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La ventana del prisionero

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Pintura “El prisionero” de Yaroshenko que muestra a un hombre encarcelado mirando la luz que entra por una ventana.
“El prisionero”, Nikolai A. Yaroshenko, 1878.

Por José Alfredo Elía Marcos

¡Despierta hermano! ¡Por fin ha salido el sol! Abre los ojos, levántate de tu lecho y gózate del nuevo día que se nos ha regalado.

Esta mañana te propongo contemplar dos cuadros. El prisionero, del pintor ucraniano Nikolai A. Yaroshenko y Composición en amarillo, azul y rojo, del holandés Piet Mondrian. Toma asiento y ve.

El cuadro del hombre cautivo nos conmueve por las desdichadas condiciones en que se encuentra. Atrapado en su celda, este prójimo se halla recluido entre cuatro paredes, con la soledad, la oscuridad y la humedad como compañeras. Para él, los días se suceden pesarosos, inmovilizado por la pena. Como este convicto, miles de millones de almas nos sentimos identificados en algún momento de la vida. Sin posibilidad de escapar, el carcelero ya se ha encargado de dejarnos aislados de todo socorro. Hemos consumido todos nuestros recursos y nuestras fuerzas han llegado al límite. Después de intentarlo todo, nos encontramos exhaustos en lo más profundo de la mazmorra, sin auxilio, sin consuelo y sin un atisbo de esperanza.

Abajo, a su derecha, se encuentra el lecho, la tumba donde ha sido condenado a permanecer postrado. Pero un prodigio se efectúa a diario: cada mañana, nuestro prisionero despierta de su jergón y se incorpora. Su cama, desecha y aún caliente, es testigo de este instante. Todo su ser resucita de la sepultura para recibir al nuevo día. ¡Por fin, alguien se ha dignado visitar su mísera prisión! Por ello se incorpora. Necesita contemplar cómo un milagro matutino irrumpe, cual torrente de agua viva, a través del pequeño ventanal que corona su celda. Una lumbrera, un punto de fuga pictórico, una abertura a lo eterno, que permite a nuestro protagonista traspasar los límites de su estrecho mundo carcelario y ser verdaderamente libre. Esa grieta cuadrada de luz en el muro es el misterioso umbral que nos invita a viajar y trascender los límites de esta tierra, para ascender al cielo.

La mesa de la celda le ayuda a encaramarse. Previamente, ha debido ponerse de rodillas para ascender por ella y contemplar la maravilla del nuevo día. Allí arriba se manifiesta el origen donde mana el sentido de su existir. Su cuerpo se prepara para ingerir tan magnífico banquete: sus ojos se abren ante la luz de la nueva jornada, su rostro recibe los cálidos rayos del amanecer, sus pulmones aspiran el aire fresco de la mañana y sus oídos se deleitan con el alegre trinar de los pájaros de la aurora. Todos estos manjares —luz, calor, aire y melodía— componen la eucaristía restauradora que nuestra alma recluida necesita diariamente.

Enterrado en vida, el carcelero ha condenado al hombre y lo ha aislado en una cruel y oscura prisión. Además, para asegurarse la victoria, el señor de las tinieblas se ha preocupado de reforzar la clausura con gruesos barrotes de acero y ha tejido una tupida reja que desalienta toda confianza en la salvación.

Dirijamos la mirada ahora a la pintura de Piet Mondrian. Representante de la abstracción geométrica, este holandés dedicó su vida a reducir el espacio pictórico a los elementos más básicos: líneas verticales y horizontales, ilustradas únicamente con los tres colores primarios. Composición en amarillo, azul y rojo es una de las múltiples variaciones gráficas que realizó siguiendo este patrón. Para Mondrian, como para muchos pintores contemporáneos, un cuadro solo es un cuadro. No hay nada más allá de la superficie que encierran sus cuatro bordes. No hay profundidad ni perspectiva; no existen puntos de confluencia ni líneas de radiación. Arriba y abajo son términos intercambiables. En la abstracción no hay figura, ni fondo, ni elementos reales reconocibles.

Las vanguardias del siglo XX pretendieron crear un arte basado en la negación de lo trascendente. Para ellas la superficie de la pintura es un suelo plano, una tierra estéril sin ninguna referencia a lo eterno. Estas corrientes pictóricas son hijas de un tiempo que ha renunciado a reconocer un mundo invisible, creador y redentor, que sustente y de sentido a la existencia personal. ¿Pero la vida se reduce a cuatro paredes? ¿Acaso no hay algo más allá de los fríos grilletes de una cárcel?

Volvamos al arte de Yaroshenko. Regresemos al calabozo de nuestro hombre confinado. ¿Dónde descansa la esperanza de este hombre? Su ancla segura se encuentra en la firme convicción de que alguien ha pagado su rescate. Su nombre y sello están inscritos en forma de cruz en la ventana que se abre en lo alto de la clausura. Y su promesa de salvación se despliega como un auténtico documento notarial en la Biblia que descansa en la mesita. Pero para entender esto, debemos conocer un poco la historia de su alma.

Hace mucho tiempo, el carcelero aprovechó la oscuridad de la noche para secuestrar tu alma y la mía de la casa del padre. Como un ladrón en la noche, se introdujo por la alcoba sin permiso. Disfrazado, y actuando con trampas, engaños y mentiras, robó el tesoro más preciado de nuestra persona para confinarla en lo más profundo del presidio. Sus artimañas fueron la droga, el alcohol, la adicción, la bancarrota, la ruina, el desamor, el odio, la guerra… Su objetivo es destruir al hombre para engullirlo, destrozarlo y aniquilarlo.

Pero el prisionero se ha mantenido firme por años, en actitud de plegaria esperanzada. Y el padre no hace oídos sordos a su llamada de auxilio. Él ha salido de la casa para rescatar a su hijo amado, y su llegada es inminente. Pues bien, así como el maligno se valió de la noche para realizar su latrocinio, nuestro rescatador vendrá al despuntar el día para redimirnos. Traspasará los muros de nuestra prisión y nos liberará. Inundará la húmeda celda con el calor de su luz, y nos devolverá la alegría verdadera que sana el corazón. Toda deuda quedará perdonada y todos los cargos serán exonerados. Tras la oscura noche en reclusión, vendrá el amanecer salvador, repleto de verdadera Esperanza.

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