La maternidad divina de María (y II)

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POR TOMÁS MORALES, SJ
(Extraído de Estrella del mar, 10-X-1941)

Una consecuencia
consoladora se desprende del dogma inefable de la maternidad divina. La Virgen,
precisamente por ser Madre de Dios, lo es también nuestra. San Agustín,
desentrañando el profundo contenido de una idea medular en la teología paulina,
exclama alborozado: “No solamente somos cristianos; somos Cristo mismo. Él
cabeza y nosotros miembros. Él y nosotros, el Cristo total.” La que es Madre de
la cabeza, lo es por el mismo título de los miembros de esa cabeza. La Madre de
Jesús es, pues, nuestra Madre. Madre nuestra desde aquel día venturoso en que
Jesús nos injertó a Él mediante su redención dolorosa, desde aquel instante
inolvidable en que las cumbres del Calvario escucharon emocionadas aquel Mulier,
ecce filius tuus
. Así, al pie de la Cruz, la Virgen es proclamada Madre de
todos los miembros del adorable Salvador agonizante, porque “con su amor nos ha
engendrado para Cristo, cooperata est caritate ut fideles in Ecclesia nascerentur
(san Agustín).
Oía
cantar un día santa Gertrudis aquellas palabras del Evangelio en que se designa
a Jesús como primogenitus Mariae Virginis. ¿No debió el evangelista, se
pregunta, llamarlo “unigénito de María”? Aún estaba absorta en la duda cuando
se le apa­rece la Reina de los Ángeles. “Jesús es primogénito mío. No
unigénito, porque después de mi dulce Hijo, o mejor dicho, en Él y por Él, os
he engendrado a todos en las entrañas de mi caridad. Y vosotros os habéis
convertido en hijos míos, en hermanos de Jesús.” ¡Hijos de María, hermanos de
Jesús: feliz condición la nuestra!
 * * *
Vivir en su vida espiritual esta suave maternidad divina debe ser
la línea de conducta que se trace todo congregante. Línea siempre en atrevida
curva ascensional que le aproxime cada vez más a Jesucristo, hasta “injertarlo”
en Él, hasta “revestirse” de Él con mayor perfección. Línea que no se detenga
hasta lograr la “medida de la edad perfecta según Cristo”. Y para ello,
confianza inquebrantable en el amor maternal de la Virgen, seguid el consejo de
san Francisco de Sales, “como hijuelos suyos, echaos en su regazo en todo
tiempo y ocasión con firmísima esperanza”.
Repetid
en estos días, con entrañable devoción, aquella súplica tiernísima que conmovía
íntimamente la virilidad de aquel hombre de hierro que se llamó Ignacio de
Loyola. Al acercarse el gran día de su primera misa se dirigía suplicante a la
Señora “pidiendo a la Madre que me ponga con el Hijo”. Y la Virgen Madre oirá
vuestra plegaria, como escuchó la suya. Ella os pondrá muy cerca del Corazón de
su divino Hijo. Al oír sus incesantes latidos de amor, os encenderéis en santo
celo. Y sintiendo arder en vuestras almas la llama devoradora de la mayor
gloria de Dios, os lanzaréis a llenar en toda su plenitud esas “gigantescas
exigencias” del apostolado moderno, a que aludía recientemente Su Santidad Pío
XI.
Tomás Morales, SJ