Por Miguel Ángel Pardo, pedagogo, especialista en A. Gaudí
Entre las siete obras de Gaudí que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad hasta ahora, en la Sagrada Familia, poseen esta declaración la Cripta y la Fachada del Nacimiento.
El templo expiatorio fue iniciado por el arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar, que abandonó el proyecto por desencuentros con la Asociación de Devotos de San José, promotora del edificio, estando ya la construcción de la cripta muy avanzada. Fue entonces, en 1883, cuando un joven Gaudí, con 31 años, recibió el encargo de continuar la edificación del templo, respetando lo que en la cripta ya se había edificado.
La cripta que no se ve
La cripta de la Sagrada Familia es mucho más que el sótano del templo; es su cimiento literal y espiritual. Aunque a menudo queda a la sombra de las espectaculares naves superiores, la cripta es el lugar donde comenzó todo, además de ser donde reposan los restos del hoy venerable arquitecto.
La primera piedra se colocó el 19 de marzo de 1882. Del Villar había proyectado una cripta neogótica, con una estructura muy tradicional. Al llegar Gaudí, como los muros ya estaban empezando a construirse, no quiso cambiar la planta, pero sí elevó las bóvedas hasta los 10 metros para permitir la entrada de luz natural y ventilación, y excavó una fosa exterior alrededor con el fin de evitar las humedades.
La primera capilla de la cripta diseñada por Gaudí fue la de san José, situada en el centro del ábside, hoy de cara al altar principal. La creatividad del arquitecto y su conciencia del significado del templo le llevaron a modificar y engrandecer constantemente el proyecto a medida que la construcción avanzaba. La cripta se terminó en 1889, siendo la primera parte del templo abierta al culto y acabada con todo detalle, para que en ella, a 10 metros bajo el suelo, entre humildes casas de obreros, se pudiera celebrar misa diaria: aquella periferia adquiría así un alma.
Para Gaudí, la cripta era la raíz del árbol que es la basílica. Representa la vida oculta desde la cual la oración se eleva hacia el cielo. Pero a diferencia de las tradicionales criptas oscuras, Gaudí le infundió una claridad suave para invitar a un recogimiento sin agobio.
El sí de María, clave de la Iglesia
Pero lo que destaca sobre el conjunto de la cripta a una mirada cuidadosa es la clave que representa la Anunciación, en relieve dorado y policromado y de notables dimensiones, que corona el centro de la bóveda.
Fue realizada por el escultor Joan Flotats siguiendo las directrices de Gaudí, que quiso que la escena sobrepasara el círculo de la clave para subrayar que el Misterio trascendía a la historia de la humanidad. El «sí de María» se halla presente aquí de modo singular y fundamental, estructuralmente, pero también de manera simbólica.
La Virgen María se sitúa a la izquierda frente a un reclinatorio con un libro abierto. Su postura es de humildad y aceptación, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza levemente inclinada. Gabriel aparece a la derecha, en pie, con las alas desplegadas y una rodilla respetuosamente flexionada.
En la parte superior, entre las dos figuras, la paloma que simboliza al Espíritu Santo, despliega ráfagas de luz que descienden sobre María.
Entre el ángel y la Virgen aparece el lirio, símbolo de la pureza y la virginidad de María. Rodeando la escena, en el marco de la clave, se puede leer el saludo angélico en latín: Ave Maria, gratia plena.
Las figuras tienen un aire clásico y realista, con ropajes de pliegues profundos y expresiones serenas. El uso del color y el pan de oro es fundamental. Es un testimonio del respeto de Gaudí por las jerarquías visuales: lo más sagrado y elevado debe estar ricamente decorado. Además, la luz de la cripta, que entra por los ventanales laterales, hace que el dorado de la clave resplandezca, creando un efecto celestial en el punto más alto del techo; el más oscuro, sí, pero el que da origen y sostiene a la catedral de la luz que es la basílica: Cristo se encarna por el sí de María y nace como luz en las tinieblas.
La clave es, sobre todo, el eje espiritual de la cripta y de todo el Templo. La Encarnación es literalmente el «inicio» de la Sagrada Familia y de la redención. Una línea vertical une la Anunciación de la clave con la torre de María y con el pináculo que la corona: es la Estrella de la mañana.
Mirar a Quien él miraba
Antoni Gaudí vio en la belleza y el arte un camino hacia Dios, y en la entrega humilde al trabajo cotidiano una vía de santidad. No solo la Sagrada Familia, sino todas sus obras, también las civiles, son testimonio vivo de la unión entre fe, creatividad y amor que fue consolidándose a lo largo de su vida, invitando a generaciones presentes y futuras a contemplar el misterio y la belleza de lo creado. No para que miremos y admiremos a Gaudí, sino para «mirar a quien él miraba».
El lunes 7 de junio de 1926, el anciano maestro se despedía de su colaborador, el artesano Vicenç Villarubias. Ambos estaban realizando manualmente una lámpara para la cripta de la Sagrada Familia. El médico había aconsejado a Gaudí que hiciera trabajos con las manos para contrarrestar su artrosis. Llama poderosamente la atención que el creador de siete edificios Patrimonio de la Humanidad sintiera tanta ilusión por acabar una humilde lámpara. Ningún proyecto era pequeño para él. Ningún trabajo ni detalle, ninguna persona desmerecía su atención.
Sus últimas palabras en el trabajo fueron: «Vicenç, mañana venid temprano, que haremos cosas muy bonitas». Y añade José Manuel Almuzara, comentando esta anécdota tan significativa: «¿No es esto la vida? ¿Seguir soñando con lo que haremos mañana?»…
Junto al «sí de María» resplandece también, con tenue fulgor de lamparilla, el «sí de Gaudí» al plan de Dios.







