Por José Manuel Almuzara.
Arquitecto y gaudinólogo. Presidente de la Asociación Probeatificación de Antoni Gaudí.
El Vaticano ha certificado que Gaudí no solo fue un arquitecto genial, sino que también fue un cristiano consecuente, en una vida de amor y sacrificio, de identificación con la voluntad divina, amando el trabajo bien hecho, su familia, colaboradores y operarios, sintiéndose un instrumento con unos dones al servicio de Dios y de los hombres.
Me gusta resumirlo con palabras de Benedicto XVI: «…hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como belleza».
Gaudí va camino hacia la santidad, de siervo de Dios ha pasado a ser venerable (no puede recibir culto público) paso previo a ser declarado beato, para lo cual se requiere reconocer un milagro.
El proceso de canonización ha sido impulsado desde cero por la Asociación Probeatificación de Antoni Gaudí desde el 10 de junio de 1992. Esta es una asociación de laicos, de la que soy presidente desde entonces. Desde el 4 de diciembre de 2023 la parte actora es la Asociación Canónica Procanonización de Antoni Gaudí, dependiente del arzobispado de Barcelona.
Queridos lectores, me presento: soy José Manuel Almuzara Pérez, arquitecto licenciado en Barcelona en 1977; ejerciendo la profesión de manera autónoma, simultaneándola durante diez años con la enseñanza. Nunca he sido asalariado de la Sagrada Familia, solo un instrumento en la divulgación del templo y de Gaudí.
Estoy jubilado y me dedico totalmente a la difusión de la vida y obra de Gaudí a través de entrevistas, conferencias, videos, etc. Y desde 19 de marzo divulgo y presento mi ensayo Gaudí, el arquitecto del alma.
Con este ensayo quiero dar a conocer de una forma personal y reflexiva, subjetiva, al hombre, arquitecto y cristiano Gaudí, invitando al lector a la reflexión, compartiendo historias, sentimientos, opiniones, con argumentos y justificaciones que puedan ayudar a dar respuestas a nuestros ¿por qué? y ¿para qué?
—A GAUDÍ HOMBRE, como modelo de vida, con alegrías y tristezas, con victorias y derrotas, con amor y sacrificio, que se esforzó en cumplir con sus circunstancias familiares, sociales y de relaciones humanas y profesionales.
—A GAUDÍ ARQUITECTO, como genio, pionero en aplicar las leyes de la naturaleza a su arquitectura, precursor de la sostenibilidad y del reciclaje, defensor del amor al trabajo individual y en equipo, fruto de la colaboración.
—A GAUDÍ CRISTIANO, como instrumento que puso sus dones al servicio de Dios y de los hombres, con caridad, misericordia y humildad; necesitado de las prácticas religiosas para ganar las batallas de la vida.
En estos más de treinta años difundiendo a Gaudí de una manera especial, desde la Asociación Probeatificación, y cincuenta desde que conocí a dos arquitectos encargados del proyecto y de las obras de la Sagrada Familia, discípulos de Gaudí, profundizando en la arquitectura y el simbolismo, solo tengo que agradecer, y mucho, a Dios y a ella, María, tener encuentros con tantas personas del mundo con los que, compartiendo a Gaudí, he aprendido a mirar para aprender a vivir, a tener capacidad de asombro, a luchar por la disminución del yo, a seguir adelante.
Despierte de su tibieza los corazones adormecidos…
Ha merecido la pena, y en este año centenario de la muerte de Gaudí, con multitud de actos, de publicaciones, de exposiciones, etc., destacando la visita del papa León XIV para inaugurar y bendecir la torre dedicada a Jesucristo, una vez más aprovecho el acontecimiento para recordar el Acta de la primera piedra (19 de marzo de 1882), en donde se describe claramente el fin para el que se construye, o debería construirse, más allá de cifras, de visitantes, de dimensiones, de millones recaudados, etc.
En el epílogo de la parte del libro que publicamos, titulado Hacia la beatificación de Antoni Gaudí, desde 1992, destacaba con dos escritos la importancia de la santidad, de tener santos como modelos.
¿Por qué la santidad?
«La verdadera historia de la humanidad —enseñaba el papa Juan Pablo II— se identifica con la historia de la santidad […]; los santos y los beatos se nos presentan como testigos, es decir, como personas que, confesando a Cristo, su persona y su doctrina, han dado lugar a una manifestación sólida, concreta y creíble de una de las notas esenciales de la Iglesia, que es precisamente la santidad.
»Sin ese testimonio continuo, la doctrina religiosa y moral predicada por la Iglesia correría el peligro de confundirse con una ideología meramente humana, siendo como es doctrina de vida, es decir, aplicable y traducible a la vida; doctrina que ha de ser vivida según el ejemplo de Jesucristo, que proclama: “Yo soy la vida” (Jn 14,8) y afirma que ha venido para dar esa vida y darla en abundancia (cfr. ibid.,10,10).
»La santidad, no como ideal teórico, sino como camino que se ha de recorrer en seguimiento fiel de Cristo, es una exigencia particularmente urgente de nuestro tiempo…». (Juan Pablo II, 15-II-1992. Insegnamenti, 1992. p. 304-305)
«En los inicios del tercer milenio —dice el sacerdote D. Manuel J. Cociña y Abella— la humanidad se abre paso expectante entre las brumas amenazadoras del terrorismo internacional, la sobreabundancia de corrupción, el crecimiento de la marginación y otros múltiples peligros que acechan a la vida y a la dignidad humana.
»Al mismo tiempo, hay un fuerte rebrotar de sentimientos de solidaridad, de anhelos de paz, y un firme compromiso, que anida en muchos corazones, de buscar sinceramente la justicia.
»Para que la luz disipe, como deseamos, la densidad de las nubes, necesitamos modelos de conducta que tengan la suficiente capacidad de arrastre para conducirnos a ese auténtico progreso humano, que, por serlo verdaderamente, nos acerque a Dios».
Desde una perspectiva cristiana, esos modelos que buscamos son los santos. Los santos son quienes han entendido de una manera más radical la idea de libertad. Y Gaudí es un modelo.
Gaudí fue un hombre que consagró su vida y su obra a la exaltación de la fe, que dio ejemplo en el día a día de su vida y que dejó impronta de eternidad en sus obras. Merece ser expuesto a los fieles como ejemplo y a los no fieles como tema de reflexión.
Contemplativo en la acción
Gaudí era un enamorado de su trabajo, con una exigencia personal creciente que transmitía a sus colaboradores, buscaba la perfección, la belleza, la colaboración con el Creador. En una palabra, la gloria de Dios.
Dirigía todos los trabajos personalmente, hasta las maniobras del peonaje. Sus métodos de organización despertaron curiosidad y los colegas de la ciudad empezaron a criticarlo y a verlo como «deseoso de singularizarse». Algunos de estos colegas enviaban a sus encargados de obras a la Sagrada Familia a trabajar de incógnito para Gaudí y finalmente decidían quedarse con él, otros se despedían de sus constructoras y pedían trabajo a Gaudí para aprender, deseosos de perfeccionarse profesionalmente.
«El trabajo —comentaba— es fruto de la colaboración, y esta solo puede basarse en el amor. El arquitecto ha de saber aprovechar lo que saben hacer y lo que pueden hacer los operarios. Se ha de aprovechar la cualidad preeminente de cada uno. Esto es integrar, sumar todos los esfuerzos y tenderles la mano cuando se encallen; así trabajan a gusto y con la seguridad que da la plena confianza en el organizador. Además, hay que recordar que no hay nadie inútil, todos sirven (aunque no todos con la misma capacidad); la cuestión es encontrar para qué sirve cada uno».
Gaudí se ocupaba de sus obreros, tanto en su aspecto profesional, como en su vida personal: «Rogaba a Raimundo: “¡Cuídate!, hazme caso. Aún estás a tiempo. Deberías hacer un poco más de ejercicio: andar. Y poner freno en el comer, con un poco de régimen. Piensa que, si no tienes prudencia, ¡estallarás!”».
Su costumbre de intervenir personalmente en los trabajos lo ponía en contacto, necesariamente, con todo el personal. «Esto lo podrá hacer José, que tiene paciencia» —decía. «¡Que lo haga Andrés, que tiene más estatura y le será más fácil!».
Gaudí practicaba y defendía el sacrificio:
«La vida es amor y el amor es sacrificio. El sacrificio es lo único realmente fructífero. La causa del avance espiritual y material de las órdenes religiosas, de los hogares, es que se sacrifican todos sus miembros en bien del conjunto».
«El ejercicio corporal, la sobriedad en comer, beber y dormir son mortificaciones del cuerpo que combaten eficazmente la lujuria, la pereza, la embriaguez…».
Gaudí practicaba las virtudes y la vida de piedad.
«La vida es una batalla, para combatir se necesita fuerza y la fuerza es la virtud, que solo se sostiene y aumenta con el cultivo espiritual, esto es, con las prácticas religiosas». Por tanto, como conocedor de esta realidad, frecuenta los sacramentos, tiene dirección espiritual, reza el rosario, lee el evangelio, visita a los enfermos, da limosna, se somete a severas penitencias.
Fruto de un crecimiento exterior (mayor experiencia profesional, mayor conocimiento de la técnica y de los materiales) e interior (mayor relación personal con Dios), imprime en sus obras un carácter especial, llamativo, que ha atraído y atrae la atención de muchos, la unión entre arquitectura y amor.
El arquitecto Joan Bergós Massó, colaborador de Gaudí, comenta en su libro Gaudí, el hombre y la obra: «Los últimos diez años de su vida Gaudí vivía exclusivamente dedicado al Templo de la Sagrada Familia. Su vida es plenamente ascética, su piedad está al borde del misticismo y su producción traspasa los límites de la más elevada arquitectura, llevado por una creciente exaltación lírica. Se complace con el acabado policromado del primer campanario y me lo muestra diciendo: “¡Mire este remate…! ¿No es cierto que parece que una la tierra con el cielo? ¡Este resplandor de los mosaicos es lo primero que verán los navegantes al llegar a Barcelona: será una radiante bienvenida!”».
Y más adelante escribe: «En su plenitud encuentra aquel sentido de infancia que pide el evangelio. Una noche se me acercó diciendo: “Me voy a la iglesia de la Merced, a decirle unas cuantas cosas a la Virgen”».
La verdadera medida del hombre
En estos momentos tan necesitados de paz, de esperanza, recuerdo unas palabras del papa Benedicto XVI en la consagración de la Basílica de la Sagrada Familia, en su homilía del 7 de noviembre de 2010:
«Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Esa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado.
»Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios, ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la verdad y la belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: “Un templo es la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre”».







