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Gaudí y la catedral del siglo XXI: orgullo universal, genio español y personalidad controvertida

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Vista de las bóvedas del interior del templo de la Sagrada Familia, diseñadas por Antoni Gaudí, con su característica geometría hiperbólica
Las impresionantes bóvedas del interior de la Sagrada Familia, símbolo del genio arquitectónico de Gaudí.

Por Xavier Chérrez Bermejo, Arquitecto. Texas (EE. UU.)

En este año en que se conmemora el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, resulta oportuno y necesario reivindicar lo que su figura representa: una de las mayores cumbres de la arquitectura universal nacida en España.

En el contexto del «Año Gaudí», con la visita oficial del papa León XIV a Barcelona y en las expectativas de su próxima beatificación, su obra se presenta no sólo como un hito artístico y espiritual, sino también como motivo de reflexión nacional: en él confluyen la hispanidad, la tradición constructiva de templos y, lamentablemente, el desprecio de los suyos.

Introduzco esta premisa porque sostengo que conviene ensanchar la comprensión del personaje mencionando su hispanidad, su tradicionalismo y el hondo desprecio de algunos de sus colegas.

Antoni Gaudí, expresión de hispanidad

Fuera de España deja atónito a cualquiera escuchar que el español como lengua está prohibida en muchos ámbitos de nuestro territorio, y escuchar que el concepto de España como nación está proscrito en muchos ámbitos.

La obra de Gaudí es expresión de la tradición española, de una civilización hispana que empezó su andadura, con cuño de unidad, en torno al año 589 de nuestra era y cuya evolución se asocia a la extensión de la catolicidad en todo el planeta.

La Sagrada Familia, la obra más representativa de Gaudí, ha invertido el sentido, pero no la dirección. Es paradójico, y revelador que, ahora que no es España quien sale al mundo a extender la catolicidad, es el mundo quien viene a España a visitar un templo católico.

Antoni Gaudí, continuidad de la tradición

Antoni Gaudí no fue un extraterrestre que llegó a Reus en un meteorito. Fue un español singular que surfeó su tiempo impulsado por una herencia y tradición milenaria, y con un entusiasmo extraordinario.

Se dice que la Sagrada Familia es una obra personalísima del genio de Gaudí. Encuentro más adecuado considerar que es una obra ante todo tradicional y que el genio de Antoni Gaudí en ella fue, ante todo, saber vaciarse de sí mismo e intentar desaparecer de su obra, huyendo del personalismo o del concepto de estilo propio.

Inevitablemente, obviamente, se le reconoce en la Sagrada Familia. Pero es más por su acento que por su gramática… esbozando una analogía entre el lenguaje arquitectónico y el habla.

El mejor gótico ofrecía la adición de complejos sistemas de contrafuertes y arbotantes para sostener el conjunto y permitir la entrada de luz natural. Gaudí tomó lo que la tradición constructiva de templos le entregó para construir en altura, y lo desarrolló llegando a una solución visualmente distinta, y más eficaz técnicamente.

Es decir, fue, a mi modo de entender, estrictamente tradicional: tomó lo heredado, e introdujo unas mejoras técnicas deseables y posibles. No pertenece a una «tradición como folclore», mal entendido, sino a una raigambre, bien entendida, que mantiene vínculos con lo tradicional.

Y lo logró con gran éxito. Gaudí encontró una técnica para dar un gran salto y con ello aportar a la tradición un resultado visiblemente innovador.

Pero pesa más lo prestado que lo innovado, aun siendo esto último mucho, valiosísimo y genial. Inspirado en las leyes naturales conceptualizadas por la física general, que él explicaba usando una referencia a los árboles, ingenió un sistema estructural en el que las cargas se distribuyen de manera análoga a un patrón más directo, de ahí viene la analogía orgánica, permitiendo prescindir de arbotantes y contrafuertes.

Antoni Gaudí y el desprecio

No es una exageración afirmar que desde el punto de vista técnico la Sagrada Familia deja atrás a las grandes catedrales góticas. Lo que durante siglos fue considerado el culmen de la ingeniería medieval fue reinterpretado y superado por este arquitecto que, con intuición y rigor, abrió un camino nuevo para la construcción de templos o de estructuras análogas.

En el entramado del espacio-tiempo en el que se desarrolla nuestra existencia terrena, esta obra mantiene el interés del mundo. Todos los años miles de personas de todos los rincones del planeta acuden a visitarlo para tener y llevarse su propia «sensación». No quiero extenderme en una crítica fácil y falaz del consumismo de sensaciones. Al contrario, me alegra que personas de distintas culturas y religiones se sientan atraídas. La Sagrada Familia es más un acontecimiento en desarrollo que un edificio. Arquitectura como vehículo de expresión del Espíritu, aquí y ahora.

Pero hay algo aún más fascinante: el espíritu que anima la obra.

Durante las últimas décadas se ha manifestado con fuerza un intento de dar a la Iglesia católica por moribunda o en cuidados paliativos… transmitiendo la sensación de que significó algo, pero destinado al rincón de las antigüedades.

Las ideas de que la Iglesia católica cumplió ya su función en la historia cambiarían el significado de toda la herencia arquitectónica recibida al convertirla en arqueología con valor histórico, pero sin significado o mensaje vivo para la humanidad.

Tuvo su momento de gloria. Pero… Antoni Gaudí no pensaba así, y las multitudes que lo admiran tampoco.

Por ello, quizás no sorprenda al lector que sigue siendo el arquitecto español más internacionalmente conocido, a pesar de los esfuerzos de muchos de sus colegas y compatriotas contemporáneos de olvidarle.

No es un arquitecto que se estudie con el valor que le corresponde en las escuelas de arquitectura de España. He asistido a conferencias y reuniones donde ilustres colegas han manifestado sin ningún rubor su íntimo deseo de ver cómo la Sagrada Familia colapsa: «Ojalá se venga abajo y deje de acaparar atención, alterar el tráfico o provocar polvo en las calles adyacentes. Quizás con las obras del metro, que pasará cerca, tendremos esa suerte»…

Quizás no sea casualidad que precisamente en la gran ciudad más islamizada de España se levante un edificio en piedra con un mensaje esculpido para perdurar en sus fachadas enfrentando el racionalismo, el islam, el protestantismo… y toda ideología.

Todo un acontecimiento políticamente incorrecto para propios y extraños. Antoni Gaudí sienta cátedra en Barcelona, «sin catedral».

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