Las estructuras sólo se reforman si se cambia al hombre. Esto es lo verdaderamente difícil y lo único decisivo a la larga. Sólo se logra con decenios consagrados pacientemente a la formación de los hombres en lucha constante contra egoísmos y concupiscencias. Si se consigue clarificar el manantial, las aguas del río se purificarán. Pero hay que saber esperar y no dejarse llevar de la prisa loca que a todos nos contagia el mundo de vértigo en que vivimos, ni de la vanidad en lograr éxitos aparatosos que tanto nos halagan al sentirnos admirados o envidiados por los demás.
Conocidas de todos son las consignas radicalistas de Unamuno, directamente heredadas de Giner: «No quieras influir en el ambiente, ni en eso que llaman señalar rumbos a la sociedad […] Coge a cada uno, si puedes por separado, y a solas en su camarín, inquiétalo por dentro […] Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad». Sabía que, cuando se cambia la estructura de un corazón humano, se cambia un poco de la estructura del mundo.
El fundador de la Institución Libre de Enseñanza, en quien Unamuno admiraba el modo como «confesaba» a la juventud, forjó así una serie de hombres que para cambiar las estructuras saltaron —sin que él lo pudiese evitar y quizá deseándolo en el fondo de su ser—, a todos los planos de la vida nacional. A Giner de los Ríos no le interesaba ni la revolución desde arriba, ni desde abajo. Se dedicó durante casi medio siglo (1867-1915) a «hacer hombres». Y con ello inició una verdadera revolución, un auténtico cambio de estructuras. Una revolución que, del área de la pedagogía y la educación en todos sus grados, irradió triunfante a la calle, de la cátedra pasó a la política, a la literatura, a la prensa.
Unamuno o Giner no hacían más que seguir, quizá sin saberlo, la línea de fondo de la pedagogía cristiana. Al destacar la dignidad de cada persona humana, se aleja de los colectivismos totalitarios del humanismo ateo, que deseando divinizar al hombre acaban deshumanizándole. Al mismo tiempo, esa pedagogía descubre en el microcosmos que es el hombre el santuario de la creación visible, la fuente inagotable de vitalidad para la reforma de la sociedad.
Giner o Unamuno siguen, sin pretenderlo quizá, las huellas de san Agustín. «No pierdas tiempo andando fuera de ti. Regresa a ti mismo, pues la verdad vive en el corazón del hombre».
Una constante histórica no exenta de ironía aleccionadora. Los hombres que menos hablan, y aparentemente menos hacen por la reforma de las estructuras, y se dedican a fondo a forjar hombres, son los únicos que en realidad contribuyen con eficacia a cambiarlas. Es axioma de la historia, por lo menos desde los primeros cristianos. Podríamos citar al azar nombres españoles contemporáneos: Giner de los Ríos, Ángel Ayala, Josemaría Escrivá, P. Poveda, A. Manjón, Enrique de Ossó, y tantos sacerdotes o laicos que, en el mundo de la enseñanza, por ejemplo, o en el confesonario, han sido verdaderos educadores en sacrificada vida oculta. Las estructuras temporales no se transforman solas. Es el hombre quien las cambia.
P. Tomás Morales. Forja de hombres, 4ª edición, 1987. Extracto (pp. 293-296).






