“Largo para facellas…”

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P. Tomás Morales SJ
San Juan de la Cruz escribía: «Luego que la persona sabe
lo que han dicho para su aprovechamiento, ya no ha menester oír ni hablar más,
sino obrarlo de veras, con silencio y cuidado, en humildad y caridad y
desprecio de sí, y no andar luego a buscar nuevas cosas, que no sirve sino de
satisfacer el apetito en lo de fuera y dejar el espíritu flaco y vacío sin
virtud interior».
Si sabiendo lo que tenemos que hacer, no lo hacemos por
pereza o cobardía, si encima nos entretenemos discutiendo lo que debería
hacerse, acabaremos no haciendo nada nunca. Por eso no hay que permitir al
joven que se entretenga en largas discusiones, sino obligarle a actuar, venciendo
dificultades, saboreando alegrías y cosechando experiencias que hagan cada vez
más fecunda su acción. Tiene que emular al Cid, «largo para facellas y corto para
narrallas». «Los jóvenes aquí tienen hoy muchas ganas de reunirse y hablar, pero
muy pocas de hacer», me decían unos sacerdotes en Alemania.
El pastor protestante Martín-Lutero King, Premio Nobel de
la Paz, en un sermón sobre el Buen Samaritano, apuntó con ironía y precisión
que tal vez una de las causas que impidieron al sacerdote y al levita detenerse
a socorrer al herido fue la prisa que llevaban porque tenían una ponencia en el
congreso convocado por la Asociación pro mejora del camino de Jericó para
limpiarlo de bandidos. Claro que eso es atacar el mal en su raíz, lograr que
esa ruta dejase de producir víctimas. La «Subida de la Sangre» así llamaban los
antiguos a aquel camino se vería libre de bandas de salteadores. Pero mientras
tanto, un hombre agonizaba en la cuneta, y nadie se paraba a socorrerle, porque
lo importante era reunirse, disertar sobre la reforma de las estructuras,
cambiar impresiones sobre la panorámica política, social, cultural,
económica…
Ante el sarampión de congresos, cursillos, reuniones,
equipos que nos ha atacado, esta ocurrencia colorista del campeón de la
integración racial puede actuar de lenitivo y rectificador. Nos hará aterrizar en
la realidad viva del actuar sin aplazamientos, haciendo algo que, aun cuando parezca
poco, es ya mucho, porque es todo lo que yo puedo hacer en lugar de hablar dejándome
llevar por la «reunionitis ». Si todos los que transitan por el camino de la
vida hacen algo, ayudan al samaritano, socorren al hermano maltrecho, acabaríamos
limpiándolo de malhechores. Es lo del refrán chino: si cada vecino barre su
puerta, toda la acera estará limpia. Traducido al lenguaje de hoy: si cada
hombre se transforma, se reformarían las estructuras.
(Laicos en Marcha)