Por Coia Valls Loras. Escritora y actriz. Premio Néstor Luján y autora de El sueño de Gaudí
La Sagrada Familia no empieza en lo que vemos. Empieza en lo que nos ocurre al entrar.
Podemos hablar de sus formas, de su complejidad, de su simbología, pero siempre hay algo que queda fuera de cualquier explicación. Algo que solo sucede cuando estamos dentro. La arquitectura de Gaudí nos deja una huella. Y eso, en sí mismo, no es habitual. Porque la obra de Gaudí no se agota en la mirada. Nos implica.
Quien entra por primera vez en el templo rara vez lo olvida. No siempre encuentra las palabras para explicarlo, pero sí reconoce una sensación clara: la de haber estado ante algo que lo desborda. Como si el espacio impusiera una pausa. Como si, por un instante, todo quedara en suspenso.
Es observable esta reacción en contextos muy distintos. Personas de culturas lejanas, con tradiciones diversas, responden de forma sorprendentemente parecida ante la obra de Gaudí. No porque la comprendan en todos sus aspectos, sino porque intuyen algo que no depende del conocimiento técnico.
Tal vez tenga que ver con su raíz. Gaudí no imita la naturaleza: trabaja con sus leyes. Las columnas se ramifican como troncos en crecimiento. Las bóvedas siguen lógicas orgánicas. Las superficies parecen surgir, más que imponerse. No es una arquitectura que domine el entorno. Es una arquitectura que se integra en él.
Pero todavía hay algo más, algo esencial: la Sagrada Familia no es solo la obra de un genio. Es el resultado de una continuidad compartida. Gaudí supo reunir oficios, sensibilidades y conocimientos diversos. El templo creció desde esa suma. Por eso afirmaba que la Sagrada Familia la hacía el pueblo. Y no lo decía en sentido figurado. Desde el inicio, el proyecto se sostuvo con aportaciones anónimas. Personas que no verían la obra terminada, pero decidían formar parte de ella. Cada piedra contiene también esa decisión.
Hay una frase de Gaudí que ilumina su relación con el tiempo: «Mi cliente no tiene prisa». No es solo una respuesta ingeniosa. Es una forma de situarse en el mundo.
Gaudí no pensaba su obra como algo que debía concluir en su propia vida. La concebía como una tarea que otros continuarían. Por eso dejó modelos, maquetas, sistemas, no para fijar la obra, sino para hacerla posible en el futuro.
Quizá ahí radica una de las claves de su fuerza. En un tiempo como el nuestro, que exige resultados inmediatos, la Sagrada Familia introduce otra medida. No la de la rapidez, sino la de la maduración.
Y eso tiene un efecto inesperado: nos obliga a recolocarnos. Porque si la arquitectura ordena el espacio, con Gaudí parece ocurrir algo más: ordena también la mirada y, en cierto modo, lo interior.
El asombro no es solo una emoción. Es una forma de conocimiento. Nos detiene antes de entender y, precisamente por eso, nos permite comprender de otra manera.
En un mundo que tiende a explicarlo todo, a anticiparlo todo, a reducir la experiencia a lo que ya sabemos, el asombro introduce una grieta. Una interrupción. Nos saca del automatismo. Nos devuelve a una mirada no domesticada.
Porque el asombro no es el final del recorrido, sino su punto de partida. Y, en ese sentido, la Sagrada Familia no se contempla: se redescubre cada vez. Siempre queda algo que no habíamos visto. Algo que no habíamos comprendido. Algo que, de nuevo, nos desplaza.
Hay, por ejemplo, un detalle que suele pasar desapercibido a menudo: la figura de San José. Y no es una cuestión menor. El origen mismo de la Sagrada Familia está ligado a su figura. Fue la Asociación de Devotos de San José, impulsada por Josep Maria Bocabella, la que promovió la construcción del templo. Y la primera piedra se colocó precisamente un 19 de marzo de 1882.
San José no es la figura más visible dentro del imaginario del templo. Pero es una figura esencial. Representa lo discreto, lo constante, aquello que sostiene sin necesidad de hacerse visible. Y quizá por eso su presencia atraviesa el proyecto de Gaudí de una forma tan profunda. Porque hay estructuras que no se ven, pero sin las cuales nada se sostiene.
María Zambrano escribió que hay conocimientos que no se alcanzan pensando, sino dejándose afectar. Desde mi punto de vista, la obra de Gaudí pertenece a ese ámbito. No se impone. No se explica del todo. Pero actúa.
Hay vivencias que no solo se comprenden: se atraviesan. Quizá ahí reside su verdadera modernidad. No en lo que muestran, sino en lo que siguen provocando.
Porque hay obras que se terminan. Y hay otras que continúan en quien las ha vivido.







