El agua que riega el bosque de la convivencia

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Ilustración de un bosque metafórico que representa la convivencia y la importancia del respeto como agua que lo nutre.
El agua que riega el bosque de la convivencia. Ilustración de José Miguel de la Peña

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Pasear por el bosque, sobre todo en otoño, es una de las actividades más placenteras y hermosas que aún tenemos a nuestro alcance. ¿Quién no disfruta de ese espectáculo de colores, de la serenidad y a la vez la fortaleza de la vida arraigada a través de los años? Sin embargo, a veces la mano del ser humano o la simple escasez de lluvia le roban al bosque parte de su encanto, su vitalidad y su utilidad.

Después de un paseo reciente, me asaltó la siguiente duda: ¿No se parece este bosque a nuestras propias vidas y a nuestra sociedad? Pensemos en el ambiente de nuestras relaciones: la convivencia familiar, el lugar de trabajo, las aulas o la crispación de la sociedad y la polarización de la política. En todos estos ecosistemas, se percibe una sequedad alarmante, un ambiente tóxico producido por la pérdida de algo esencial: el respeto.

Las quejas son unánimes. Los profesores nos dicen que dar clase es casi imposible sin un mínimo de respeto en el aula. Nuestros mayores lamentan la falta de consideración hacia ellos y los valores que cimentaron sus vidas. Si las calles, los parques y los monumentos pudieran hablar, clamarían contra la suciedad, los grafitis y el ruido excesivo. Si queremos una imagen clara de este deterioro, basta con encender la televisión y ver cinco minutos de cualquier debate parlamentario. Como decía el tango: «¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!».

La palabra respeto proviene del verbo latino respicio que significa volver a mirar, mirar con atención, examinar. No es una mirada superficial; es una mirada profunda que busca reconocer el valor auténtico de lo que se tiene enfrente. El respeto es, ante todo, un acto de reconocimiento.

Por lo tanto, respetar no es simplemente ser educado. Supone un conocimiento profundo, amable y correcto del valor de algo. Consiste en saber apreciar el valor de las cosas, de las instituciones y, lo más importante, de las personas. Estas últimas, solo por el hecho de existir, merecen respeto absoluto, especialmente los más vulnerables: los niños, los enfermos o los ancianos.

Pero el respeto va más allá del simple conocimiento; implica la voluntad de no herir, de honrar y de salvaguardar la dignidad ajena. No es un simple protocolo social, sino el acto de conocer, aceptar y querer el bien para un ser único, dotado de libertad y razón. Comporta el mínimo de amor que le debemos a otro ser humano por serlo, incluso cuando su conducta o sus ideas nos desagradan. Dado que todos somos personas, el respeto debe ser mutuo. El respeto es el pilar invisible de la convivencia humana. Si se pierde el respeto, se dinamita la posibilidad de vivir en paz.

El respeto es como el agua para las plantas, sin él la convivencia se marchita, se endurece y se vuelve árida. Donde hay respeto, las relaciones fluyen, la justicia brota y la convivencia es fructífera, sin necesidad de multiplicar leyes y sanciones. Por el contrario, cuanto menos respeto, más miedos, más leyes y más conflictos.

El respeto tiene al menos tres áreas vitales. El respeto a uno mismo es la primera de ellas. Este respeto nace al tomar conciencia de nuestro propio valor como persona. De ahí surge nuestro derecho a la autodefensa, a proteger nuestro honor y nuestra dignidad.

Sin respeto a sí mismo, es casi imposible respetar a los demás de forma genuina. No en vano el mandato evangélico: «Amarás al prójimo como a ti mismo» significa tratar a los demás con el mismo respeto, dignidad y cariño que uno se profesa a sí mismo.

Este respeto implica aceptarse con virtudes y defectos. No significa pactar con las debilidades —«Hay que quererse mucho, pero gustarse poco»—, sino llevar una vida íntegra, digna, actuando según la propia conciencia, sin ceder a presiones sociales o al egoísmo.

La segunda dimensión es el respeto a los demás. Respetamos al otro no por lo que tiene, representa o produce, sino por su núcleo íntimo: ser persona. Este valor es inalienable, independiente de su raza, estatus social o ideología. La regla de oro es infalible: «Trata a los demás como te gustaría ser tratado».

Esto implica reconocer su derecho a pensar y vivir de modo distinto. Ahora bien, respetar no significa estar de acuerdo y por tanto el respeto no anula la discrepancia. Y aquí es vital hacer una distinción: respetar no es lo mismo que tolerar.

Respetamos a la persona (al colega, al vecino, al familiar), porque su dignidad es innegociable. Toleramos sus ideas o acciones que no nos gustan, siempre que no crucen la línea roja de la ofensa o el daño.

La tolerancia es circunstancial, nos permite convivir con lo que nos desagrada. Sin embargo, cuando el respeto desaparece, la tolerancia o bien desaparece, o bien se convierte en indiferencia, y entonces el otro deja de importarnos.

La pérdida de respeto es a menudo fruto del escepticismo o del relativismo moral: si nada es verdad, todo vale. El permisivismo resultante —«todo está permitido»— imposibilita la transmisión de valores, incluyendo el valor de la persona.

Paradójicamente, la reacción a este relativismo ha dado lugar a movimientos como el denominado woke, que, en lugar de promover el respeto, a menudo cae en la cultura de la cancelación, sustituyendo un dogma por otro y boicoteando a quienes no siguen sus postulados.

El tercer ámbito es el respeto al legado recibido y a la naturaleza, que es expresión de un acto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador y de su amor a la humanidad (Benedicto XVI Caritas in veritate n.º 48). Esta visión trascendente aumenta el sentido de responsabilidad en el cuidado de la madre naturaleza. Nos implica en la conservación de esta a través de las medidas concretas como son el consumo moderado, el reciclaje, etc., pero, sobre todo, incita al conocimiento y la contemplación de la misma naturaleza como una obra de amor.

También abarca el respeto por el legado recibido: la cultura y el patrimonio. Estos no son propiedad nuestra, sino una herencia que, por respeto a quienes nos precedieron, debemos transmitir a las generaciones futuras.

Finalmente, para quienes tienen fe, el respeto alcanza una dimensión trascendente: la dignidad humana proviene de un acto de creación amorosa, sin la cual el hombre no sabe a dónde ir ni logra entender quién es (Caritas in veritate n.º 78). Chesterton lo dijo con brillantez: «Cuando se quita lo sobrenatural, lo que queda es lo antinatural». Es el anclaje más profundo de todo tipo de respeto.

En resumen: el respeto es un recordatorio constante de que no somos el centro del universo. Debemos cuidarnos a nosotros mismos, cuidar a los demás, a nuestro entorno y al legado cultural y social que hemos recibido. Al hacerlo, fortalecemos la convivencia, la justicia y la paz, bienes que solo se valoran cuando se pierden.

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