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Gaudí, ante la mirada de Benedicto XVI

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Foto de la fachada del Nacimiento del templo de la Sagrada Familia de Barcelona.
La fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia, consagrada por Benedicto XVI en noviembre de 2010.

En la construcción del templo de la Sagrada Familia hay un crucial momento de inflexión: la consagración como basílica menor, el 7 de noviembre de 2010, por el papa Benedicto XVI. Fue un hito histórico para el templo inacabado. Tanto en la homilía de la celebración como en sus declaraciones posteriores en el avión, el pontífice puso ante la mirada del mundo, con reflexión admirable, la figura del genial arquitecto de Dios y el sentido esencial de su obra maestra. Merece la pena por ello ceder el protagonismo a sus palabras.

En la homilía, Benedicto XVI evocaba «la iniciativa de la Asociación de amigos de San José, quienes quisieron dedicar el templo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret».

La gran necesidad del hombre

Centrándose en el templo concebido por Gaudí, afirmaba el pontífice con palabras inigualables:

«…Recordamos, sobre todo, al que fue alma y artífice de este proyecto: a Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano consecuente, con la antorcha de su fe ardiendo hasta el término de su vida, vivida en dignidad y austeridad absoluta (…)».

¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. La obra es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.

En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia.

Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza.

Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.

Pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre».

El misterio de Nazaret y el encuentro entre Dios y el hombre

Durante el viaje que le llevaba a Santiago de Compostela, a las preguntas formuladas por los periodistas, comentaba:

«En la visión de Gaudí, percibo sobre todo tres elementos: El primero es la síntesis entre continuidad y novedad, tradición y creatividad. Gaudí tuvo la valentía de insertarse en la gran tradición de las catedrales, de atreverse en su siglo, con una visión totalmente nueva. Presenta esta catedral como lugar del encuentro entre Dios y el hombre en una gran solemnidad. Tiene la valentía de estar en la tradición, pero con una creatividad nueva, que renueva la tradición y demuestra así la unidad y el progreso de la historia.

»En segundo lugar, Gaudí buscaba este trinomio: libro de la naturaleza, libro de la Escritura, libro de la liturgia. Y esta síntesis es precisamente hoy muy importante. En la liturgia, la Escritura se hace presente, se convierte en realidad hoy, no es una Escritura de hace dos mil años, sino que debe ser celebrada, realizada. En la celebración de la Escritura habla la creación, y lo creado encuentra su verdadera respuesta.

»Finalmente hay un tercer punto: esta catedral nació por una devoción típica del siglo XIX: san José, la Sagrada Familia de Nazaret, el misterio de Nazaret, pero esta devoción de ayer es de grandísima actualidad, porque el problema de la familia, de la renovación de la familia como célula fundamental de la sociedad, es el gran tema de hoy».

En un prodigio de hondura y actualidad, Benedicto XVI mostraba la talla humana y espiritual del hoy venerable Antoni Gaudí, patente en la belleza y majestad de la Sagrada Familia, expresión de su rica vida interior.

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