
¿Qué tipo de persona quieres llegar a ser? En el afanoso quehacer educativo, esta pregunta ayuda a iluminar el día a día. Nuestra propia vida es, en el fondo, una aventura educativa que nos acompaña de principio a fin. La versión más íntima de esa pregunta puede formularse así: ¿cómo quiero que me recuerden cuando ya no esté en este mundo?
Este interrogante me asalta especialmente cuando asisto al funeral de conocidos, amigos, maestros, etc. Todos ellos despiertan en mí un deseo de emulación por lo que lograron; pero debo decir que a quienes más admiro es a los humildes. Una persona humilde, aun con defectos y errores, resulta fácilmente perdonable y, casi siempre, admirable.
La humildad es una virtud que no está de moda, pero conserva un encanto silencioso y poderoso: sin ella, cualquier otra virtud puede resultar desagradable. Haciendo honor a su nombre, quien presume de humilde demuestra, precisamente, que no lo es. Como decía un sabio educador: «El exceso de humildad, es orgullo refinado».
Humildad proviene de humus, que significa tierra. Alude a tener los pies sobre la tierra, ser realistas. El diccionario la define como la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades para obrar de acuerdo con ellas. No se trata de ser timorato o falto de ánimo, ni de ignorar lo que se es, sino de ser plenamente consciente de lo que no se es.
La auténtica humildad requiere, en primer lugar, el conocimiento de sí mismo, algo que ya estaba en Sócrates, pero también la aceptación serena y gozosa de esa realidad con sus luces y sombras, con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y errores sin magnificar ninguno de los dos.
En consecuencia, no es proclive a la arrogancia, no necesita exhibir sus logros para demostrar su valía personal y acepta las críticas constructivas sin susceptibilidad enfermiza.
La humildad supone también una apertura permanente de aprendizaje y cultivar un incansable asombro ante las maravillas de la vida. Saber que no se sabe todo y fomentar «el arte de poder no tener razón».
Fruto de todo ello, la humidad reconoce la dignidad, el misterio y los valores del otro, valora sus pensamientos y acciones y da crédito a quien lo merece, sin envidia y con sincera alegría.
Pero como señalaba Aristóteles, «toda virtud es un punto medio entre dos extremos viciosos».
Los vicios por defecto de la humildad son la soberbia —creerse un dios, uno de los mayores defectos del ser humano—, seguida del orgullo y la vanidad. Se trata siempre, en distintos grados, de un exceso de estimación propia y un sentimiento de superioridad.
Sus manifestaciones son claras: el desprecio hacia los demás, el rechazo a admitir errores, la constante necesidad de aprobación y un inmaduro narcisismo. La consecuencia inevitable es la ceguera de las propias debilidades y la imposibilidad de crecer.
Los vicios por exceso de la humildad son la pusilanimidad, baja autoestima o cobardía. Por desgracia, en la sociedad actual se tiende a confundir estos errores con la humildad verdadera. En este caso, existe una minusvaloración de los propios talentos, una exageración de las limitaciones y una condena desproporcionada de los errores cometidos.
En general se manifiesta en sentimientos de inferioridad, miedo por no creerse capaz o una falsa modestia donde se busca, sutilmente, que los demás contradigan la supuesta autocrítica con elogios.
Hay que recordar, además, que la auténtica humildad no está reñida con una sana ambición. En la filosofía clásica a esto se le llama magnanimidad —grandeza de alma—, que es la capacidad de emprender grandes proyectos, actuar con generosidad, incluso cuando requiera un gran esfuerzo y sacrificio. En el fondo, humildad y magnanimidad son virtudes gemelas. Por la primera evitamos creernos más de lo que somos, por la segunda evitamos creernos menos de lo que valemos.
En este mismo sentido, hace poco escuché decir al gerente general de una de las grandes empresas de nuestro país que entre los tres valores de dicha empresa están la humildad y la ambición. No es extraño: se considera líder ideal a quien es humilde para saber que no lo sabe todo y necesita a los demás, pero a la vez magnánimo como para creer que puede cambiar la situación heredada.
Ambos términos, pequeñez y grandeza, que parecen contradictorios, adquieren su plena armonía en el cristianismo. Ningún filósofo precristiano pudo ver su estrecho vínculo, por ello la humidad es una virtud netamente cristiana. Para ser humildes es necesario saber qué lugar ocupamos en el cosmos y cuál es nuestro origen.
El cristianismo abre una nueva dimensión al ser humano, criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. De ahí proviene su grandeza y su dignidad, fundamento del amor a sí mismo y a los demás. No cabe, por tanto, el desprecio de sí —es más fácil de lo que parece odiarse a sí mismo— ni de los demás.
Amar al prójimo como a uno mismo requiere, previamente, amarse a sí mismo con las propias grandezas y limitaciones, con los aciertos y los fallos. Como seres creados, reconocer que todo lo que tenemos lo hemos recibido no disminuye nuestra dignidad, sino que la ilumina. La fuente de nuestra grandeza y dignidad, no está en lo que hacemos, sino en lo que somos. El padre T. Morales S. J. decía con acierto que «la humildad junta el todo de Dios con la nada del hombre».
Pero el cristiano también conoce y acepta su condición de pecador. Más aún: su verdadera grandeza reside en que hemos sido perdonados y elevados a la dignidad de hijos de Dios. Nueva paradoja: nuestras miserias pueden convertirse en nuestra grandeza. Con razón dice S. Pablo: «Por eso vivo contento en medio de las debilidades…, porque cuando soy débil, entonces, soy fuerte», (2Cor 12,10).
Cuesta abrir la puerta de la humildad, pero el aire fresco que reporta merece la pena: ayuda a vivir en paz, sin máscaras, con libertad. Ese soplo tonifica la convivencia, genera confianza, propicia el diálogo y facilita el perdón mutuo.
La humildad es también el oxígeno de la vida espiritual. No es la virtud más importante, pero sí la que abre la compuerta de la misericordia divina como decía el padre Morales. A fin de cuentas, la mejor lección de humildad es la propia vida de Jesús que nos dejó esta invitación definitiva: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).






