores, hace falta que los jóvenes actuales entren en su interior, hagan silencio, pongan nombre a todo lo que les pasa en su corazón, conozcan sus potencialidades y sus límites… Autoconocerse, saber qué me pasa y por qué me pasa, como camino previo a la autoeducación.

Personalización. No hay dos personas iguales. Todos, y muy especialmente los jóvenes, necesitamos contrastarnos con alguien con más experiencia, del que nos fiemos, y que nos pueda marcar un camino de maduración adaptado a nuestra personalidad y circunstancias. Quizás hemos de rescatar la figura del maestro, del guía, del sabio al que el joven puede consultar, del que se fía porque tiene experiencia de la vida. Y porque sabe que va a buscar el bien para él.

También esto es contracultural. Es volver a dar importancia y valor a la figura de la autoridad, personificada en el maestro, que desde su experiencia y conocimiento sabe qué es bueno para mí, y me ayuda a recorrer ese camino.

Trabajo en grupo, supeditación al bien común. En una sociedad individualista, aprender a descubrir a los demás como parte esencial de mi propia vida, y supeditar el interés individual al bien común, es otra de esas afirmaciones «contraculturales». Esto se dice fácil, pero es una lucha contra el egoísmo personal. E implica abnegación, entrega a los demás, aprender a cuidar del más débil.

Esto requiere encontrar otros jóvenes que estén dispuestos a vivir con uno esta aventura. Porque esta dimensión comunitaria también se aprende desde la propia experiencia. Primero en la familia. Y en segundo lugar —con gran intensidad— en la adolescencia y la juventud, en el grupo. Es la necesaria vida de comunidad, esencial en la educación.

Contacto con la naturaleza, contacto con la realidad. Casi como un epílogo, recordando aquellas palabras de Abelardo en las montañas graníticas de Gredos, no puedo acabar sin subrayar el gran bien que nos hizo el contacto vital y directo —no solo como turistas— con la naturaleza. En una sociedad altamente tecnológica, eminentemente virtual incluso en sus relaciones humanas, el descubrimiento del otro, y de la realidad es, sin duda, una herramienta de primer orden para poder educar a la juventud.

Todas estas claves educativas son, se podría decir, de sentido común. Y justo ahí está su novedad, en que siguen siendo válidas hoy, porque están enraizadas en los anhelos más profundos del corazón. Y aunque a veces nos parezca ir contracorriente, los jóvenes de hoy, como los de siempre, tienen un olfato especial para distinguir quién está dispuesto a tomarles en serio y proponerles el reto de dar lo mejor de sí mismos. Y aunque les cueste porque es exigente, saben que ese es el camino que deben seguir para ser auténticamente felices.