Por Rubén López Magaz, maestro de Educación Primaria, Escuela de maestros Abilio de Gregorio
Es frecuente al hablar o escribir sobre el pensamiento de Abilio de Gregorio destacar su frescura y su mirada profunda en el análisis de la educación y, como consecuencia, en el concepto integral de persona. Desde su observación certera, e incluso profética, ha alentado a multitud de educadores, así como ha impregnado con su experiencia y estudio a padres en infinidad de escuelas orientadas a la colaboración en la educación de los hijos. Qué decir de la gran incidencia que pudo causar en innumerables alumnos que llegaron a escucharle y a recibir sus orientaciones y enseñanzas, a disfrutar de su sabiduría y a gozar de su trato humano. Pero todo ello no nace de la nada o de una espontaneidad casual; ni siquiera de una intuición que poseía como don. El pensamiento de Abilio tiene una estructura, un orden establecido, unas líneas de actuación que son el reflejo del estudio riguroso y de la experiencia vivida, así como la consecución gradual de un camino recorrido: la fe en la existencia consciente del educador[1].
Elementos de la educación
Para Abilio la educación posee una serie de elementos esenciales: proyecto educativo, grupo humano y organización.
El proyecto educativo no puede existir sin intención, sin objetivo. No hay proyecto si no hay intencionalidad. ¿Qué queremos conseguir? ¿Qué tenemos que conseguir? ¿Hacia dónde queremos dirigirnos? El segundo elemento, el grupo humano, son aquellos educadores que se implican en el proyecto, que ponen la intención, marcan las metas, señalan los lugares de llegada. La organización, por último, será el orden propugnado por los educadores que se refieren a la consecución del proyecto. Por tanto, los tres elementos se interrelacionarán para poder establecer un buen funcionamiento educativo. «Si estos tres elementos son coherentes entre sí, la educación funciona bien. Si hay incoherencias, se inician las disfunciones».
Pero ¿dónde comienzan o terminan las disfunciones? Nos dirá Abilio que «el problema viene cuando yo no tengo un proyecto educativo convencional, sino que mi proyecto educativo es alternativo, es un proyecto educativo cristiano, es decir, distinto. ¡Claro!, si yo tengo un proyecto educativo no convencional, que es distinto, necesito un grupo humano alternativo, y una organización distinta, que no es la convencional. Porque si no es así, vienen las disfunciones».
Educación cristiana
«¿Cuál es la identidad de una educación cristiana? Esa identidad podría ser permanecer siendo el mismo; pero sin ser lo mismo. Con la edad que tengo, yo he cambiado, pero sigo siendo yo. Permanecer siendo el mismo, sin parecer lo mismo. Yo no soy lo mismo, pero soy el mismo. Esta es la identidad».
¿Qué ha cambiado o permanecido en la educación denominada cristiana? Podríamos analizar sesudamente las casuísticas varias que puedan responder para bien o para mal la pregunta formulada, y seguramente podríamos acertar en las conclusiones. En Abilio la pregunta enunciada es otra y determina de por sí la respuesta sin caer en suposiciones pesimistas: «¿Se podría sostener hoy un proyecto educativo cristiano, tal como está la realidad? Es posible mantener un proyecto educativo cristiano, si el grupo humano está formado por gente que asume la vocación cristiana como parte de su vocación personal».
Abilio no solo da la respuesta, sino que despierta con ella una provocación personal hacia el educador. ¿Eres capaz de vivir tu llamada, de haber reconocido el haber sido (e)vocado, para una obra aún mayor que tu propia realidad profesional?
Signos del Dios vivo en el mundo de la enseñanza
«La escuela cristiana nace en el siglo XVIII comprometida con el mundo, es decir, nace para enseñar materias, pero con Dios, es decir, nace para evangelizar, y esto es lo que da identidad, carácter a esta escuela. La escuela se convierte en el signo del Dios vivo en el mundo de la enseñanza; y esta es la identidad de la escuela cristiana: la escuela cristiana está llamada a ser signo del Dios vivo en el mundo de la educación. El maestro cristiano está para ser signo del Dios vivo en la escuela cristiana».
Para Abilio este punto es fundamental, me atrevería a decir nuclear, en la exposición y en la comprensión de su pensamiento. No hay realidad mayor que reconocer tu compromiso bautismal. No hay realidad mayor que llegar a reconocer en tu compromiso bautismal la responsabilidad de remitir al significado, Dios, desde la realidad significante. Y esta realidad significante se manifestará a través de la materialidad con la que lo represente: el amor, la razón y la libertad.
Un amor que remita a Dios. Dios es amor, y no cabe más remitente que su propio significado. Una razón que remita a Dios. La escuela como espacio de su cultivo, de su desarrollo, de su esplendor.
Una libertad que remita a Dios. Que nos lleve hacia él. Que el ejercicio de la propia libertad sea para donarla desde la libertad entregada, al estilo de san Ignacio: «Tomad, Señor y recibid, toda mi libertad…».
Educación personalizadora
En Abilio, como ya hemos visto, ser signo es ser remitente, no protagonista, no divo. El educador será un signo que lleve al significado. Como signo, dará claves de sentido que ofrezcan al educando hitos para reconocerse en la realidad. Una realidad que no será construida sino descubierta, revelada, para que el educando sepa cómo estar y cómo ser en el mundo en el que se encuentra. No es otra cosa que la persona pueda llegar a ser plenamente persona. Será un camino de conocimiento personal (realidad biológica), conocimiento existencial (realidad psicosocial) y conocimiento extra personal (realidad trascendente). Es lo que pretende la denominada por Abilio como educación personalizadora: personaliza, hace de la persona una persona plena sin reducirla a un ámbito único. La lleva en ascenso, la corona en valor, la dignifica.
Porque una educación cristiana a lo que debería llevar es a una pregunta personal, de situación consciente de la vida, a dignificarnos en el significado que nos ha sido otorgado: «En sus Ejercicios, san Ignacio nos pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué quiere Dios que yo haga con mi vida? Mientras no se responda a estas preguntas, lo otro, lo de ser maestro adolecerá de los defectos que vienen de atrás».
[1] Encuentro en Salamanca de Abilio de Gregorio con estudiantes de Magisterio y maestros noveles, 14 de abril del 2018.







