La dignidad del trabajo en la era técnico-industrial

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Trabajadora en un horno de pan mostrando esfuerzo y dedicación en su labor diaria.
Una mujer trabajando en un horno de pan, símbolo del valor y la dignidad del trabajo humano.

Hora de los laicos, 2ª ed., extracto, pp. 336-341

¿Prevalecerá la máquina sobre el hombre, o el hombre sobre la máquina? El mundo tecnificado, en avance continuo, nos enfrenta con este acuciante y decisivo dilema. Adelantos insospechados que aceleran el progreso de la humanidad pueden aplastarla si el espíritu no los anima.

Transformación social

La era técnico-industrial en que vivimos arrastra transformaciones radicales en la sociedad. La presencia de la máquina en la agricultura o en la industria, no sólo modifica los sistemas tradicionales de trabajo, sino que cambia la vida del trabajador, su mentalidad y su psicología, su conciencia. Afecta también a la misma cultura de los pueblos, haciendo nacer un nuevo tipo de sociedad.

La organización científica del trabajo y las consiguientes cadenas de montaje acentúan la alienación del hombre que la máquina había iniciado, la imposibilidad de participar responsablemente en el trabajo que realiza. Por otra parte, la automatización basada en la electrónica e informática que en los últimos decenios invade la industria, no siempre está plenamente a favor del hombre.

Eficacia santificadora

La espiritualidad cristiana, a lo largo de los siglos, se parece a un río. En cada momento histórico fecunda y da fertilidad evangélica y sentido eterno a las realidades temporales. Vivimos hoy inmersos en la civilización laboral. En otros tiempos, unos pocos destacaban cabalgando sobre el trabajo de los demás. Esa estructura social, afortunadamente, ha desaparecido. La sociedad actual aprecia cada vez más al hombre que trabaja. Es un paso decisivo en el camino del progreso. Pero el hombre de hoy no acaba de descubrir el valor santificante y santificador del trabajo.

La tarea del laico está precisamente aquí. Ser luz del mundo (Mt 5,14), iluminar a todos con la vida y palabra, para que sepan elevar su esfuerzo al plano sobrenatural. Enseñarles a «amar a Dios con el sudor de la frente y el cansancio de los brazos» (S. Vicente de Paúl).

Al hombre de hoy, febrilmente entusiasmado con la revalorización del trabajo, hay que deslumbrarle con su eficacia santificadora. Hay que enseñarle a santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar con la profesión. Cualquier trabajo humano nos lleva a la perfección cristiana.

Trabajar bien, trabajar con alegría

¿Cómo comenzar? Muy sencillo. Cada cristiano debe hacer de su trabajo altar en que se inmola con y en Cristo.

¿Quieres santificar el trabajo? Primera condición: trabajar bien. El trabajo gota a gota es lo que cuenta. Trabajar mirando a Dios, que ha hecho del esfuerzo centinela de la virtud (Hesíodo); a Dios que concede al hombre el honor de hacerlo colaborador suyo en la perfección del mundo.

Segunda: trabajar con alegría. Demostrar a todos que, si el trabajo se hace con amor, no es carga, sino descanso; no condena, sino liberación; no derecho, sino deber.

Un refrán popular aconseja: trabaja con gusto, y acabarás sintiendo gusto por el trabajo. Si lo vives, te persuadirás con santa Teresa de que el amor hace descanso el trabajo. Darás la razón a san Agustín: no hay nada tan cansado, tan aburrido como no trabajar.

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