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Dios y el sufrimiento

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Ilustración sobre el sufrimiento y la cruz, que evoca la presencia de Dios que sostiene desde abajo el dolor humano según la teología de Balthasar
«Dios no está mirando desde arriba con desinterés; Dios está en el centro de la agonía, sosteniéndola desde abajo». Hans Urs von Balthasar

Por Sergio Vicente Burguillo

El domingo 18 de enero de 2026 se produjo una tragedia en Adamuz. Muchos se preguntan dónde está Dios. Por qué tanto sufrimiento (aparentemente) gratuito. Muchos se rebelan levantando sus puños al cielo. Pero tal vez Dios no esté allí arriba, sino debajo de nosotros, sosteniendo con la cruz nuestra debilidad. Quizá así podamos darle un sentido a tanto dolor.

El sufrimiento es, sin duda, la «roca del ateísmo». Ante el dolor de un niño, la enfermedad terminal o la injusticia estructural, las palabras suelen sonar huecas. Durante siglos, la filosofía ha intentado construir «teodiceas» —sistemas lógicos para defender la bondad de Dios frente a la existencia del mal—. Sin embargo, para el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, el sufrimiento no es un rompecabezas que resolver, sino un misterio en el que adentrarse. En su texto Dios y el sufrimiento, nos invita a pasar de la teoría a la contemplación de la cruz.

Balthasar comienza analizando cómo el ser humano, por sus propias fuerzas, intenta gestionar el dolor. Identifica tres actitudes recurrentes: el derrotismo, la rebelión y el activismo.

El derrotismo ve en el dolor un destino ciego frente al cual solo queda la resignación o la salida trágica del suicidio. Por otro lado, la rebelión (representada por figuras como Nietzsche o Freud) prefiere negar a Dios antes que aceptar a un creador que permite el calvario humano. Finalmente, el activismo moderno (marxismo, tecnocracia) busca eliminar el sufrimiento mediante el progreso político o médico. Aunque Balthasar valora el esfuerzo por aliviar el dolor, advierte que estas posturas a menudo olvidan al individuo concreto: se busca salvar a la humanidad en abstracto, pero se deja solo al hombre que sufre hoy.

Aquí otras filosofías que trataron el problema del mal, como la de Leibniz, se quedan cortas. Leibniz argumentaba que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que el mal es necesario para una armonía mayor que solo Dios comprende. Es difícil de comprender, sobre todo para quien está en una cama de hospital. Balthasar entiende que el corazón humano no busca una explicación lógica, sino una presencia.

La tradición cristiana, encabezada por san Agustín, definió el mal como privatio boni (privación del bien). Esta idea es intelectualmente sólida: el mal no fue creado por Dios, sino que es una ausencia de bien, como la sombra es ausencia de luz.

Sin embargo, Balthasar da un paso más allá de la metafísica. Aunque el mal sea una «nada», es una nada que muerde, que destruye y que desfigura la creación. Por eso, Dios no responde con un tratado filosófico. Responde con la Encarnación. Para Balthasar, Dios «se justifica» a sí mismo no explicando por qué permite el mal, sino bajando al abismo para compartirlo. El Dios cristiano no es el motor inmóvil de Aristóteles, impasible y lejano, sino un Dios que tiene entrañas de misericordia.

El núcleo de la propuesta de Balthasar es lo que la teología llama sustitución vicaria. En la Cruz, Jesucristo no solo siente «simpatía» por nosotros. Él, que es la inocencia misma, asume el lugar del culpable y del sufriente.

Balthasar profundiza en el grito de abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En ese momento, el Hijo de Dios experimenta la distancia máxima respecto al Padre. Cristo entra en la oscuridad más absoluta —el Sábado Santo— para que no haya ningún rincón del sufrimiento humano, ni siquiera el sentimiento de haber sido olvidado por Dios, donde él no esté presente. Jesús no solo soporta el mayor dolor físico posible (el tormento de la Cruz), sino sobre todo el mayor sufrimiento espiritual que podamos imaginar: el abandono de Dios, la separación del que vive en comunión con él. El desgarro profundo del alma. La soledad radical. El infierno.

Esto cambia la estructura del dolor. Ya no es una vía muerta. Al ser asumido por Cristo, el sufrimiento se convierte en una acción. Balthasar utiliza la imagen del grano de trigo: el sufrimiento aceptado por amor se vuelve productivo. Ya no es algo que simplemente nos pasa (pasividad), sino algo que ofrecemos (actividad redentora).

Otra gran aportación de este texto de Balthasar es su visión trinitaria: el mundo no está fuera de Dios, sino que la creación entera existe dentro del ámbito del amor de Dios. Por lo tanto, cuando el hombre sufre, ese sufrimiento repercute en el corazón de la Trinidad.

Esto no significa que Dios sea imperfecto o que cambie, sino que Su amor es tan grande que incluye la capacidad de sufrir con su criatura. Todos los puños levantados contra el cielo apuntan en la dirección equivocada: Dios no está mirando desde arriba con desinterés; Dios está en el centro de la agonía, sosteniéndola desde abajo.

¿Qué significa esto para nosotros hoy? En una sociedad que rinde culto al éxito y al bienestar inmediato, el mensaje de Balthasar es un recordatorio de la fecundidad oculta de la cruz.

La respuesta cristiana al problema del mal no es una frase hecha, sino una persona. El mal sigue siendo un misterio doloroso, pero ya no es un misterio solitario. Al final de los tiempos, la resurrección no borrará las cicatrices de la historia; al igual que el Cristo resucitado mostró sus llagas a Tomás, nuestro sufrimiento será transfigurado, no eliminado, revelando que cada lágrima fue recogida por un Dios que decidió que no sufriéramos nunca más sin él.

Para el cristiano, sufrir no es caer en el vacío, sino caer en las manos del Dios que, en Cristo, cayó primero.

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