
Por José Manuel Secades
La pasión, muerte y resurrección de Jesús es el acontecimiento cumbre de la humanidad —Dios que sufre, muere y resucita— y Dios tuvo interés en dejarnos constancia de él para que veamos que su pasión fue cruelísima y real, como indican los Evangelios.
Los cristianos creemos en Dios porque él se ha revelado durante siglos, como recoge la Biblia y porque existe este mundo inmenso y maravilloso que solo puede ser obra de un Dios. Y creemos en Jesucristo porque nos lo dicen los Evangelios, porque también lo recogen libros históricos de la época, y porque su obra perdura en la Iglesia.
Pero si Jesús se hizo hombre y vivió en la tierra unos años, en una época determinada, es lógico que también pueda haber restos arqueológicos que den testimonios de su existencia. De san Pedro y san Pablo se conservan sus restos en Roma. Los de san Pedro, bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro (documentados históricamente y datados arqueológicamente), y los de san Pablo, en la basílica que lleva su nombre (igualmente documentados y estudiados).
De Jesús no se conservan sus restos… porque resucitó, pero nos dejó una foto de su figura que es, además, una prueba detallada de su pasión y de su resurrección. Y tiene unas características tan especiales que solo se han podido ver y estudiar con los medios científicos del siglo XX.
La Sábana Santa es un documento impresionante que muestra, punto por punto, los tormentos de la pasión con precisión y realismo, según se relata en los Evangelios. Tiene unas propiedades únicas: el material de que está hecha, la figura grabada en ella, la técnica de impresión, completamente desconocida, el polen que tiene, el tipo de sangre que la impregna, la imagen tridimensional y negativo fotográfico, las huellas de espinas clavadas en su cabeza, los múltiples hematomas en todo el cuerpo, las marcas en sus manos y pies, la nariz rota… todo esto, contrastado con el relato evangélico, deja pocas dudas sobre la identidad de la persona que fue envuelta en la sábana. Y respalda un dogma de fe: que Cristo resucitó.
Además, podemos acercarnos a esta divina reliquia no solo con mentalidad científica, sino con corazón de creyente, enamorado del amor que se nos manifiesta también como un «quinto evangelio».
Miramos sus manos y pies clavados brutalmente, y comprendemos que no puede ni quiere alejarse de nosotros.
Imaginamos la corona de espinas que le atormentó y prometemos combatir nuestro orgullo y suficiencia.
La herida de su costado nos recuerda que tenemos la puerta abierta para entrar en su corazón.
Contemplar las innumerables marcas en todo su cuerpo, producto de una flagelación cruel e ilimitada, denuncia nuestro amor al placer, a la comodidad y a la sensualidad.
Finalmente, mirarle clavado en la Cruz nos recuerda que su amor por nosotros no se detuvo ante los más horribles sufrimientos ni ante la muerte.
Que la contemplación de este Lienzo, libro abierto de los sufrimientos de Cristo por nosotros, nos ayude a corresponder con nuestra vida, a visitarle en el sagrario con frecuencia, y a participar en la misa —prolongación de ese sacrificio— no solo los domingos, sino también a diario.
Para ampliar información buscar en Internet: «La Sábana Santa: por fin todo al descubierto».






