Regenerar la política

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“La inmensa mayoría de los políticos son honrados y entregados a hacer el bien común”

Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad, educador y
exportavoz de educación del Partido Popular
Juan Antonio Gómez Trinidad, nacido en La Zarza, Badajoz
(España) en 1959, fue durante la última legislatura (2008-2012) portavoz de
educación del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.
Catedrático de Filosofía, lleva inmerso en el campo de la
enseñanza desde 1982. Ha sido Director General de Educación del gobierno de La Rioja
(España) durante una década (1998-2008) y posee la Cruz de Alfonso X el Sabio, concedida
por el Ministerio de Educación y Cultura.
En estos momentos en los que a los casos de corrupción
difundidos recientemente a través de los medios de comunicación les responde frecuentemente
una demonización generalizada que escarnece la actividad política como tal, y
hace pasar por sospechosos y hasta por miserables a hombres y mujeres que permanecen
en ella sirviendo de verdad al bien común, queremos traer a estas páginas a
alguien que conoce bien la vida pública, ha pensado la política y la ha
ejercido con responsabilidad e inteligencia. Y sigue siendo una persona muy
normal y cercana. Le hemos invitado a que ofrezca a nuestros lectores una
visión más profunda -y verdaderamente crítica- de la política y de la crisis
que en estos momentos atraviesa.
Los españoles
perciben a los partidos políticos entre los más graves problemas de la sociedad
española según reflejan las encuestas de forma creciente. ¿Cuál le parece el
motivo? ¿Lo considera justificado?
Creo que la preocupación es lógica al tener conocimiento del
mal uso que se ha realizado de la política en beneficio particular o del propio
partido por encima del interés común. Ahora bien, hay una cierta exageración
debido a la proliferación de noticias al respecto – el escándalo y el mal
siempre venden- y da la impresión injusta de que “todos son iguales”, lo cual
no es cierto. La inmensa mayoría de los políticos: concejales, alcaldes,
consejeros, diputados, etc. son honrados y entregados a hacer el bien común. En
muchos casos, además, sacrifican su vida personal y familiar.
Pero también, existe otro tipo de corrupción más
peligrosa y menos llamativa que no se percibe con tanta intensidad: la crisis
intelectual y moral de la clase política. A ella no van los mejores, ni los mejor
preparados, ni se eligen para los puestos de responsabilidad a los más idóneos,
sino a los mejor situados en la organización. En cierto sentido los partidos
son estructuras demasiado cerradas, oligárquicas, que en esa misma medida, han
dejado de cumplir con el papel que les otorga la Constitución.
En las
democracias mediáticas occidentales, los gabinetes de prospección parecen ejercer
de gurús y augures de los líderes políticos, ¿hay espacio posible hoy para los
grandes valores filosóficos o espirituales en la práctica política? ¿Por qué se
habla de relativismo?
De alguna forma, se ha perdido el norte y la política ha
dejado de ser el arte de gobernar buscando el bien común para todos, a ser una técnica
para alcanzar el poder y una vez conseguido, no perderlo. A partir de ahí, si
no existe un bien, unos ideales, ya todo depende de si es un instrumento eficaz
o no: el fin, conseguir el poder, justifica los medios. Se trata por tanto de
manejar los instrumentos para conocer qué es lo que se quiere oír, lo
políticamente correcto, de hacer promesas, o de conceder bienes y servicios sin
plantearse si son necesarios y, en segundo lugar, si se podrán pagar. Es el
imperio de los gurús demoscópicos, de los que generan o controlan la opinión, no
de los ideales.
En el fondo, el relativismo se convierte en un nuevo dogmatismo
donde lo que prima es la dictadura de lo políticamente correcto, lo que dictan
los nuevos sacerdotes del laicismo, donde se tolera todo menos la búsqueda de
la Verdad, la admisión de Verdades que están por encima del hombre y de las épocas.
No es de extrañar que haya surgido una nueva intolerancia con el cristianismo en
nombre de una supuesta tolerancia.
Platón,
Aristóteles etc. ya reflexionaron sobre los modos de corrupción de distintos modelos
de ejercicio del poder. ¿Sus reflexiones siguen teniendo actualidad?
La condición humana sigue siendo la misma, pero tal vez
hoy sepamos menos que entonces qué sea el hombre, cómo vivir en sociedad y cómo
regir la “polis”, es decir la ciudad, por extensión la sociedad en la que
vivimos. Hay que recordar que el hombre es para estos clásicos, un “animal
político”, necesita de la sociedad, de su organización para alcanzar su plenitud.
En este sentido, hoy perdido, la política es el medio ambiente natural sin la cual
el hombre no puede desarrollarse.
Por eso, estos pensadores, que asisten al nacimiento de la
primera democracia, saben que este sistema no es espontáneo, requiere de un
gran desarrollo cultural y moral por parte de todos los ciudadanos, pero,
especialmente, por parte de los dirigentes. De ahí que exijan, cualquiera que
sea la forma de gobierno, que los gobernantes tengan una gran preparación y
fortaleza, sobre todo moral. No deben olvidar que están al servicio de la
sociedad, y ambos, gobernantes y pueblo al servicio del bien común, que no es
necesariamente el bienestar.
Esto se ha olvidado y, sobre todo a partir de la
modernidad, se considera que no existe lo comunitario, sino como suma de
intereses individuales. No existe el bien, sino suma de votos. En su máxima
degradación se asimila el bien con lo que opina la mayoría, aunque ésta cometa barbaridades.
Por lo tanto, es el reino de la sofística, de intentar generar y manipular opiniones
mayoritarias, no verdaderas, puesto que la verdad en el espacio público parece
que ya no existe.
¿Los políticos
tienen una misión como ejemplos o referentes para el resto de la sociedad? ¿El
plus de poder debe ir ligado a un plus de responsabilidad, de honestidad y de
control?
El político tiene una misión de servicio a la sociedad y junto
al bienestar de los ciudadanos debe buscar lo que podíamos llamar el bien-ser.
Un clima moral donde el interés colectivo prime sobre lo particular, donde los
valores tales como la solidaridad se conjuguen con el esfuerzo, la libertad con
la responsabilidad, etc.
La crisis de la política tiene mucho que ver con la
crisis de valores en los hombres que se dedican a la actividad política. Han
estado más pendientes de la opinión que de lo verdadero, de la apariencia que
de la realidad. Han generado falsas expectativas, prometiendo lo que no podían
ni debían, supuestamente sin ninguna prestación a cambio por parte de los
ciudadanos, la entrega incondicionada del voto correspondiente.
Por el contrario, los auténticos políticos tienen una
función de liderazgo moral, una obligación de ejemplaridad pública y por lo
mismo, las malas prácticas o delitos, deben ser también castigados con una
dimensión ejemplarizante.
¿Tienen algo de
responsabilidad los ciudadanos de a pie en lo que está pasando, en esta crisis
generalizada de valores en la vida pública?
Creo que sí. La clase política es reflejo de la sociedad
a la que representa. Existe una responsabilidad personal y colectiva. Cuando en
una sociedad el fraude fiscal, el aprovecharse de lo público, sin aportar lo
necesario no es censurado socialmente, surge este tipo de políticos. Pero también
existe una responsabilidad colectiva y a veces los pueblos, las mayorías
enferman moralmente. No hay más que ver cómo hace 80 años Hitler llegó
democráticamente al poder. O por poner un ejemplo más próximo lo que ocurre con
elecciones recientes, tanto en países como Italia, como en ciertas autonomías donde
a pesar de la corrupción o del miedo, siguen siendo votados los mismos.
La política es
una actividad humana sujeta a las miserias de la condición humana. ¿Por dónde
puede plantearse una regeneración de la vida política y una recuperación del valor
social que le corresponde? ¿Qué le parece a este respecto el movimiento de ‘los
indignados’?
Indignados estamos todos por la forma de llevar la cosa pública,
por lo tanto no creo que sea una preocupación exclusiva de cierto movimiento que
tuvo mucho de mediático y poco de efectivo. Es bueno que los políticos vean que
los ciudadanos son conscientes del mal uso que están haciendo de la “cosa
pública”. Pero es más fácil, criticar y destruir que construir. Aquí es donde
no veo una propuesta sólida que vaya más allá de los tópicos.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que las
estructuras democráticas son producto de una evolución y un decantamiento de la
cultura occidental. En cierta medida, siempre incompleta, pero no se puede
atacar ni destruir esas formas que, aunque imperfectas, nos aseguran a todos un
nivel de libertad y desarrollo personal y social.
¿Los ciudadanos católicos pueden y deben ayudar, en su opinión,
a la regeneración de la política? ¿Qué aportaciones podrían -y deberían-
realizar?
Los cristianos tienen, más que nadie, la obligación de
transformar este mundo “de salvaje en humano, y de humano en divino”, por lo
tanto deben actuar en política. En sentido amplio cumpliendo con sus
obligaciones de ciudadanos, pagando los impuestos, obedeciendo la autoridad
legítimamente constituida, pero también generando estados de opinión críticos, pero
constructivos, revitalizando la sociedad a través de las diversas formas de participación,
siendo solidarios, generando riquezas, buscando mayores cotas de justicia social
etc.
Es decir, no se puede quedar en casa esperando a que pase
la tormenta. Y por último, algunos cristianos que se sientan llamados a la vocación
política deben responder a ella, máxime en una sociedad como la actual en la que
participar en política es, con frecuencia, sufrir incomprensiones, desprestigios
etc. Ninguna vocación auténtica deja de tener su parte de sacrificio, como
tampoco deja de tener su recompensa.
España tiene
problemas muy serios, por ejemplo el del empleo. ¿Se le ocurre alguna pista
para salir del laberinto de algunos de dichos problemas en el medio plazo?
No soy experto en economía, por lo tanto no puedo dar
consejos. Creo que se están sentando las bases para que sea posible la creación
de empleo en un futuro en la medida en que se está aumentando la productividad
y recortando los gastos superfluos e innecesarios que tenía no sólo la
administración pública sino el sistema productivo.
Como hombre dedicado a la educación creo que la situación
económica depende al final del capital humano, del número de efectivos que
tiene un país y del nivel de formación que tiene esos efectivos. Aquí es donde
está el verdadero problema de España: nos estamos descapitalizando. En primer
lugar por la pérdida demográfica en lo que algunos denominan el suicidio
demográfico de Europa. En segundo lugar por el fracaso escolar, el abandono
escolar altísimo – el doble del resto de Europa-, la escasez de alumnos
excelentes – también la mitad de la media europea-, y para colmo, los mejor
preparados se nos están marchando.
Creo que de la crisis económica saldremos antes o
después, con ayuda o sin ayuda del exterior, pero de la descapitalización del
talento que estamos sufriendo sólo podremos salir en la medida en que pongamos
los medios. En educación no podemos crear empleo, pero sí dar la
“empleabilidad”, esto es, la preparación adecuada para que cuando lo haya
trabajo, nuestros jóvenes sean competentes y competitivos, en un mundo laboral cada
vez más global.
Con la
experiencia que le otorga una dilatada experiencia profesional y el ejercicio
de diversos cargos políticos y de gestión, ¿cuál es la preparación que
considera ideal para los jóvenes con inquietudes políticas?
La primera es que se formen como cualquier profesional, que
sean ante todo, buenas personas y mejores profesionales. Es más yo creo que
quien se dedique a la política necesita una mayor preparación ética y moral.
No es cierto que la política corrompa, como no es cierto
que una maratón produzca infartos, pero si alguien sin preparación física se
atreve a correrla es muy probable que le dé un infarto. Del mismo modo, hay
muchos infartos morales e intelectuales en los políticos por falta de preparación.
En segundo lugar una buena preparación intelectual, la
cabeza bien amueblada para tener un conocimiento de la sociedad, de los principios
que la rigen, de la interdependencia entre las realidades sociales y en un mundo
global. Y por supuesto, una inquietud intelectual permanente en un mundo sujeto
a un cambio incesante y a gran velocidad. Una gran carga de sensibilidad y de
respeto consigo mismo, con la sociedad, con el medio ambiente, pensando en
global pero actuando localmente, para no evadirse en utopías estériles.
En tercer lugar una buena preparación técnica en el área que
más le atraiga. Personalmente creo que antes de dedicarse a la política “hay
que cotizar varios años en la seguridad social” y demostrar que se es buen profesional,
incluso que se tenga independencia económica fuera de la nómina del partido,
para tener independencia de criterio.